Memoria y democracia: qué pasa cuando una sociedad deja de recordar
La diputada por Córdoba reflexiona sobre los consensos que sostienen la vida colectiva. Advierte sobre el negacionismo. No olvidar, una práctica diaria.
La diputada de Unión por la Patria, Gabriela Estévez, alerta sobre los problemas de una sociedad que deja de recordar
A 50 años del golpe de la dictadura militar, la pregunta no es por qué recordar, es qué pasa cuando dejamos de hacerlo. Porque no se trata de una discusión sobre el pasado o una insistencia melancólica. Se trata de algo más incómodo e imprescindible, de los límites que una sociedad en democracia sostiene para no volverse contra sí misma.
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Se trata de los consensos que impiden que la violencia, el desprecio y la exclusión vuelvan a organizar la vida en común.
La dictadura fue un plan sistemático de terrorismo estatal. No hubo desorden ni improvisación. Hubo persecución, secuestros, centros clandestinos, tortura, desapariciones, apropiación de bebés. Hubo un Estado que ejerció el miedo como forma de gobierno.
Ese terrorismo de Estado implicó, además, una forma extrema de ruptura del lazo social, y las memorias que construimos desde entonces son el modo en que evitamos que esa ruptura vuelva a ser posible.
Ese dispositivo de violencia operó como condición para imponer un proyecto económico que excluía a las mayorías, desarmaba el entramado social y concentraba el poder en pocas manos. La reorganización económica y la represión se necesitaron mutuamente.
Las huellas de la dictadura militar
Ese orden no se agotó con el fin de la dictadura. Dejó huellas, intereses, formas de pensar la economía y la sociedad que, con otros lenguajes y en otros contextos, siguen disputando el presente.
Por eso, cuando hoy aparecen discursos que relativizan lo ocurrido, que hablan de “excesos” o intentan diluir responsabilidades, no estamos frente a una discusión menor. El negacionismo no es solo una disputa por la memoria, es un intento de desarmar los consensos básicos que la sociedad construyó después del horror. Es correr el límite de lo intolerable.
Y ese corrimiento no sucede en el vacío. Se enlaza con un clima más amplio que encuentra voz en el poder, se enuncia desde el micrófono presidencial y se derrama con la intención de ocultar fracasos gubernamentales. El adversario se vuelve enemigo y las instituciones son deslegitimadas hasta quedar vacías de sentido, demostrando que en este nuevo ropaje de la derecha no hace falta clausurar la democracia para debilitarla.
A veces alcanza con erosionar sus bases, con instalar la idea de que todo da lo mismo, que la violencia es una forma legítima de intervenir en lo común.
No es la misma escena histórica, pero hay procesos que dialogan. La deshumanización, el desprecio por lo colectivo, la naturalización de la desigualdad como destino inevitable. Son hilos que, cuando se tensan, vuelven frágil el tejido democrático.
Doce historias que recupera la democracia
Hace poco, en nuestra provincia, la historia volvió a hablar. En el predio de La Perla, uno de los centros clandestinos más grandes del país, se identificaron restos de personas desaparecidas. Doce historias que recuperan nombre, familia, lugar, doce vidas que regresan del silencio.
Ese hecho nos recuerda que la memoria no es una construcción abstracta, es una práctica persistente, una tarea que no se clausura. Mientras haya cuerpos por identificar, mientras haya historias por reconstruir, el pasado no está cerrado.
la perla nunca mas
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Cada restitución de identidad vuelve a decir algo esencial. Que hubo un Estado que organizó el exterminio. Que hubo una sociedad que decidió no olvidar. Y que entre esas dos dimensiones se juega todavía el sentido de nuestra democracia.
Una mirada desde Córdoba
A cincuenta años, la lección no es solo recordar lo que pasó. Es comprender qué se puso en riesgo y qué sigue en juego. La democracia no es un sistema garantizado, es una construcción que necesita ser defendida todos los días. Y defenderla no es solo votar.
Es sostener un pacto de convivencia donde nadie sea descartable, donde el conflicto no derive en eliminación, donde las instituciones importen más que las coyunturas. Es afirmar que la vida en común vale más que cualquier proyecto que necesite del odio o la exclusión para sostenerse.
Ese es, tal vez, el legado más profundo de aquel tiempo. No una consigna repetida, sino una decisión colectiva que se renueva. Nunca más al terrorismo de Estado, y nunca más las condiciones que lo hicieron posible.