OPINIÓN

El loco de la motosierra

Cuando Javier Milei irrumpió en la escena política argentina con la motosierra como un signo de campaña, fue tomado con sorna. Era un ardid publicitario, en apariencia inofensivo. Milei y sus colaboradores sacaron aquella figura de la película La Masacre de Texas, de 1974, de Tobe Hooper. Allí nació Leatherface, el loco de la motosierra, personaje central de la película, precursora del género slasher (slash, cuchillada).

A mediados de los años 70, Estados Unidos entraba en un proceso de desencanto, fruto del fracaso en Vietnam, de la renuncia de Richard Nixon por el escándalo de Watergate y del fin de “los gloriosos treinta”. Se estaba gestando una ola neoconservadora, después de una década larga de convulsiones sociales y transformaciones culturales, que tuvieron en la cultura hippie, la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra o el magnicidio de John Fitzgerald Kennedy sus mojones más recordados. Fue un tiempo de paradojas, porque Estados Unidos venía creciendo desde mediados de los 40 a un ritmo imparable: 3,5 puntos del PBI por año.

Así, en las películas slasher, los jóvenes que se habían enfrentado al establishment conservador norteamericano parecían recibir de estos asesinos seriales y sádicos su castigo. Recordemos que sus tramas repiten el mismo argumento: un grupo de jóvenes que son atacados por un asesino sádico en el contexto de un viaje o una fiesta. El asesino los mata en una progresión sangrienta en la que la última víctima (siempre una joven sensual e inteligente que ha sospechado desde el principio el peligro) funciona como nexo de identificación del espectador.

En el personaje del monstruo criminal siempre hay una dimensión patológica. En general, el criminal vive aislado del resto de la sociedad, en forma precaria, en la vieja casa familiar, parte de ese folclore de la Norteamérica salvaje que retratara con maestría el escritor William Faulkner, en el que no falta la endogamia y los crímenes intrafamiliares. Por supuesto, en este género no hay sutilezas. La violencia es explícita, bizarra.

En el caso de su instalación mediática, Milei utilizó alguno de los registros de lo bizarro. Un registro que ya había tenido otras manifestaciones, aunque siempre enmarcadas dentro de la información del espectáculo. En su momento Mauro Viale había explotado este género grotesco, se lo llamó la TV Bizarra. Pero nadie lo había hecho desde la política. Paradójicamente, proviniendo del campo de la economía, Milei no evitaba las frases fuertes, las descalificaciones y rehuía los eufemismos. Hay en línea innumerables videos que lo muestran descalificando a sus interlocutores: casta, parásito, mogólico, pedazo de mierda, hijo de puta, pueden ser las muchas palabras utilizadas por el actual presidente. ¿El objetivo? Instalarse como un outsider, la incorrección política, catalizar la bronca que se venía acumulando del otro lado de la pantalla por años de frustraciones.

Dentro de sus mayores exabruptos está el de denominar al Papa el representante del maligno en la tierra o el de llamar sádico ignorante al famoso actor Hugo Arana, ya fallecido. Para muchos productores televisivos y periodistas resultó un buen negocio un personaje como este. Daba rating, generaba controversias, producía noticias. Así estuvo casi dos años pululando las diferentes señales audiovisuales. Todos pensaban que era un personaje extravagante, pero no más que eso. Pero a su vez, en sus incorrecciones destempladas, parecía un niño, un niño que sin inhibiciones decía lo que pensaba, que no mentía.

El discurso de Milei no ha variado mucho desde la investidura presidencial. Como ha analizado con suma precisión Mario Riorda, el discurso presidencial sigue los mismos criterios de campaña. Descalificación de oponentes, discurso mesiánico, autoelogio desbordado, manipulación de datos, amenaza a los que no acompañan sus medidas. Su furia no tiene límites.

—Los voy a fundir a todos —advirtió en la reunión de gabinete, en referencia a los gobernadores que se oponen al paquete fiscal del proyecto de ley ómnibus.

Leatherface, según Hooper, es un niño enfermo. Que usa la motosierra para protegerse. ¿Las reacciones del Presidente pueden interpretarse desde esa lógica? Encumbrado en la cima del poder, paradójicamente, se siente indefenso. Como sus hijos perros que serán encerrados en una jaula de oro, quizás en la casa más segura de la Argentina. En la cumbre de la organización estatal, el violador serial, como el presidente llama al Estado, intenta imponer la razón del mercado sin cortapisas. En el ideario neoreaccionario, lo único que cuenta es la producción de ganancias. Y la ley que define ese proceso está en manos del mercado, juez y parte. La racionalidad del mercado impuesta con la motosierra.

Es muy difícil apartar de esta lógica la sucesión de desregulaciones que permiten ir desde la Ley de Tierra, la Ley de Glaciares, la destrucción de la ciencia y la cultura, la liberación de precios, la Ley de Pesca, las togas para los jueces. Hay un ánimo infantil, un goce en la liberación de los instintos del mercado. Marx decía que la función del capital es universalizarse. En ese proceso, nada puede quedar en pie, no hay ley que pueda detenerlo. Como en la horda primitiva, el capitalismo se come a sí mismo. ¿O las crisis que tiene recurrentes no tienen esa lógica? Recordemos: las subprime en 2008, el crack del 29, la crisis del petróleo del 73. Cuando Margaret Thatcher impulsó los primeros pasos del neoliberalismo, le cuestionaron su visión de la sociedad. A eso ella respondió:

—No existe eso de la sociedad, solo hay familias e individuos.

La anomia en la familia de Leatherface es evidente. Recluidos en el viejo caserón, no salen de su entorno. De hecho, sus padres están momificados en la mesa familiar como si el tiempo de la infancia no hubiera pasado. En Las estructuras elementales del parentesco, Claude Levi-Strauss sostuvo que el principio universal del pasaje del estado natural al de la sociedad en las comunidades primitivas se debía a la prohibición del incesto. La exogamia obligaba a los grupos humanos a vincularse con otros, a formar sociedad. Esta ley no escrita que ponía frenos a los apetitos primarios e irracionales dio lugar a la cultura.

¿Habrá algún tipo de relación inconsciente entre este ataque al universo cultural y la patológica visión de la política de los libertarios? ¿Estará ahí la explicación de las dificultades para aceptar límites y negociar con lo real que el Presidente manifiesta? ¿El goce por la destrucción que rige al gobierno está más allá de lo político?

En La masacre de Texas la última víctima se salva. Huye trepada a una camioneta. Nosotros la vemos sonreír angustiada, bañada en sangre. En el camino, Leatherface danza con la motosierra esperando su próxima víctima.

Martín Llaryora busca que las políticas nacionales no empañen su relación con el campo. 
Ignacio Torres, gobernador de Chubut.

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