29|9|2022

San Martín, Perón y el dilema de una marcha sin cabeza

17 de agosto de 2022

17 de agosto de 2022

Muchas movilizaciones en una, sin acto ni oradores. Equilibrismo cegetista y síndrome del atril. El peronismo en cuestión, más allá de los atajos.

"Hace más ruido un solo hombre gritando que cien mil que están callados". La frase del general José de San Martín, a 172 años de su muerte, parece caberle a la marcha multitasking que abarrotó el centro porteño este miércoles 17 de agosto. Lanzada hace un mes por la CGT, cuando el gobierno del Frente de Todos se asomaba al abismo trepado a una garrocha y aún no había fraguado la pax massista, la movilización fue sumando capas, firmas y convocatorias con el correr de las semanas hasta convertirse en un invertebrado impredecible.

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Hubo un tiempo -tal vez fue hermoso, pero seguro fue muy distinto a este que nos ocupa- en que la consigna de una movilización definía su sentido y, por extensión, su lugar de encuentro. En este caso, la convivencia de postulados y puntos de convocatoria son menos una muestra de diversidad que la comprobación empírica de la absoluta falta de síntesis política que atraviesa al universo sindical. Si damos por buena la máxima que sostiene que el movimiento obrero es la columna vertebral del peronismo, es válido ampliar entonces esa carencia al partido gobernante.

 

Encorsetada por la necesidad de atender el reclamo de las bases que ven sus bolsillos carcomidos por la inflación y, a la vez, no cascotear al gobierno del que se siente parte, aunque no tanto como quisiera, la CGT dibujó un ejercicio de equilibrismo semántico y llamó a marchar bajo la consigna “Primero la Patria”. Desmenuzó el eslogan en un documento en el que puso el acento en “los sectores que se han apropiado de ganancias en tiempos de pérdidas para los trabajadores y las trabajadoras”, “la irresponsabilidad económica de los grandes formadores de precios” y “la especulación financiera”. Con todo, se sabía, la marcha iba a poner en la mira a quienes habitan la Casa Rosada.

 

La CTA fue al grano. Identificada con el kirchnerismo que hizo gala de opoficialismo antes de la llegada al gabinete de Sergio Massa, que aún no tranquilizó la economía como quería Martín Guzmán pero al menos calmó los ánimos en el Ejecutivo, la central que lidera Hugo Yasky se movilizó con el lema “Paremos contra los ajustadores, los remarcadores de precios y los devaluadores”. A la vez, la Unión de Trabajadores de la Economía Popular, la organización tributaria del Movimiento Evita, sumó albertismo a la movilización con su propia agenda, en reclamo de leyes que respondan al tridente de demandas franciscanas de Tierra, Techo y Trabajo.

 

Como si fuera poco, la opositora Unidad Piquetera, donde pesan fuerte el Partido Obrero y la fracción disidente de Barrios de pie, ratificó su presencia semanal en las calles exigiendo aumento de salarios, jubilaciones y ayuda social. Su punto de destino es la Plaza de Mayo, el mismo que la CGT buscó evitar y por lo que dirigió su convocatoria al Congreso, para subrayar su reclamo “a toda la dirigencia política”.

 

La marcha remolcada por el cegetismo estuvo coronada por una conferencia de prensa. Fue el remedo de una movilización callejera que no terminó con un acto. “No habrá oradores”, se anunció. El síndrome del atril sigue atronando en los pasillos de Azopardo. Aquel 7 de marzo de 2017, el triunvirato al mando de la central obrera había intentado otro ejercicio de equilibrismo, tanto o más complicado que el de este miércoles. Gobernaba Mauricio Macri y el llamado a un paro estaba picando frente al arco. La popular se deshacía de ganas por gritar el gol, pero la cúpula de la CGT (casi la misma de hoy, con Héctor Daer, Carlos Acuña y Juan Carlos Schmidt en lugar de Pablo Moyano), no pateó. La dejó pasar. “Poné la fecha”, eternizó la hinchada.

 

¿A quién le sirve la marcha de este miércoles? ¿Empodera al Presidente? ¿Acobarda a quienes remarcan y forman los precios? ¿Fortalece o condiciona al ministro de Economía? Respuestas se buscan. Será difícil encontrarlas. Cualquier iniciativa política es estéril si no hay dirigencia u organización que la acumula. Dicho mejor y por alguien con chapa. “El pueblo no vale por su organización ni por el número de hombres que están organizados. Vale por los dirigentes que tiene a su frente, porque la acción jamás está impulsada por la masa ni por el pueblo, sino por los dirigentes, que son los que conducen”, escribió el expresidente Juan Perón.

 

En ese mar de dispersión, sin liderazgos claros y pese al intento de la CGT, la movilización interpeló al Gobierno porque el grueso de las cuadras y cuadras de personas que marcharon, como sucede desde hace décadas en una suerte de 17 de octubre perpetuo, forman parte -¿aún forman parte?- del electorado del Frente de Todos, ese que mira a 2023 atravesado por la incertidumbre. El silencio de miles que piden el “ruido” de “un hombre gritando”, como decía el Libertador.