30|9|2021

Las exportaciones, en el tobogán de la grieta

18 de agosto de 2021

18 de agosto de 2021

La participación en el total regional cayó un tercio en 40 años. Ningún partido se salva. El retroceso, política de Estado. Sin estabilidad no hay desarrollo.

Por no ir más atrás, Mauricio Macri había prometido convertir a la Argentina en "la góndola del mundo" y Alberto Fernández, duplicar las exportaciones en cuatro años. Al primero le pasaron cosas y al segundo, una pandemia paralizante que impide, por ahora, hacer juicios terminantes sobre un plan económico que, en rigor, nunca fue puesto en marcha. La constante, con ambos y más atrás, es la de una Argentina históricamente sometida a una escasez de divisas que limita sus posibilidades de desarrollo y, de la mano de eso, una necesidad de exportar más, mucho más, que nunca se concreta. No hay grieta en esto: la retracción data de cuatro décadas.

 

De acuerdo con un informe de Marcelo Elizondo, director de la consultora Desarrollo de Negocios Internacionales (DNI), "en los últimos 40 años –desde 1980 hasta 2020– las exportaciones argentinas perdieron 30% de su participación en el total mundial y, peor aun, un 33,8% en el total latinoamericano". "La evidencia muestra una tendencia decreciente (…) que se agrava en los últimos años", agrega.

 

En ese lapso, la participación de las exportaciones nacionales de bienes y servicios pasó, punta a punta, del 8% a nivel regional y del 0,4% a nivel global a 5,29% y 0,28%, respectivamente.

 

Fuente: Marcelo Elizondo.

Las causas del fenómeno son variadas y, de modo que no sorprende, van desde una inestabilidad económica crónica y crisis recurrentes –cada vez más frecuentes y profundas– hasta largos períodos de apreciación del tipo de cambio, expresada ya sea en salidas intensas y persistentes de capital o bien maquilladas con cepos. En el medio, una falta alarmante de políticas de largo plazo, medidas de aliento e incentivos a la inversión.

 

De acuerdo con el trabajo, "la participación (exportadora) argentina era sustancialmente mayor en el total regional en 1990 y comenzó desde ese entonces a descender hasta los malos niveles de 2020", algo que empeora "en la última década”. El estudio, claro, toma en cuenta el efecto distorsivo de la pandemia en 2020.

 

Como se ve, no hay grieta en un retroceso que es casi –valga la ironía– una política de Estado.

 

El trabajo cita especialmente "la diferencia creciente entre los resultados individuales de otros países como México y Brasil con Argentina. Estos exportaban en 1980 poco más del doble que Argentina, pero en 2020 Brasil casi la cuadriplicó y México la septuplicó. Además, y consistentemente, Chile superó a Argentina en 2020 (también lo había hecho en 2018) cuando en 1980 apenas exportaba el 60% que la Argentina. Incluso puede mencionarse que Perú, que exportaba 45% del total argentino en 1980, hoy llega al 85% del número argentino".

 

Fuente: Marcelo Elizondo.

Es materia de debate si el cepo cambiario busca compensar un apetito desmedido de la población argentina por el dólar como moneda de reserva o un desequilibrio cambiario hostil hacia las exportaciones.

 

Como sea, en la medida en que, como ocurre hoy, la brecha entre el tipo de cambio oficial y los paralelos se hace demasiado amplia, las expectativas de devaluación del primero tienden a acelerar importaciones y a demorar exportaciones, lo que de a poco deteriora el saldo comercial y, con ello, la disponibilidad de divisas. Más allá de los cálculos sobre el tipo de cambio real multilateral de equilibrio, la profecía suele por autorrealizarse.

 

En lo que constituye un clásico de los años impares –electorales–, el Gobierno pisa otra vez el freno sobre la actualización del dólar oficial, lo que busca ponerle un techo –relativo– a la inflación. De ese modo, en lo que va del año, el dólar oficial ha subido menos del 15%, mientras que los paralelos legales –que se arbitran en bolsa– lo han hecho en alrededor de un 20%.

 

Fuente: Rava Bursátil.

No sorprende que ese contexto y cuando la economía se reactiva después del Gran Confinamiento del año pasado, que mientras las exportaciones crecieron 45,8% interanual en junio, las importaciones lo hayan hecho en 79,1%. Eso supone una luz de advertencia para un superávit comercial que bajó de 1.623 millones de dólares en mayo a 1.067 millones al mes siguiente, saldo que constituye la única fuente de divisas duras de una economía privada de acceso al mercado de crédito internacional.

 

Para que la Argentina supere alguna vez esa dificultad crucial no será necesario solamente resolver los mencionados problemas macro. También, una visión de la dirigencia política demasiado anclada en el siglo XX y que parece poco adecuada a la dinámica actual del comercio internacional.

 

Sin que eso implique abrazarse a doctrinas antiindustriales –al contrario, el país necesita movilizar todo su aparato productivo, no destruir partes de él–, hay otras corrientes de comercio a las que se debe prestar atención.

 

Siempre según el informe de Elizondo, "el último decenio se ha caracterizado por un cambio de matriz y la pandemia y sus efectos lo exacerban. La globalización no tiene ya por principal motor el intercambio de bienes físicos –en 2019, similar al de 2015– sino por el alza en el valor de intangibles como conocimiento, innovación, know-how, patentes y royalties, certificaciones y cumplimiento de estándares, y servicios", dice.

 

"Por eso las exportaciones mundiales de servicios crecieron en los últimos diez años 50% mientras las de bienes lo hicieron 25%. Pero no se trata solo de lo que los registros llaman 'servicios': es relevante el intercambio internacional de conocimiento productivo, que en parte no es computado en las estadísticas. Así, desde el inicio del siglo XXI, la suma de las exportaciones de bienes en el planeta creció 195%, pero la de los servicios lo hizo en 260%. Mientras, los pagos por royalties lo hicieron en 340% y –lo más relevante– el tráfico de información económica electrónica lo hizo en 4.450%", concluye.