26|1|2023

Las clases presenciales y la grieta mediatizada

El nuevo episodio discursivo-mediático en la saga de desacuerdos entre el oficialismo y la oposición. Las cámaras y las pantallas, al rojo vivo.

Los fallos y contrafallos decididos por distintas instancias judiciales hasta que el conflicto por la presencialidad de las clases en la Ciudad se resuelva en la Corte Suprema generan la sensación de déjà vu, aunque con una singularidad: estos niveles de contagios y de muertes no se habían visto con la operación político-mediática armada alrededor de la supuesta salida indiscriminada de presos en abril de 2020 ni con el mediatizado reclamo de la Policía bonaerense a mediados del año pasado ni con las restricciones en comercios y bares decididos durante las fases más restrictivas del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO). Aun con esa diferencia no menor, esta semana se repite la secuencia: al anuncio de Alberto Fernández le siguió, una vez más, un cacerolazo en Olivos y en varios puntos de la Ciudad.

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Cámaras televisivas: apunten, ¡fuego!”

Al día siguiente de los anuncios presidenciales, las tapas de los diarios Clarín y La Nación se hicieron eco de esa línea interpretativa. El discurso que se legitimó desde estos medios de gran alcance encuadró la educación en términos negativos, al quedar vulnerada por el cierre y el cercenamiento decididos por “un presidente aislado y caprichoso”.

 

El éxito del encuadre político-mediático opositor reside, nuevamente, en instalar los límites del debate y lograr que el arco oficialista salte a la arena desde una posición defensiva para justificar que se trata de una medida a favor de la salud de los argentinos y no en contra del derecho a que se eduquen. Con un plus: la dirigencia opositora logró anticiparse otra vez. Días antes, cuando las restricciones aún no se habían definido aunque aparecían en el horizonte político, las etiquetas ordenadoras de la discusión en Twitter presagiaron la disyuntiva entre “#abran todo” y “#cierrentodo”.

 

 

En este escenario, Patricia Bullrich se mueve cual pez en el agua, pero esta vez no es posible descifrar tan claramente si su demostración de fuerza se dirige al gobierno nacional o al principal dirigente de su propio partido. Y Rodríguez Larreta responde… a ambos.

 

Los carteles alzados por los manifestantes porteños funcionaron cual cámara de eco de las interpretaciones del ala dura del PRO y renovaron la dicotomía entre libertad y censura, con inscripciones como “Libertad”, “El aula más peligrosa es el aula cerrada” o “No me vas a encerrar otra vez”. El término cámara de eco fue acuñado por el politólogo Key en la década de 1960, para describir el modo en que los votantes refrendan el discurso político de sus élites. Este discurso, a su vez, retorna al sistema político para decidir qué política pública implementar.

 

La puja discursiva por instalar aquello que nos importa en un contexto tan disruptivo como la pandemia no es nueva. Es apenas un episodio más de la saga capturada por dos grandes encuadres en competencia que se mantuvieron —con distintos grados de intensidad— a lo largo de todo el período. El encuadre oficial de la pandemia, definido en términos de salud pública y traducido en restricciones ante el crecimiento exponencial de los casos registrados, es confrontado con el marco interpretativo opositor, centrado de manera muy compacta en la libertad individual y la prosperidad meritocrática de quienes quieren progresar y no los dejan; una dinámica configurada desde que se conocieron los primeros contagiados, cuando se instaló la disyuntiva entre el cuidado de la salud y la economía, analizada por Martín Becerra en Letra P.

 

La postura del Gobierno, aunque con matices y no siempre efectiva, ha sido congruente desde el inicio. Por entonces, las medidas que se desprendían de aquella definición de la ética del cuidado fueron compartidas por los funcionarios y mandatarios de la oposición y acompañadas discursivamente por los medios de mayor circulación. “Nunca en los últimos años la agenda mediática estuvo tan concentrada temáticamente ni el Estado ejerció un monopolio similar sobre las voces que discurren en la superficie mediática”, notaron Esteban Zunino y Antonella Arcangeletti cuando el virus empezaba a asomarse en estas tierras.

 

Esa armonía inicial, vaticinada como el “cierre de la grieta”, fue desplazada por otra interpretación de la realidad pandémica, fácilmente comprensible y visceral, que activó temores más basales, tan ínfimos como individuales. En esa hendija, la decisión del Jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, no solo eleva la educación a la cima de la agenda de prioridades sino que, por sobre todo, la define en términos de “libertad” de elegir la presencialidad más que como un derecho generalizado a educarse en un contexto de cuidado.

 

Entonces, la falsa dicotomía vuelve otra vez y nos interpela. ¿La libertad de elegir puede imponerse como un valor más preciado que el riesgo de contagio y el derecho a la vida? Lo que es más: ¿asociar la educación con la libertad individual equivale a la decisión privada de cada institución, cada docente o cada padre o madre de que sus hijos o hijas se eduquen?

 

Con el foco puesto hoy en la educación, el eje se vuelve a correr de la expansión significativa del virus y del aumento de casos que atraviesa la región en la que hoy se dirimen estas cuestiones de manera más álgida. En pocos días, la Corte Suprema de Justicia recibirá los argumentos del Gobierno a razón del DNU que suspende las clases, luego de que se declarase competente para resolver el conflicto —¿judicial o político?— entre éste y la administración porteña. Esa resolución, sin embargo, no logrará cerrar el agrietado desacuerdo entre oficialismo y oposición en la Argentina. Será, sin más, un nuevo capítulo en que se puje por definir la situación como un problema y por identificar y maldecir a sus responsables desde una moralidad dicotómica que distinga a los buenos de los malos y esboce, desde ese prisma, un pronóstico posible para llegar al nuevo-viejo déjà vu.