26|11|2021

Que la pandemia se corrió de la escena mediática es un dato que ya no resulta novedoso. Datos del Observatorio de Medios de la Universidad Nacional de Cuyo muestran que, durante las últimas semanas de octubre, apenas una de cada diez noticias publicadas en los portales digitales de mayor circulación nacional fue sobre coivid-19. La gravedad de una crisis mundial sin precedentes producto de una situación también inédita, sumada a sus efectos devastadores en países que venían de cataclismos económicos previos, como la Argentina, aceleraron el proceso de pasaje de una etapa en la que los contagios y muertes eran el problema central, a otra en la que medios, política y ciudadanía disputan nuevas agendas de pseudo postpandemia.

 

La crisis visibilizó flagelos que, si en épocas de precaria “normalidad” ya eran acuciantes, hoy muestran su cara más cruda. De este modo, problemas estructurales como el acceso a la tierra y la vivienda, por ejemplo, coparon las coberturas informativas durante los últimos días. Sin embargo, difícilmente puedan ser reconocidos como tales si se los rastrea únicamente desde sus representaciones mediáticas. No sólo no fueron llamados por su nombre, sino que ocuparon las pantallas como espectáculos dramáticos en los que el sensacionalismo y el morbo corrieron el eje de la escena. Por coincidencia o consecuencia, vaya a uno a saber, dos acontecimientos permiten pensar diferentes aristas de la misma situación a partir de acontecimientos actuales, dramáticos y contradictorios.   

 

El primero de ellos, la disputa de la herencia de los Etchevehere, mantuvo el formato de culebrón familiar con todos los condimentos de la telenovela clásica. Un protagonista rico y poderoso, problemas de bienes y desamor, una hermana rebelde que rompe con los mandatos de género y clase y hasta una matriarca que, vestida de Cardón, reivindica las tradiciones, pone en orden la fortuna y levanta la mano de los varones de la familia como legítimos herederos. Detrás de la escena, la trama política y judicial anuncia un final predecible. Los ricos siempre ganan.

 

 

 

Si la estructura ficcional que sazona la parodia pudiera correrse, la disputa de los Etchevehere, conjuntamente con sus usos y abusos políticos, pone de manifiesto una discusión de fondo que permanece irresuelta: la concentración de la tierra y un modelo agroexportador basado en el latifundio y paquetes tecnológicos que extienden la frontera sojera y, con ella, a miles de labriegos que pugnan con recursos escasos por la legitimación de un modelo productivo alternativo que sea, a la vez, su base de subsistencia. Así, la distribución de la tierra y su uso productivo asoman como esbozos detrás de su caricaturización polarizada, en la que las familias patricias encarnan lo bueno de la tradición y la República y los trabajadores rurales agrupados en el Proyecto Artigas son, sólo, usurpadores.

 

 

 

El segundo caso mostró su cara más dramática en los desalojos de Guernica, tras varios meses de ocupación de tierras por parte de más de mil familias vulnerabilizadas que, por lo general, no acaparan la atención mediática. Tal como el culebrón entrerriano, las tomas de tierra en el partido bonaerense de Presidente Perón revelan con crudeza problemas estructurales que, aunque agudizados por la pandemia, sería injusto atribuirles a esta. La marginalización que aleja a amplias capas de la población de derechos básicos como la vivienda, el trabajo, la salud y la educación, para enumerar sólo los centrales, les impone como condición de visibilidad mediática y social el delito. Si no es producto de la transgresión a una norma, la invasión de la propiedad privada en este caso -aunque podría haber sido el corte de una ruta o un caso de “inseguridad”-, la ciudadanía más precarizada resulta invisible social y mediáticamente y, como perversa contrapartida, su irrupción mediática la instituye siempre como victimaria.

 

En términos de la investigadora María Graciela Rodríguez, las representaciones mediáticas de los sectores populares implican siempre un gesto de violencia simbólica, producto de la imposibilidad de estos sectores de nombrarse a sí mismos.

Los medios de comunicación, se sabe, construyen representaciones que otorgan visibilidad a diferentes formas culturales. Estas son construcciones discursivas que, atravesadas por relaciones ideológicas y de poder, proponen un verosímil que se aleja de la pretensión de correspondencia con una realidad esencial.

 

En términos de la investigadora María Graciela Rodríguez, las representaciones mediáticas de los sectores populares implican siempre un gesto de violencia simbólica, producto de la imposibilidad de estos sectores de nombrarse a sí mismos.

 

Según Roger Silverstone, tales construcciones son esencialmente amorales, debido a que destruyen la visibilidad y vivacidad del otro. Ya sea por la habitual lejanía con la que los sectores populares son representados o, como en los casos de Guernica y Entre Ríos, por un exceso de cercanía que, a partir de una mediatización 24/7 que los asoció sistemáticamente con lo “primitivo” y delictual, les impuso ritos evolutivos para poder ser merecedores de los derechos que se les niegan.   

 

Guernica y Entre Ríos fueron la punta del iceberg de conflictos que permanecen a la deriva. De ambos lados de la grieta mediática se generaron coberturas que, a partir de la reivindicación de la propiedad privada como bien a tutelar, enfocaron detalles particulares y escabrosos que cristalizaron una lejanía simbólica entre las principales personas involucradas y la audiencia. Las representaciones políticas, en tanto, no se expresaron mayoritariamente a partir de relatos disonantes con los marcos presentes en los medios. Detrás, en bambalinas, los debates estructurales sobre la tierra, la vivienda y la inclusión, como también sobre la seguridad y la justicia, no pueden escapar aún del juego simplificador que les imponen sus condiciones de mediatización.