26|2|2021

Una vacuna contra la Argentinitis

21 de febrero de 2021

21 de febrero de 2021

El escándalo más anunciado y lo que viene. El Gobierno planifica el futuro, ¿pero cómo se llega a él? La pulsión de muerte puede más. La profecía de Keynes.

“El largo plazo es una guía confusa para la coyuntura. En el largo plazo todos vamos a estar muertos”, escribió John Maynard Keynes en su "Breve tratado sobre la reforma monetaria" de 1923. Extrapolada de su sentido técnico original –vinculado a la demanda de dinero–, la frase mutó en una descripción zumbona de la tendencia de los economistas a confiar en que el restablecimiento espontáneo de los equilibrios macro soluciona los problemas del futuro. Eso no significa, claro, que Keynes haya despreciado el día después de mañana ni que deba criticarse la iniciativa oficial de pensarlo en un Consejo Económico y Social. Lo llamativo es que el Gobierno –la propia Argentina, al cabo– nunca logra sacarse de los pies los abrojos de la coyuntura, por lo que resulta un mal sherpa para esa aventura. Aunque era el más anunciado imaginable, el escándalo del vacunatorio VIP le arruinó los fastos de la presentación.

 

Su pulsión de muerte reapareció justo cuando el presidente Alberto Fernández le tuneaba el brillo y el contraste a la foto del Consejo, la criatura que gestó durante más de 14 meses. Además, aunque eso no era su responsabilidad, pesaba a esa hora en el humor colectivo –al menos en la Ciudad de Buenos Aires, la que marca agenda– la torpe puesta en marcha de la inscripción para que las personas mayores de 80 años accedan a la ansiada vacuna contra el covid-19.

 

Por alguna razón que se desconoce, la administración de Horacio Rodríguez Larreta no pergeñó un sistema extendido en el tiempo y que podía ser gatillado con el otorgamiento de turnos vía correo electrónico cuando existiera disponibilidad de dosis. Al revés, rindió homenaje a la pasión nacional por hacer colas para todo al provocar un cuello de botella entre el viernes del trámite web y el lunes de las vacunas, en el que decenas de miles de porteños se estancaron en su intento de conseguir un turno para sus padres, madres, abuelos o abuelas. El F5 maniático no mejoró el clima, precisamente, ante la noticia de que los amigos del poder no tuvieron que hacer más trámites que enviar un mensaje de WhatsApp ni demorar más que lo que lleva llegar al Ministerio de Salud de la Nación.

 

La vocación tanática reaparece justo cuando el Frente de Todos puede sacar la cabeza del pozo, al menos tímidamente. Aunque lentamente, las vacunas empiezan a llegar en la medida suficiente como para empezar a inocular a la gente del común, fuera del corralito del sector de salud. Además, el ritmo de contagios del nuevo coronavirus por ahora da tregua, la economía entrega las primeras pruebas de vida, el dólar prolonga su calma de estío y el Gobierno –Sergio Massa, puntualmente– hasta puede ofrecerle algo más que sangre, sudor y lágrimas a un sector de la sociedad a través del proyecto para acotar el alcance del impuesto a las Ganancias.

 

En una nueva demostración de hasta qué punto la dirigencia política y la élite cultural –de la que el periodismo es una minoría sobrevalorada– son fuentes perpetuas de decepción, Ginés González García olvidó que un secreto es algo que se comparte de a dos. Cuando los involucrados son más, se corre el riesgo de la filtración, algo que en este caso se cumplió con creces. Si él ya era uno de los apuntados en la lista de los funcionarios que no funcionan, Fernández encontró la ocasión para defenestrarlo sin más trámites. Si no sabía de esos manejos, el Presidente puede quedarse tranquilo con el resultado de su reacción veloz. Sin embargo, como somos pocos y nos conocemos mucho, la posibilidad de que haya habido una sola puerta para los amigos y que esta haya sido clausurada definitivamente es más bien baja. ¿Habrá nuevos episodios de una saga que le cayó del cielo a una oposición política y mediática que no encontraba agenda?

 

Las puertitas del señor González García –no de su secretaria, vamos, no bajemos más de nivel– no han sido las únicas. Para quien quiera saberlo, las listas de inscripción en el sistema de salud de todos los niveles resultaron perforadas por avances de hecho de sindicatos no médicos en toda la geografía nacional, al punto que no es raro encontrar casos en que personal de mantenimiento se vacunó antes que el de enfermería o que el de medicina de emergencia. El sistema de salud, cabe recordar aunque resulte obvio, incluye a las obras sociales sindicales.

 

Acostumbrada como está a que el poder es el poder y hace lo que se le canta, la ciudadanía asistió pasiva al espectáculo de funcionarios y funcionarias de diferentes niveles que se vacunaron antes que nadie. Lo hicieron a cielo abierto y posteando incluso las fotos del caso en las redes sociales.

 

Pusieron el cuerpo por amor a la patria, se escucha ahora en voz de quienes recuerdan que se animaron cuando la Sputnik V aún no había sido bendecida por la revista The Lancet. Hay que darles las gracias por el arrojo, pero, bien vistas, esas fotos eran llamativas. ¿Por qué se vacunó el Presidente? ¿Por qué lo hizo la vice, Cristina Kirchner? ¿Por qué gobernadores, ministros nacionales y provinciales? En suma, si bien el concepto de proteger a quienes son responsables de llevar adelante el país y sus distritos en la pandemia es atendible, ¿qué norma reguló ese proceso, qué línea de corte se estableció para que no terminara incluyendo a amigos, parientes e influyentes?

 

El Plan Estratégico para la Vacunación contra el Covid-19, anexo a la resolución 2883/2020 del Ministerio de Salud, que establece los “criterios para la priorización de personas a vacunar”, habla de “toda persona que desarrolle funciones de gestión y/o conducción y funciones estratégicas necesarias para el adecuado funcionamiento del Estado”. La definición es un tanto vaporosa y deja mucho espacio para la imaginación de las autoridades.

 

Esa discrecionalidad en el manejo de las escasas dosis existentes se extendió a las invitaciones para que ricos y famosos dieran también el ejemplo con sus brazos desnudos o para que vacunadores a domicilio les ahorraran el Cabify a añejas divas de la TV. El capricho, que se vuelve indiscreto cuando se beneficia a viejos amigos periodistas, es posible cuando no hay institucionalidad.

 

De hoy a mañana

No queda otra que volver a Keynes para medir con exactitud la brecha entre el corto plazo de un país que parece a punto de morirse cada cinco minutos y la necesidad de pensar el futuro.

 

En el Consejo Económico y Social, la institucionalidad es, justamente, uno de los cinco ejes temáticos, junto a productividad e integración social, medio ambiente, futuro del trabajo y comunidad del cuidado. Ojalá que el esfuerzo de movilizar a decenas de participantes y a cientos de expertos, que se distribuirán en 25 comisiones, no se agote en la conclusión de que vacunar por izquierda y sin normas claras sobre prioridades y etapas no debe ser posible. En el futuro, claro.

 

Lo anterior es una ironía, desde ya; al menos eso debería tolerar la dirigencia en estas horas de irritación. Más allá de la catarsis, hay que reconocer que pensar el futuro es una necesidad en un país que vive en una eterna prehistoria: nunca aprende de sus errores, como si no dejara registros de ellos o nadie se tomara el trabajo de leerlos.

 

Para pergeñar una idea de largo plazo, habría que salir alguna vez de la emergencia permanente. El diseño de la Argentina futura debe partir de un diagnóstico sobre el presente, uno que está hecho de pretensiones de que la gente trabaje para seguir siendo pobre, en el que la obligación de registrar alquileres merece quejas públicamente aceptadas de quienes pretenden evadir al fisco, en el que quien gana un salario alto –para los estándares argentinos, por supuesto– paga las mismas alícuotas de Ganancias que los magnates, en el que las empresas que trabajan en blanco pagan impuestos por sus actividades y por las que realizan las que están en negro… Una, en definitiva, en la que la puja distributiva se hace salvaje y toma el rostro de la inflación porque, sencillamente, la Argentina no crece desde hace una década, aunque algunos referentes crean recordar dinámicas virtuosas donde solo había cepos, estancamiento y aumento de la pobreza.

 

Más allá de los VIP de cabotaje, la que necesita una vacuna urgente es la propia Argentina. Si el país no logra normalizar su presente, difícilmente tenga futuro, por más consejos que establezca. Como decía Keynes.