18|4|2021

El aborto, cuando no se desea un embarazo, es un alivio. No es un drama, ni nos atormenta, ni nos acongoja. Es el fin de la angustia. 

Es ley. Cuánta agua corrió en esta marea verde para que finalmente llegara el día. Cuantas redes feministas sostuvieron estos años el deseo de otras. Porque hay que decirlo, para los feminismos el aborto ya era legal. Las contraseñas amorosas entre desconocidas siempre circularon. Unas veces más silvestres, otras con más organización. Nunca juzgando. Nunca cuestionando. Siempre acompañando. Una red invisible y siempre alerta con los teléfonos y los datos justos. Y también atajando la culpa. Porque el aborto, cuando no se desea un embarazo, es un alivio. No es un drama, ni nos atormenta, ni nos acongoja. Es el fin de la angustia. Es la decisión que tomamos. Nadie quiere abortar si no lo necesita. Pero si queremos abortar cuando ese embarazo nos invade el cuerpo y el futuro. Si queremos cuando no elegimos la maternidad. Queremos. Y después de hacerlo nos sentimos bien. Eso habilita también la legalización, que podamos decidir y contarlo sin ser condenadas.

 

Decidir es un derecho. Es derecho sobre el propio cuerpo. Es derecho a planificar, a imaginar un futuro y a accionar para hacerlo realidad. Tenemos que repetirlo muchas veces las mujeres que hemos sido educadas para satisfacer a otros.

 

Decidir es poder. Poder en el sentido de posibilidad. Y poder en el sentido de ejercicio de la autonomía. No el poder opresivo que se impone a la voluntad de un otro. El poder como satisfacción del deseo, como proyección de la vida, como despliegue de la identidad. 

 

La profundidad de la transformación que implica la legalización del aborto será dimensionada en su justa medida cuando lo permita la perspectiva histórica. Para las generaciones futuras los relatos sobre la ilegalidad, la imposibilidad de decidir, la maternidad forzada, los embarazos de niñas abusadas formarán parte de una prehistoria remota y por momentos increíble, como hoy nos pasa cuando caemos en la cuenta de que nuestras abuelas no tenían derecho a votar o a divorciarse, y nuestras bisabuelas no podían estudiar. 

 

La matriz patriarcal tiene en el control de los cuerpos de las mujeres un núcleo duro. El mandato estético de la delgadez y la juventud eterna están en la misma encrucijada que la maternidad como requisito de feminidad.

La matriz patriarcal tiene en el control de los cuerpos de las mujeres un núcleo duro. El mandato estético de la delgadez y la juventud eterna están en la misma encrucijada que la maternidad como requisito de feminidad. Se espera de nosotras que tengamos cuerpos sexuados en los términos que la estética del deseo heterosexual masculino establece. Y también se espera que seamos madres, que sintamos que nuestra completitud depende de eso, que asumamos los cuidados como una prolongación del embarazo, que desarrollemos un instinto materno incondicional y que seamos felices en esa cadena de satisfacer deseos ajenos. 

 

La transformación subjetiva, en la vida de cada mujer y en el rol social de las mujeres, tiene consecuencias aún inconmensurables. Podríamos imaginar algunas de ellas. ¿Qué significa la legalización del aborto para aquellas que abortaron? ¿En qué medida repara y legitima esa decisión tal vez tomada en soledad, con culpa y que implicó otros abusos? Supe de un médico que luego de practicar la interrupción del embarazo forzaba a las mujeres a practicarle sexo oral.

 

¿Cuántos abusos quedan inhabilitados con esta decisión del Estado de proteger el derecho a elegir de las mujeres y personas gestantes? Desde precios sin parámetros hasta riesgos para la salud desconocidos, angustia y miedo por si luego hay que hacer la consulta a un hospital. El temor a la sanción familiar y social si se conoce el hecho. La amenaza de la cárcel. La certeza de una causa penal y en algunos casos de la prisión. 

 

La maternidad forzada, dicen los organismos internacionales de Derechos Humanos, es tortura. En 2018, durante el primer debate en el Congreso nacional acerca del proyecto de legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, se transmitía la serie “El cuento de la criada” sobre el libro The Handmaid's Tale de Margaret Atwood. Consultada por las fuentes de inspiración de esa distopía machista exacerbada, ella contó que se basó en la historia del nazismo y en relatos de los partos en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, en que las detenidas desaparecidas eran forzadas a parir en condiciones inhumanas, muchas veces atadas y engrilladas, y sabiendo que sus hijas o hijos les serían quitados por sus captores. No es posible imaginar un horror mayor. 

 

El proceso que hizo posible que lo imposible se vuelva inevitable llevó muchos años. Los mismos años que tiene el último período democrático argentino. La comisión por el aborto legal que impulsara Dora Coledesky junto a las pioneras de esta lucha y que luego, en 2005, devendría en la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Aquella consigna tan precisa que constituye un programa de acción: “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” estampada en los pañuelos verdes que son símbolo en el mundo, y que sí, son un homenaje a los pañuelos blancos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, tal como cuenta una de las fundadoras de la Campaña Marta Alanis

 

El movimiento de mujeres, lesbianas, travestis y trans sostiene en Argentina los Encuentros Nacionales de Mujeres desde 1985, hoy llamados Encuentros Plurinacionales de mujeres, lesbianas, travestis y trans. Ese acontecimiento político que cada año reúne a mujeres y diversidades de todo el país en alguna ciudad que va rotando y se elige por aclamación al final de cada encuentro es el magma donde se consolidó este proyecto. Cada marcha de cierre fue encabezada por la consigna del aborto legal. Primero como una utopía inalcanzable, como un mantra que al nombrarlo rompía el tabú, como esos horizontes que sostienen las luchas. Y poco a poco como una posibilidad cada vez más cercana. 

 

¿Qué pasó para que esta alquimia funcionara? Pasó que las militancias peronistas comenzaron a desplegarse en los encuentros y el aborto empezó a ser un tema de la política. Pasó que generaciones de argentinas y argentinos vimos que el Estado no solo podía ser garante de derechos, sino que era capaz de ampliarlos de la mano de Néstor Kirchner y luego de Cristina Fernández de Kirchner. Que sí, mientras fue Presidenta no motorizó el debate, aunque votó a favor en 2018 como senadora con un discurso que sintetiza lo que ha sido el cambio de posición de muchas y muchos dirigentes políticos que vieron en las masivas movilizaciones de las pibas un signo de otros tiempos. 

 

Pero fue en otro nivel que las dos presidencias de CFK transformaron la política. Fue en su saludo a “todas y todos”. Fue en su insistencia en ser llamada Presidenta. Fue en la claridad y la solidez de cada uno de sus discursos. Fue en las decisiones estratégicas que tomó durante los dos períodos: el desendeudamiento, la estatización de los fondos jubilatorios, la Ley de Servicios en Comunicación Audiovisual y la ampliación de derechos a las mujeres y lgtbi+. Un listado de normas que se transformaron en políticas públicas que cambiaron vidas. Ley de contrato de trabajo para trabajadoras de casas particulares, Asignación Universal por Hijo en cabeza de la mujer, Ley de Protección Integral contra las Violencias hacia las Mujeres, Ley de Matrimonio Igualitario, Ley de Identidad de Género, por mencionar algunas. 

 

En esos años fraguó una inteligencia colectiva que permitió resistir al neoliberalismo reclamando más derechos y consiguiendo un debate con gran despliegue del aborto legal con cientos de expositoras en el parlamento que pusieron la discusión en las calles y en las casas, logrando la despenalización social que es sin dudas un antecedente clave de este resultado. Y el peronismo, como proyecto nacional, popular, democrático y feminista -agregó Cristina- al ganar las elecciones tomó una decisión clave que da cuenta de su mejor tradición: creó los Ministerios de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual, en Nación con Elizabeth Gomez Alcorta al frente; y en la provincia de Buenos Aires con Estela Díaz. La jerarquización de las políticas de género fue una respuesta a esas nuevas actoras sociales que se expresaron en las calles, y darle rango de Ministerio anticipaba otra interlocución. 

 

Lo que descubrimos en estos años de lucha es el inmenso poder de decidir, tal como lo definió la senadora del Frente de Todos Anabel Fernández Sagasti. Porque sí, es el derecho a decidir, pero es más que eso. Lo que aprendimos es que para disponer de nuestros cuerpos, tenemos que poder disponer de nuestras vidas, y para eso está la política. Para que seamos protagonistas. Y para que además de soñar un futuro más pleno, donde todas las vidas sean vivibles- al decir de Judith Butler- lo hagamos realidad. La legalización del aborto en Argentina es una declaración de soberanía feminista. Es una celebración del deseo. Es una potencia emancipadora colectiva. Es que reine en el pueblo el amor y la igualdad.