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De contradicciones y antagonismos

Para operar con opuestos en los discursos, como en su momento fue pueblo-antipueblo, es necesario “recalcular y dar de nuevo”.

De contradicciones y antagonismos

12/09/2020 9:29

 

“La ley de la contradicción, es decir de la unidad de los contrarios, es la ley fundamental de la dialéctica materialista” dice Mao Tse Tung en su escrito “Sobre la Contradicción”, en 1937. Y continúa: “Lenin ilustró la universalidad de la contradicción como la  lucha de clases”.

Precisamente, para el marxismo-leninismo, la contradicción fundamental dentro de la sociedad es proletariado vs. burguesía, antinomia que podríamos caracterizar como única, estática - si cabe en este caso el término- y, al mismo tiempo, globalizadora, ya que pivotea sobre estas dos grandes categorías de clases sociales.

Mao, en la etapa de la revolución democrático-burguesa en China, le suma a esta contradicción central otras contradicciones o antinomias, a saber, entre las clases oprimidas de la sociedad china y el imperialismo; entre las amplias masas populares y el feudalismo; entre el campesinado y la pequeña burguesía urbana, por un lado, y la burguesía, por el otro, etc.  A diferencia de la teoría marxista-leninista, en este caso el término “clase social” parecería no ser suficiente para explicar los diferentes comportamientos de fracciones o segmentos dentro de una misma clase. 

Juan Domingo Perón, quien solía citar a Mao en distintos escritos y reportajes, retoma este concepto más fragmentario o sectorial y, al mismo tiempo, dinámico de las contradicciones vigentes al interior del entramado social. Definida por él la antinomia central en términos de pueblo-antipueblo, caracteriza al primero como el campo integrado por todos aquellos “sectores sociales” que se movilizan en contra del imperialismo, teniendo como sector hegemónico a la clase trabajadora. Por ende, las antípodas quedarán en el campo del antipueblo.

 

 

Al tratarse el pueblo de una confluencia de sectores de clase que se nuclean en función de la defensa de los intereses nacionales, su composición es dinámica, ya que puede haber algunas fracciones que en algún momento formen parte del mismo y, en otros momentos, no. De modo que tanto pueblo como antipueblo pueden variar a lo largo del tiempo en su composición, teniendo el primero como elemento permanente a su sector vertebral, la clase trabajadora.

Esta concepción de la realidad sociopolítica en términos antitéticos siguió vigente en el peronismo hasta la muerte de su conductor, en un contexto internacional enmarcado en las desiguales relaciones entre un bloque de países dominantes y un bloque de países dominados y en un contexto interno que alternó proscripción electoral y gobiernos dictatoriales.

A partir del 2003, lo que luego sería ungido como “kirchnerismo”, en su expectativa de recuperar la épica de los ´70, aunque en un contexto absolutamente diferente tanto en el frente externo como interno, se apropia de esta lógica antinómica, redefiniendo la misma a su estilo.

Por un lado, se dejan de lado los ejes sociales históricos de su construcción, derivándola en categorías personalistas (“quien está conmigo y  quien no está conmigo”). Por el otro, enriquece excesivamente el carácter dinámico de las antípodas, convirtiéndolo casi en vertiginoso (por el “antipueblo” pasan sin solución de continuidad las FF.AA., los grandes multimedios, la Iglesia, el campo, asociaciones empresarias, partidos políticos, sindicalismo, etc.). Quien no quede articulado dentro de la construcción propiciada desde el gobierno (“nosotros”), debe situarse por fuera, pasando así directamente a formar parte de lo “anti”, o sea, “los otros”.

 

 

Pero probablemente lo más interesante de esta redefinición de la antinomia central explicitada por quien el kirchnerismo reconoce como su fuente, el peronismo, es que a diferencia de la misma es una construcción básicamente simbólica, a partir de mecanismos de construcción social de sentido. Es en el campo de la comunicación donde los significantes kirchnerismo y antikirchnerismo se homologan a pueblo y antipueblo, generando en su momento una estrategia exitosa con alta capacidad de movilización al interior de la sociedad, casi comparable en sus efectos a la propiciada por hechos tangibles no discursivos, que desafía el apotegma de su referente «la única verdad es la realidad», y se constituye en un caso testigo en el campo de análisis de la sociología política.

Han transcurrido cinco años desde el final del último período del kirchnerismo en el gobierno. Y, como se dice en la jerga popular, “mucha agua ha corrido bajo el puente”. Esta polarización o funcionamiento antinómico ya no es tan efectivo. El triunfo de la fórmula Fernández-Fernández, además de la crítica situación económica que dejaba el macrismo y de la pregnancia de Cristina en un segmento votante importante, se explica por el aporte moderado, con tono conciliador, del componente Alberto.

Sin embargo, a pocos meses del inicio de su Presidencia, comienza nuevamente a filtrarse la vieja antípoda (”astilla de un tiempo que se hizo recuerdo” diría Goyeneche): “los que están conmigo” vs. “los que no están conmigo” ó “nosotros (los buenos) vs. “ellos (los malos)”. Es verdad que hay una porción de la sociedad que ha tratado de boicotear la cuarentena, generando un potencial perjuicio sanitario hacia sí mismos y hacia el resto de los ciudadanos. Pero sería idílico y “naive” esperar que no lo hubiera; es un fenómeno que se ha generado en prácticamente todos los países, y que es minoritario en términos porcentuales.

Para operar nuevamente con opuestos tales como buenos vs. malos, los míos vs. los tuyos, Capital vs. Interior, la ciudad opulenta vs. las provincias empobrecidas, es necesario “recalcular y dar de nuevo”. Hoy es hacerlo sobre un tejido social “lastimado”, que está atravesando una situación absolutamente atípica e incierta, con consecuencias graves a nivel físico, económico y anímico. Puede ser bien recibido por el núcleo adherente más duro, pero eso a futuro es parte del problema y no de la solución. 

 

 

No se trata de que no describa la realidad, especialmente en la discusión sobre la coparticipación. Seguramente cuando se traduzca en asfalto, hospitales, cloacas, etc. para los municipios del Conurbano, el tema podrá ser mejor comprendido por los que allí habitan. 

Sin embargo, el “tempo” y el tono no se corresponden con lo que hoy está atravesando como problemas la cabeza de la gente ni con la dosis de empatía que están requiriendo.

El concepto de Ernesto Laclau de que es imposible una sociedad sin antagonismos no es nuevo y es vigente. Saber cuándo activarlos y cuándo aquietarlos implica poner en valor aquel don de “equilibrista” con que alguna vez se caracterizó a nuestro actual Presidente.