01|10|2022

De 2008 a 2020: guerra gaucha, el karma CFK y el amor peronista por el autoboicot

22 de junio de 2020

22 de junio de 2020

De la 125 a la 126. La dama, ¿respaldo o lastre? Entre el ADN y los errores no forzados. Todo es historia. El plus del aparato macrista.

Los banderazos del sábado en varias ciudades y pueblos de la Argentina del centro recrearon el recurrente déjà vu nacional de los últimos 74 años: un gobierno peronista y un conflicto económico con un sector concentrado del mundo productivo rural que toma un enigmático cariz ideológico y policlasista. A esta altura, ya pareciera forzoso concluir que cuando el viejo movimiento pretende gobernar de acuerdo con su ADN le resulta imposible no enredarse los pies entre espigas de trigo o plantas de soja. Así, de la mano de la “126” de la –¿fallida?– expropiación de Vicentin, a la joven administración de Alberto Fernández le acaba de nacer una oposición completa, a la vez partida rural y brazo político urbano, cuya mística llena casi todos los casilleros necesarios: un héroe, un relato y un villano. A la bandera solo le falta alguien que la levante –un rostro, un nombre–, pero se sabe que, como en Jurassic Park, “la vida se abre camino”.

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En primer lugar, el héroe, claro, es “el campo que le da de comer a la Argentina”. Así, nombrado como colectivo de cuño romántico, arraigado en el suelo y que no distingue entre segmentos, entre ricos y pobres, entre productores, proveedores de insumos y servicios o cerealeras multinacionales.

 

El segundo elemento, el relato, también es conocido: la defensa de la república contra los atropellos del populismo, básicamente contra la propiedad privada. Curioso: el mismo artículo de la Constitución que la protege, el 17, es el que la limita al consagrar la “expropiación por causa de utilidad pública”. Sin embargo, la memoria del héroe solo llega hasta la primera coma, que acaso se impone por la prepotencia de su equívoco gramatical.

 

 

 

El tercer elemento, el villano, está hecho carne desde 2008 en Cristina Kirchner. Su paso al costado del año pasado, que le abrió el camino al poder a Alberto Fernández, y el bajo perfil que, en general, ha mantenido desde entonces, la consolidaron en el conveniente rol de king maker; recién ahora regresa como un problema. Con más de prejuicio que de información, parte de la prensa le ha adjudicado a ella la autoría intelectual de la expropiación. Eso obligó al Presidente a reclamar el copyright, algo que no hace más que fragilizarlo, sobre todo cuando ese gesto lo muestra airado frente a una periodista. Nunca es aconsejable asimilarse al estereotipo que los adversarios hacen de uno.

 

 

 

Además de héroe, relato y villano, hay equipo. Los banderazos del sábado fueron estimulados por un conglomerado potente de medios opositores, incluso aquellos que hacen todavía un hábil equilibrio entre la decisión de no tocar personalmente a Fernández pero sí, en lo posible, llenarle la cara de dedos a su gobierno. Una vez concretada la protesta, el tramo capitalino en torno al Obelisco les permitió a esos medios meter en una misma bolsa a los defensores de la República de Vicentin y, para hacer bulto, a quienes se quejan con razones del daño económico que les genera la cuarentena, freaks varios y caceroleros aptos para todo servicio, lo que se evidencia en enseres de cocina que muestran tantas cicatrices como un veterano de guerra. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus… todo suma. Que la movilización erosione la autoridad de un gobierno que sigue llamando a quedarse en casa ante la pandemia le agrega sex appeal opositor a la movida.

 

No deja de ser curioso que el peronismo tropiece, como en 2008, con esa piedra llamada nebulosamente “el campo”. Hay, desde ya, un componente estructural en esa puja, dado por el recurso repetido a financiar políticas públicas con parte de la renta agrícola, pero también mucho de torpeza propia.

 

Avellaneda y Reconquista, epicentros de los banderazos, son las cunas de Vicentin y no es de extrañar que los lazos locales hagan allí fuerte la protesta contra la intervención y la expropiación. Lo curioso, en todo caso, es que esa cerealera siga ganando batallas incluso después de muerta, al modo de un Cid Campeador corporativo.

 

 

El Gobierno dio varias explicaciones confusas a su decisión inicial de expropiar. Que ni los propios sepan muy bien qué es lo que deben salir a defender es elocuente de las falencias del mensaje.

 

 

Ayuda al derrame del mito republicano que el peronismo sea tan amigo de dispararse tiros en los pies. Si el de la resolución 125 fue un duelo político nacido de un mal cálculo económico, el de la “126” es hijo de una narrativa errática.

 

En efecto, el Gobierno dio varias explicaciones confusas a su decisión inicial de expropiar. Velar por la seguridad alimentaria del país, hacer pie con una empresa testigo en un mercado vidrioso y crucial para la generación de divisas, garantizar que los productores defraudados cobren por las cosechas que entregaron, mantener los puestos de trabajo, asegurar que el Banco Nación recupere créditos al parecer incobrables por $ 18.100 millones… Que ni los propios sepan muy bien qué es lo que deben salir a defender es elocuente de las falencias del mensaje.

 

Semejante deriva permite que dueños de autos desvencijados se identifiquen con la causa de la que fue una cerealera líder y con la defensa de un cadáver que solo tributa al juego aceitado de multinacionales que fueron sus competidoras y que ahora buscan quedarse con su tajada del mercado.

 

 

 

Resulta otra curiosidad que este conflicto le permita reverdecer al macrismo más duro, cuando fue su conducción la que permitió que se otorgaran préstamos que nunca debieron facilitarse. El Gobierno debe asumir que se ha equivocado en grande al constatar que quienes lucran políticamente con la saga son los que deberían ser sus principales perjudicados, incluso en un plano judicial que no avanza.

 

En esa línea, corresponde mencionar las limitaciones de un elenco oficial que no ataja una sola pelota y que expone al Presidente. La opaca actuación del ministro de Agricultura, Luis Basterra, explica una molestia presidencial que es previa a la crisis actual.

 

ORGANIZADOS. Lo que surge enfrente es más fuerte que la alianza antiperonista de 2008, que ganó en 2009 pero perdió en grande en 2011. Como entonces, consta del héroe campestre, una clase media de la zona central en buena medida afín y medios de comunicación que encontraron allí una causa. Sin embargo, tiene hoy algo de lo que entonces carecía: un brazo político-partidario potente.

 

El interés sectorial desnudo es impotente. Así lo demuestra la historia, con los fracasos de partidos de clase como la Unión Provincial que nació en 1893 y la Defensa Rural de 1911.

Este no es otro que el PRO, al menos en la versión que encarnan sus referentes más duros. Estos son los principales responsables del proyecto nacional que fracasó estrepitosamente hace meses nomás, tanto en la gestión como en la estrategia electoral, pero mantienen un núcleo duro social, nichos de inserción institucional, ya le tomaron el gusto a eso de gobernar y van por su revancha.

 

El interés sectorial desnudo es impotente. Así lo demuestra la historia, con los fracasos de partidos de clase como la Unión Provincial que nació en 1893 y la Defensa Rural de 1911. La ley Sáenz Peña de voto universal masculino, secreto y obligatorio obligó al “campo” a reciclarse dentro de partidos con una representatividad transversal.

 

Eso es lo que tiene y no estaba presente hace 12 años la alianza antiperonista que vuelve a encontrar su bandera en la Argentina rural. Su liderazgo, se dijo, está todavía vacante y acaso no resulte al final el mismo que llevó al país al colapso desde 2018. Sin embargo, como en Jurassic Park, la vida se abre camino.