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El triunfo de la unidad y el desafío de no ser Cambiemos

En esta nota del 27-O, crónica de una construcción anunciada por CFK en 2017 y consolidada al calor de la crisis del Gobierno. El interrogante: si Todos será más que una alianza electoral.
Por 27/10/2019 23:25

Fue con todos. Alberto Fernández, antes jefe de Gabinete, funcionario todoterreno, operador, componedor, facilitador de acuerdos, resultó electo en primera vuelta y será presidente de la Argentina a partir del 10 de diciembre. Pero su triunfo, mucho más ajustado de lo previsto, fue el fruto de una construcción colectiva que tuvo a Cristina Fernández de Kirchner como arquitecta, ideóloga y propiciadora, se nutrió del poder del peronismo territorial, construyó la unidad sobre las bases fragmentadas, recibió con los brazos abiertos a los hijos pródigos y cimentó con peleas, debates, negociaciones, renunciamientos y acuerdos el camino a la victoria, sobre la que ahora el flamante presidente electo deberá pararse para administrar tensiones y matices.    

Cristina lo anunció en diciembre de 2017, unos días después de que el oficialismo interrumpiera su luna de miel con el electorado para sancionar en el Congreso la reforma previsional. “Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para lograr que el 10 de diciembre de 2019 otro argentino esté en la Casa Rosada para conducir los destinos del pueblo. No me importa quién”, trazó el rumbo la ex presidenta. 

 

 

El plan se activó de inmediato en los propios y encontró todavía resistencia en los extraños, el peronismo que había soñado con la renovación después de 2015, que proclamó el fin del reinado cristinista y buscaba un liderazgo propio que pudiera ser capaz de encarnar la tercera vía, que terminó invisibilizada en la polarización.

Al trabajo de reconstrucción le quedaba todavía un año y medio por delante, pero el propio gobierno de Cambiemos, reforma previsional y pedido de auxilio al Fondo Monetario Internacional (FMI) mediante, lo facilitó. El peronismo desorientado, desperdigado en mil partes, que dejó el poder en diciembre de 2015 después de 12 años de gobierno, cuando parecía que Macri llegaba para cambiar la historia e instalarse en la Casa Rosada con un proyecto a largo plazo, que incluía la fantasía de las sucesiones consecutivas de todos los dirigentes de primera línea del PRO y la exclusión perpetua de Cristina y el kirchnerismo, vislumbró en la crisis la posibilidad de construir un retorno anticipado.

 

Todos unidos. A fines de 2018, el PJ empezó a ser sede de la construcción de la unidad.

 

El reencuentro de la fórmula presidencial abrió el camino. Tras una década de distancia, Cristina y Fernández volvieron a verse a fines de 2017, después de la derrota electoral de la ex presidenta frente a Cambiemos en su bastión, la provincia de Buenos Aires. Su ex jefe de Gabinete había trabajado para su adversario, Florencio Randazzo, el ex ministro que se había animado a desafiarla. Con el peronismo partido, la ex presidenta había perdido la elección de la provincia de Buenos Aires, pero también había dejado plasmada una verdad indiscutible: con el sello del PJ, Randazzo apenas había logrado superar el 5% de los votos y el liderazgo, aunque insuficiente para ganar, seguía siendo suyo. Sin el kirchnerismo, no había proyecto nacional posible.  

El retorno de Fernández a la esfera de confianza de Cristina empezó a agrandar el espacio. Desde el reencuentro, el ex jefe de Gabinete fue tejiendo relaciones y reconstruyendo puentes rotos del kirchnerismo. Fue el presidente electo el artífice de la reconciliación de Cristina con el Movimiento Evita y Felipe Solá y el nexo con los gobernadores embarcados en la aventura del peronismo federal. La ex presidenta también había hecho su parte: en 2017 plantó listas propias en varias provincias y levantó a sus referentes. Dos años después, para ganar su propia elección, los gobernadores también necesitarían hablar con Cristina para cerrar la unidad local. Para entonces, la ahora vicepresidenta electa ya habría designado a su interlocutor, Fernández. Fue también el ex jefe de Gabinete de Néstor y CFK el que terminó de sellar la paz con Sergio Massa, que habían comenzado ante emisarios de la ex presidenta como Eduardo "Wado" de Pedro y Máximo Kirchner.

 

 

Otros actores hicieron lo suyo. El presidente del Partido Justicialista, José Luis Gioja, y el titular del Congreso Nacional, Gildo Insfrán, soñaron con volver a poner un presidente peronista en la Casa Rosada y oficiaron como componedores entre gobernadores y cristinistas. En junio de 2018, un PJ todavía incompleto decidió armar una Mesa de Acción Política y darle la presidencia a un canciller del diálogo, el cuatro veces ex gobernador de La Pampa, Rubén Marín, insospechado de kirchnerismo y capaz de ser escuchado por el peronismo territorial. La mesa se fue agrandando, al compás de las negociaciones, mientras la Casa Rosada se encerraba e intentaba conducir una economía que crujía para terminar con indicadores negativos en todos los frentes.   

Kirchneristas, pejotistas, camporistas, sindicalistas y massistas retomaron el diálogo en público y en privado. A lo largo de los años, tejieron unidades circunstanciales. En el Congreso, en los albores del macrismo, cuando los vientos del triunfo de Cambiemos desparramaban las partes del peronismo, y cuando la crisis empezó a abrir la puerta a la unidad, con el pacto que le arrebató al Gobierno un lugar en el Consejo de la Magistratura, a fines de 2018. Un golpe inesperado para Macri, en el que los operadores más afilados de Cambiemos vieron anunciado lo que vendría. Encerrado, el Gobierno perdió los recursos de seducción al peronismo. Las circunstancias se hicieron permanentes. 

 

 

El rompecabezas peronista empezaba a encajar y terminó de cerrarse la mañana del 18 de mayo, cuando Cristina dio vuelta la historia con el anuncio de la fórmula presidencial. Consciente de sus limitaciones y también del poder que le da ser la dueña de la abrumadora mayoría de los votos del espacio, daba un paso al costado y se colocaba segunda en la boleta en pos de la construcción colectiva. Los gobernadores del peronismo federal tardaron minutos en declararse parte del todo. Massa postergó sus aspiraciones individuales y también cedió. Las bases comprendieron la necesidad de dejar de lado viejos rencores. La militancia se encolumnó. 

 

 

Cuatro años después de aquel triunfo ajustado en el ballotage, el poder Cambiemos, la alianza que supieron articular, pragmáticos, macristas, radicales y lilitos, cayó vencido por la unidad peronista. La suma de las partes de todos. 

Fernández tendrá ahora el desafío de manejar un país sumergido en una profunda crisis económica, con una polarización política mucho más fuerte de lo que esperaba con los números del 11 de agosto en el bolsillo, y el responsable de encabezar una coalición de gobierno en la que convivirán, con tensiones, diferentes actores políticos que serán su sostén.

El cristinismo, el massismo, el poder territorial del peronismo habrán sabido construir el triunfo pero tendrán ahora la responsabilidad de sostener su alianza sin que las divisiones internas hagan mella en el poder recuperado, que Fernández tendrá la responsabilidad de administrar.