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La década perdida de la Grieta

La década perdida de la Grieta

09/06/2018 18:18

 

¿Qué piensa un funcionario internacional cuando ve llegar a un argentino? Lo mas probable es que se lleve instintivamente la mano a la billetera.  En los últimos diez años, nuestro país se vio obligado a recurrir a diversas fuentes de financiamiento para compensar la caída de sus exportaciones. Como apuntó con claridad el economista Leandro Mora Alfonsín en una entrevista reciente, este es un balance compartido entre Cambiemos y el Frente Para la Victoria: “El vigente período de restricción externa iniciado en 2011/12, tras romper records históricos de producción y crecimiento, deja un sabor en el paladar a oportunidad perdida difícil de tapar con el gusto a látex de globos de colores.”

Con la remera del Che o con la de Milton Friedman, con patio militante o equipo homogeneizado, la Argentina agotó todas las instancias mundiales para paliar su falta de dólares: Venezuela, el nacional Cepo, el SWAP con China, Rusia, los “mercados” libres y finalmente el viejo conocido, el Fondo Monetario Internacional. La pirotecnia de la guerra entre cristinistas y macristas tapa esta línea de continuidad: el precario consenso de una Argentina que juega un yenga interminable con sus problemas estructurales. La crisis toma entonces una forma diferente al tradicional trípode nacional de mega devaluación-ajuste-represión. Se eterniza en un ciclo que hace difícil verle el contorno. Es como las guerras modernas, que no se declaran al principio ni tampoco se sabe bien cuándo terminan. ¿Hay crisis en Argentina? ¿Hay guerra en Afganistán? Es ya, tal vez, una forma de vida.

A este formato económico le corresponde un modelo político, su espejo complementario: la Grieta de Estado. En ausencia de una agenda económica y social consistente, la incapacidad de las elites argentinas, de izquierdas a derechas, del Nacional Buenos Aires al Cardenal Newman, solo encuentra eco en la reproducción al infinito de la batalla cultural. Un simulacro en perfecta sincronía con su improductividad política real: la Argentina del post crecimiento y de la estanflación crónica hace sistema con este esquema de gobernabilidad “polarizada”. Una inflación verbal que aumenta a medida que desciende la calidad de vida en el resto de los indicadores de la vida real de los argentinos. Recesión, aumento de la pobreza, inflación, atraso cambiario, se acerca 2019 y la posible conclusión de que esta fue la década perdida de la Grieta.

 

 

Se consuma entonces un divorcio peligroso: lo que hace ganar las elecciones no permite gobernar y lo que podría permitir gobernar, transformar algo en una Argentina donde nadie puede solo (el Pacto Social, la Moncloa o el nombre que tome para la ocasión) se interpone con la estrategia electoral duranbarbiana.

Durán Barba armó una carrera entera en saber enfrentar, eludir y ganar a su último avatar: el kirchnerismo. Sus resultados profesionales alrededor del mundo son mucho menos concluyentes que en la Argentina, su tierra de promisión. Podría decirse que le sucede como a Messi, que solo gana en el Barcelona: el principal partido que Durán Barba sabe jugar es contra el kirchnerismo y de ahí su obsesión en estirar hasta el infinito su sobrevida, que es la clave de su éxito. Un equipo a lo Boca de Bianchi, compacto y contragolpeador, sin ilusiones de enamorar, pero con una eficacia bastante letal y que puede prescindir de todo el resto. Basta con la ingeniería electoral del “Partido de Ballotage”.

En ese marco, la candidatura a presidente de Cristina Fernández de Kirchner es, a esta altura, otra política de Estado. En ausencia de cualquier otro tipo de resultado y sin agenda institucional o política que no sea la del ajuste, lo único que puede ofrecer el Gobierno a los votantes es su anti kirchnerismo, oposición a la oposición. Y, al mismo tiempo, esa candidatura representa la herramienta más firme de poder obturar un proceso político mas creativo en el seno de la oposición peronista: si CFK no aceptó las PASO con Randazzo, con una victoria garantizada, es poco probable que lo permita con alguna versión de los candidatos del peronismo federal. Se cristaliza, así, una dinámica política que podría llegar a ser similar al de 2015 o 2017.


 

 

Existe en estos días un operativo clamor en sordina, que le pide en medias palabras y con muchas insinuaciones a CFK algo así como un “renunciamiento histórico” para evitar el dilema de convertirse en Cristina Fernández de Filmus: el piso alto, el techo bajo, la derrota en el ballotage y la funcionalidad estructural al macrismo. El problema de esta política es que se basa en la mera apelación a su buena voluntad: sin un candidato fuerte del otro lado que la fuerce a negociar, ¿por qué se bajaría? ¿Y con qué hipotético “peronismo” negociaría las condiciones de ese paso al costado? Es el punto débil del peronismo de los gobernadores (en ascenso desde la crisis cambiaria y el retorno de la palabra “gobernabilidad” al léxico político cotidiano), que con el desgaste de Massa no tiene un candidato competitivo fuerte hoy a la presidencia de la Nación. La opción Tinelli aparece para contrapesar este déficit, la construcción de una suerte de outsider-insider que se apoye en la vieja estructura y le de la candidatura nacional deseada. Una versión del atajo en la política peronista de un 2019 que se adelantó y se viene encima.

Mas allá de la agenda electoral, la cuestión estratégica. ¿Qué viene después de esta década perdida, la de la restricción externa? ¿Cómo y con qué modelo político se vuelve a crecer? No parece ser algo que un hipotético “estallido” pueda esta vez resolver solo, en ese gran reseteo cruel que son las crisis argentinas. Existe hoy un agravante hacia el futuro: los estallidos de 1989 y 2001 se dieron antes del amanecer de dos versiones del mundo favorables a la Argentina, o que al menos aseguraban alguna modalidad de lluvia de dólares a la economía; las privatizaciones y la inversión extranjera directa del planeta del Consenso de Washington y el boom de commodities de los años 2000. Ambos esquemas permitieron tener dólares. La política se encuentra ante la necesidad de ser mucho más virtuosa e inteligente frente al estallido de una crisis que se produzca en un mundo como el actual, sin conejos en la galera que sacar. La opción del Fondo es, se sabe, siempre la última estación. El ejemplo de Brasil asoma en el horizonte, incluso porque un escenario de atomización política, crisis económica y presidentes del 3% de popularidad no parece sostenible en la jacobina sociedad argentina.

La década perdida de la Grieta

Politólogo.

 

¿Qué piensa un funcionario internacional cuando ve llegar a un argentino? Lo mas probable es que se lleve instintivamente la mano a la billetera.  En los últimos diez años, nuestro país se vio obligado a recurrir a diversas fuentes de financiamiento para compensar la caída de sus exportaciones. Como apuntó con claridad el economista Leandro Mora Alfonsín en una entrevista reciente, este es un balance compartido entre Cambiemos y el Frente Para la Victoria: “El vigente período de restricción externa iniciado en 2011/12, tras romper records históricos de producción y crecimiento, deja un sabor en el paladar a oportunidad perdida difícil de tapar con el gusto a látex de globos de colores.”

Con la remera del Che o con la de Milton Friedman, con patio militante o equipo homogeneizado, la Argentina agotó todas las instancias mundiales para paliar su falta de dólares: Venezuela, el nacional Cepo, el SWAP con China, Rusia, los “mercados” libres y finalmente el viejo conocido, el Fondo Monetario Internacional. La pirotecnia de la guerra entre cristinistas y macristas tapa esta línea de continuidad: el precario consenso de una Argentina que juega un yenga interminable con sus problemas estructurales. La crisis toma entonces una forma diferente al tradicional trípode nacional de mega devaluación-ajuste-represión. Se eterniza en un ciclo que hace difícil verle el contorno. Es como las guerras modernas, que no se declaran al principio ni tampoco se sabe bien cuándo terminan. ¿Hay crisis en Argentina? ¿Hay guerra en Afganistán? Es ya, tal vez, una forma de vida.

A este formato económico le corresponde un modelo político, su espejo complementario: la Grieta de Estado. En ausencia de una agenda económica y social consistente, la incapacidad de las elites argentinas, de izquierdas a derechas, del Nacional Buenos Aires al Cardenal Newman, solo encuentra eco en la reproducción al infinito de la batalla cultural. Un simulacro en perfecta sincronía con su improductividad política real: la Argentina del post crecimiento y de la estanflación crónica hace sistema con este esquema de gobernabilidad “polarizada”. Una inflación verbal que aumenta a medida que desciende la calidad de vida en el resto de los indicadores de la vida real de los argentinos. Recesión, aumento de la pobreza, inflación, atraso cambiario, se acerca 2019 y la posible conclusión de que esta fue la década perdida de la Grieta.

 

 

Se consuma entonces un divorcio peligroso: lo que hace ganar las elecciones no permite gobernar y lo que podría permitir gobernar, transformar algo en una Argentina donde nadie puede solo (el Pacto Social, la Moncloa o el nombre que tome para la ocasión) se interpone con la estrategia electoral duranbarbiana.

Durán Barba armó una carrera entera en saber enfrentar, eludir y ganar a su último avatar: el kirchnerismo. Sus resultados profesionales alrededor del mundo son mucho menos concluyentes que en la Argentina, su tierra de promisión. Podría decirse que le sucede como a Messi, que solo gana en el Barcelona: el principal partido que Durán Barba sabe jugar es contra el kirchnerismo y de ahí su obsesión en estirar hasta el infinito su sobrevida, que es la clave de su éxito. Un equipo a lo Boca de Bianchi, compacto y contragolpeador, sin ilusiones de enamorar, pero con una eficacia bastante letal y que puede prescindir de todo el resto. Basta con la ingeniería electoral del “Partido de Ballotage”.

En ese marco, la candidatura a presidente de Cristina Fernández de Kirchner es, a esta altura, otra política de Estado. En ausencia de cualquier otro tipo de resultado y sin agenda institucional o política que no sea la del ajuste, lo único que puede ofrecer el Gobierno a los votantes es su anti kirchnerismo, oposición a la oposición. Y, al mismo tiempo, esa candidatura representa la herramienta más firme de poder obturar un proceso político mas creativo en el seno de la oposición peronista: si CFK no aceptó las PASO con Randazzo, con una victoria garantizada, es poco probable que lo permita con alguna versión de los candidatos del peronismo federal. Se cristaliza, así, una dinámica política que podría llegar a ser similar al de 2015 o 2017.


 

 

Existe en estos días un operativo clamor en sordina, que le pide en medias palabras y con muchas insinuaciones a CFK algo así como un “renunciamiento histórico” para evitar el dilema de convertirse en Cristina Fernández de Filmus: el piso alto, el techo bajo, la derrota en el ballotage y la funcionalidad estructural al macrismo. El problema de esta política es que se basa en la mera apelación a su buena voluntad: sin un candidato fuerte del otro lado que la fuerce a negociar, ¿por qué se bajaría? ¿Y con qué hipotético “peronismo” negociaría las condiciones de ese paso al costado? Es el punto débil del peronismo de los gobernadores (en ascenso desde la crisis cambiaria y el retorno de la palabra “gobernabilidad” al léxico político cotidiano), que con el desgaste de Massa no tiene un candidato competitivo fuerte hoy a la presidencia de la Nación. La opción Tinelli aparece para contrapesar este déficit, la construcción de una suerte de outsider-insider que se apoye en la vieja estructura y le de la candidatura nacional deseada. Una versión del atajo en la política peronista de un 2019 que se adelantó y se viene encima.

Mas allá de la agenda electoral, la cuestión estratégica. ¿Qué viene después de esta década perdida, la de la restricción externa? ¿Cómo y con qué modelo político se vuelve a crecer? No parece ser algo que un hipotético “estallido” pueda esta vez resolver solo, en ese gran reseteo cruel que son las crisis argentinas. Existe hoy un agravante hacia el futuro: los estallidos de 1989 y 2001 se dieron antes del amanecer de dos versiones del mundo favorables a la Argentina, o que al menos aseguraban alguna modalidad de lluvia de dólares a la economía; las privatizaciones y la inversión extranjera directa del planeta del Consenso de Washington y el boom de commodities de los años 2000. Ambos esquemas permitieron tener dólares. La política se encuentra ante la necesidad de ser mucho más virtuosa e inteligente frente al estallido de una crisis que se produzca en un mundo como el actual, sin conejos en la galera que sacar. La opción del Fondo es, se sabe, siempre la última estación. El ejemplo de Brasil asoma en el horizonte, incluso porque un escenario de atomización política, crisis económica y presidentes del 3% de popularidad no parece sostenible en la jacobina sociedad argentina.