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El mini súper ministro

Es el primer jefe de Economía de origen radical desde el ajustador fugaz López Murphy, en 2001. Y cara del regreso de urgencia al FMI. De canchero televisivo a piloto sin carné de otra gran tormenta.
Por 12/05/2018 14:07

Quedará en la historia, aunque tal vez no de la manera que había imaginado. Por casualidad o convicción, le tocó a Nicolás Dujovne ser el encargado de sellar el acuerdo para volver a endeudar al país con el Fondo Monetario Internacional. Le tocó después de posar en televisión con un cartelito que lo muestra en su faceta previa, la del experto en Finanzas que se reía desde TN de los fracasos ajenos y los trastornos de la economía populista.

 

 

Le toca, además, poner la cara en uno de los momentos más difíciles para el ensayo de Mauricio Macri, cuando se desató un torbellino que la administración Cambiemos se cansó de subestimar. Con una devaluación que -todo indica- llegará al 50%, si se mide desde diciembre. Una depreciación del peso del 20% en lo que va del año y del 40% si se mira desde noviembre, que el Gobierno resiste con pérdidas de reservas y consiente al mismo tiempo, ahora presionado por el Fondo.

A cargo de lo que antes era la Secretaría de Hacienda, Dujovne está lejos de ser el más influyente de los economistas que entornan al Presidente. Sin embargo, fue el jefe de la misión que viajó a Washington para entrevistarse con Christine Lagarde. Pese a que la idea había surgido de Luis Caputo, la mesa chica del macrismo lo envió a él.

En la Casa Rosada, aseguran que correspondía que fuera él por sus atribuciones. El ministro de Finanzas se quedó en Buenos Aires porque algo lo demoró y se quedó para explicar la tesis oficial: la culpa es del “peronismo racional”, nadie tiene la bola de cristal y estamos blindados “hasta el último día” de mandato.

 

A la jefa del FMI la llevó a almorzar a su casa.

 

MADAME LAGARDE. Ratificado como todos los fusibles económicos a las órdenes de Macri y Marcos Peña -pese al rugido del Círculo Rojo, que clama por un ministro fuerte-, Dujovne no tenía una relación demasiado estrecha con la jefa del Fondo, cabeza visible de un organismo que el ministro vende como nuevo, pese a las evidencias en su contra. Se habían visto apenas tres veces, la primera en marzo pasado, cuando Lagarde vino a la Argentina para participar de la reunión de ministros del G20 y compartió con él una charla en la Universidad Di Tella. El ex columnista de Odisea Argentina aprovechó para organizar un almuerzo en su casa del Barrio River junto a la titular del FMI, Daniel Artana, Ariel Sigal, Ernesto Schargrodsky y los ex asesores de Daniel Scioli Mario Blejer y Miguel Bein. Desde allí fueron caminando hasta el lugar.

Hace menos de un mes, el 18 de abril, Lagarde pasó a saludar en el cóctel de la embajada argentina del que participaron Dujovne y Caputo, en el marco de las reuniones del G20. La corrida al dólar y el pedido de auxilio estaban a la vuelta de la esquina. Sin embargo, todo fue sonrisas, no se habló de la falta de divisas de la economía argentina y los funcionarios de Macri no aludieron -ni imaginaron- que 20 días después deberían salir corriendo, de regreso a Washington, en busca del auxilio de Lagarde.

 

 

EL RADICAL QUE TOCÓ CON TODOS. Obsesivo de la reducción del déficit fiscal, Dujovne es el primer ministro de origen radical que queda a cargo de la Economía desde 2001, cuando Ricardo López Murphy desembarcó con la misión ambiciosa de un ajuste letal que duró una semana. Su formación temprana, recuerdan los memoriosos, fue en el Partido Intransigente durante sus estudios secundarios en el Colegio Nacional y Comercial de Vicente López.

Debutó en la función pública como jefe de asesores del entonces secretario de Hacienda Pablo Guidotti, durante el segundo mandato de Carlos Menem. Allí, conoció a varios macristas de la primera hora. Dujovne acostumbraba a hablar en televisión como si no hubiera sido parte del equipo de José Luis Machinea y Bein, en tiempos de De la Rúa.

Recomendado por Bein en el Banco Galicia, asesoró a Ricardo Alfonsín y trabajó en el proyecto presidencial frustrado de Ernesto Sanz con Lucas Llach y Tomás Bulat hasta que aceptó -junto a su amigo Rodrigo Pena- ser parte de la aventura de Cambiemos. Una oportunidad inmejorable.


 

 

Después de los festejos y los pulgares hacia arriba de sus inicios con ínfulas de refundación, Dujovne quedó en poco tiempo enredado en infinidad de historias y denuncias que hicieron correr el rumor de que acumulaba enemigos internos dentro del gabinete. Los tiene: son todas las cabezas que le disputan la iniciativa económica: Mario Quintana, Gustavo Lopetegui, Sturzenegger, Caputo.

¿LAVAGNA O REMES? Con muchos amigos en los medios y desacostumbrado a que lo critiquen, el ministro de Hacienda no oculta su malestar con preguntas incómodas en territorios aliados y se enloquece con los puñales que le clavan medios como Perfil o incluso columnistas destacados del establishment periodístico que ponen de relieve datos incómodos, como el de su mansión en Punta del Este. No son todos, claro. 

 

El ministro descansa a Punta del Este, donde tiene una mansión.

 

Lejos quedó el diagnóstico de los economistas que se alinean con el Gobierno que lo imaginaban como el ministro del despegue, cuando asumió, a fines de 2016. “Si este año hubo inflación, recesión, devaluación, tarifazo, todo eso quedará encerrado en la caja del año que termina, junto con la figura simbólica que, por su cargo, paga los platos rotos. Le toca a Prat Gay el estigma que ya sufrió Remes Lenicov en 2002. Dujovne arranca de cero, asume en 2017 y será la cara visible de lo que ocurra de acá en adelante. En la analogía, le toca el papel de Lavagna, que asumió con la devaluación ya hecha y cuando el ajuste ya se había materializado”, escribió uno de ellos en Clarín, en una pieza en la que se decía que Nico agarraba una economía con inflación a la baja, que dejaba atrás la recesión y empezaba a recuperarse.

Un año y medio después, Argentina está en el peor de los mundos, en busca de un crédito que sólo tienen Jamaica, Kenya e Irak. Con una nueva devaluación brusca y un nuevo tarifazo impugnado por la oposición -unida- en el Congreso. Algo falló.


 

 

MOMENTO WHISKY. Sin datos precisos todavía del monto y los plazos del crédito que se le pide al Fondo, Dujovne es la cara más visible de las turbulencias que afronta Cambiemos. Bastante más nervioso y despojado del cinismo que exhibía en televisión como columnista, afronta una semana complicada, en la que no se descarta que vuelva a Washington escoltado por Caputo.

El acuerdo con el nuevo FMI que promociona el ministro vendrá con un cúmulo de condicionalidades que no clausuran el panorama de incertidumbre, sino que lo retroalimentan. Y -nadie quiere ni pensarlo ahora- le pueden costar el sueño de la reelección a Macri, en el inalcanzable 2019.  

Un funcionario del equipo económico le confirmó a Letra P que lo que viene es una nueva suba del dólar que el Gobierno está decidido a consentir, junto con la partida de defunción de la meta inflacionaria y más o menos vertiginosa, eso es lo que no está claro. “El Fondo va a defender la flotación del peso, no te va a prestar dólares para que los vendas en el mercado, para financiar una corrida. No vas a poder usar todas las reservas, que es lo mismo que decir que vas a tener que soltar al dólar y acelerar la devaluación”, afirmó.


 

 

De acuerdo a la visión oficial, Macri, Caputo, Peña y Dujovne decidieron acudir al FMI no tanto por la corrida al dólar sino porque los mercados apostaban contra los precios de los bonos argentinos, nadie los iba a comprar y no iban a quedar compradores. En otras palabras, porque aumentaba el riesgo país en la Argentina de los CEOs.

Con la suba del dólar, vendrá el traspaso a precios y el padecimiento para los que viven de ingresos en pesos que no están indexados: trabajadores informales y sectores de menores recursos que no reciben la Asignación Universal por Hijo en primer lugar. Pero también sufrirán los jubilados primero hasta que perciban la actualización trimestral y siempre con una inflación que escala de manera desmedida en medicamentos y alimentos.


 

 

Está por verse qué pasa con los trabajadores sindicalizados en gremios colaboracionistas que cerraron paritarias en torno a 15% sin cláusula gatillo. Mientras el dólar vuela, la administración Cambiemos con Dujovne a la cabeza mantiene un discurso bipolar y persiste en defender una meta de inflación y un techo salarial que ya fueron sepultados por los mercados. La credibilidad se cae a pedazos.


 

 

Tampoco está claro hasta dónde es capaz de presionar el FMI por las reformas neoliberales que propagó toda la vida, como la flexibilización laboral, el aumento de la edad jubilatoria y el blanqueo de capitales que ya es una costumbre argentina.


 

 

Si los gurkas que operan detrás de Madame Lagarde presionan, el escenario de conflictividad se acrecentará y 2018 habrá dejado de ser el año del sacrificio únicamente para la sociedad. Además, llevará a Macri a resignar sus aspiraciones de continuidad, que ya hoy están puestas en duda hasta por sus voceros en los medios.

Lo que queda del gradualismo, según la visión oficial, es una versión distinta, en busca de un ajuste lo menos doloroso posible que evite economía de guerra o el shock en todos las líneas. La tutela del Fondo, más devaluación, más inflación, menos crecimiento, menos poder adquisitivo y el riesgo indisimulable de la recesión en un proceso que recién comienza. Todo eso, a las puertas de un año electoral que el oficialismo hoy no quiere ni mirar, apenas dos meses después de haber lanzado el operativo reelección. A falta de un ministro fuerte, a Dujovne le tocará ser la cara de ese futuro. Lejos de cualquier ironía.

El mini súper ministro

Es el primer jefe de Economía de origen radical desde el ajustador fugaz López Murphy, en 2001. Y cara del regreso de urgencia al FMI. De canchero televisivo a piloto sin carné de otra gran tormenta.

Quedará en la historia, aunque tal vez no de la manera que había imaginado. Por casualidad o convicción, le tocó a Nicolás Dujovne ser el encargado de sellar el acuerdo para volver a endeudar al país con el Fondo Monetario Internacional. Le tocó después de posar en televisión con un cartelito que lo muestra en su faceta previa, la del experto en Finanzas que se reía desde TN de los fracasos ajenos y los trastornos de la economía populista.

 

 

Le toca, además, poner la cara en uno de los momentos más difíciles para el ensayo de Mauricio Macri, cuando se desató un torbellino que la administración Cambiemos se cansó de subestimar. Con una devaluación que -todo indica- llegará al 50%, si se mide desde diciembre. Una depreciación del peso del 20% en lo que va del año y del 40% si se mira desde noviembre, que el Gobierno resiste con pérdidas de reservas y consiente al mismo tiempo, ahora presionado por el Fondo.

A cargo de lo que antes era la Secretaría de Hacienda, Dujovne está lejos de ser el más influyente de los economistas que entornan al Presidente. Sin embargo, fue el jefe de la misión que viajó a Washington para entrevistarse con Christine Lagarde. Pese a que la idea había surgido de Luis Caputo, la mesa chica del macrismo lo envió a él.

En la Casa Rosada, aseguran que correspondía que fuera él por sus atribuciones. El ministro de Finanzas se quedó en Buenos Aires porque algo lo demoró y se quedó para explicar la tesis oficial: la culpa es del “peronismo racional”, nadie tiene la bola de cristal y estamos blindados “hasta el último día” de mandato.

 

A la jefa del FMI la llevó a almorzar a su casa.

 

MADAME LAGARDE. Ratificado como todos los fusibles económicos a las órdenes de Macri y Marcos Peña -pese al rugido del Círculo Rojo, que clama por un ministro fuerte-, Dujovne no tenía una relación demasiado estrecha con la jefa del Fondo, cabeza visible de un organismo que el ministro vende como nuevo, pese a las evidencias en su contra. Se habían visto apenas tres veces, la primera en marzo pasado, cuando Lagarde vino a la Argentina para participar de la reunión de ministros del G20 y compartió con él una charla en la Universidad Di Tella. El ex columnista de Odisea Argentina aprovechó para organizar un almuerzo en su casa del Barrio River junto a la titular del FMI, Daniel Artana, Ariel Sigal, Ernesto Schargrodsky y los ex asesores de Daniel Scioli Mario Blejer y Miguel Bein. Desde allí fueron caminando hasta el lugar.

Hace menos de un mes, el 18 de abril, Lagarde pasó a saludar en el cóctel de la embajada argentina del que participaron Dujovne y Caputo, en el marco de las reuniones del G20. La corrida al dólar y el pedido de auxilio estaban a la vuelta de la esquina. Sin embargo, todo fue sonrisas, no se habló de la falta de divisas de la economía argentina y los funcionarios de Macri no aludieron -ni imaginaron- que 20 días después deberían salir corriendo, de regreso a Washington, en busca del auxilio de Lagarde.

 

 

EL RADICAL QUE TOCÓ CON TODOS. Obsesivo de la reducción del déficit fiscal, Dujovne es el primer ministro de origen radical que queda a cargo de la Economía desde 2001, cuando Ricardo López Murphy desembarcó con la misión ambiciosa de un ajuste letal que duró una semana. Su formación temprana, recuerdan los memoriosos, fue en el Partido Intransigente durante sus estudios secundarios en el Colegio Nacional y Comercial de Vicente López.

Debutó en la función pública como jefe de asesores del entonces secretario de Hacienda Pablo Guidotti, durante el segundo mandato de Carlos Menem. Allí, conoció a varios macristas de la primera hora. Dujovne acostumbraba a hablar en televisión como si no hubiera sido parte del equipo de José Luis Machinea y Bein, en tiempos de De la Rúa.

Recomendado por Bein en el Banco Galicia, asesoró a Ricardo Alfonsín y trabajó en el proyecto presidencial frustrado de Ernesto Sanz con Lucas Llach y Tomás Bulat hasta que aceptó -junto a su amigo Rodrigo Pena- ser parte de la aventura de Cambiemos. Una oportunidad inmejorable.


 

 

Después de los festejos y los pulgares hacia arriba de sus inicios con ínfulas de refundación, Dujovne quedó en poco tiempo enredado en infinidad de historias y denuncias que hicieron correr el rumor de que acumulaba enemigos internos dentro del gabinete. Los tiene: son todas las cabezas que le disputan la iniciativa económica: Mario Quintana, Gustavo Lopetegui, Sturzenegger, Caputo.

¿LAVAGNA O REMES? Con muchos amigos en los medios y desacostumbrado a que lo critiquen, el ministro de Hacienda no oculta su malestar con preguntas incómodas en territorios aliados y se enloquece con los puñales que le clavan medios como Perfil o incluso columnistas destacados del establishment periodístico que ponen de relieve datos incómodos, como el de su mansión en Punta del Este. No son todos, claro. 

 

El ministro descansa a Punta del Este, donde tiene una mansión.

 

Lejos quedó el diagnóstico de los economistas que se alinean con el Gobierno que lo imaginaban como el ministro del despegue, cuando asumió, a fines de 2016. “Si este año hubo inflación, recesión, devaluación, tarifazo, todo eso quedará encerrado en la caja del año que termina, junto con la figura simbólica que, por su cargo, paga los platos rotos. Le toca a Prat Gay el estigma que ya sufrió Remes Lenicov en 2002. Dujovne arranca de cero, asume en 2017 y será la cara visible de lo que ocurra de acá en adelante. En la analogía, le toca el papel de Lavagna, que asumió con la devaluación ya hecha y cuando el ajuste ya se había materializado”, escribió uno de ellos en Clarín, en una pieza en la que se decía que Nico agarraba una economía con inflación a la baja, que dejaba atrás la recesión y empezaba a recuperarse.

Un año y medio después, Argentina está en el peor de los mundos, en busca de un crédito que sólo tienen Jamaica, Kenya e Irak. Con una nueva devaluación brusca y un nuevo tarifazo impugnado por la oposición -unida- en el Congreso. Algo falló.


 

 

MOMENTO WHISKY. Sin datos precisos todavía del monto y los plazos del crédito que se le pide al Fondo, Dujovne es la cara más visible de las turbulencias que afronta Cambiemos. Bastante más nervioso y despojado del cinismo que exhibía en televisión como columnista, afronta una semana complicada, en la que no se descarta que vuelva a Washington escoltado por Caputo.

El acuerdo con el nuevo FMI que promociona el ministro vendrá con un cúmulo de condicionalidades que no clausuran el panorama de incertidumbre, sino que lo retroalimentan. Y -nadie quiere ni pensarlo ahora- le pueden costar el sueño de la reelección a Macri, en el inalcanzable 2019.  

Un funcionario del equipo económico le confirmó a Letra P que lo que viene es una nueva suba del dólar que el Gobierno está decidido a consentir, junto con la partida de defunción de la meta inflacionaria y más o menos vertiginosa, eso es lo que no está claro. “El Fondo va a defender la flotación del peso, no te va a prestar dólares para que los vendas en el mercado, para financiar una corrida. No vas a poder usar todas las reservas, que es lo mismo que decir que vas a tener que soltar al dólar y acelerar la devaluación”, afirmó.


 

 

De acuerdo a la visión oficial, Macri, Caputo, Peña y Dujovne decidieron acudir al FMI no tanto por la corrida al dólar sino porque los mercados apostaban contra los precios de los bonos argentinos, nadie los iba a comprar y no iban a quedar compradores. En otras palabras, porque aumentaba el riesgo país en la Argentina de los CEOs.

Con la suba del dólar, vendrá el traspaso a precios y el padecimiento para los que viven de ingresos en pesos que no están indexados: trabajadores informales y sectores de menores recursos que no reciben la Asignación Universal por Hijo en primer lugar. Pero también sufrirán los jubilados primero hasta que perciban la actualización trimestral y siempre con una inflación que escala de manera desmedida en medicamentos y alimentos.


 

 

Está por verse qué pasa con los trabajadores sindicalizados en gremios colaboracionistas que cerraron paritarias en torno a 15% sin cláusula gatillo. Mientras el dólar vuela, la administración Cambiemos con Dujovne a la cabeza mantiene un discurso bipolar y persiste en defender una meta de inflación y un techo salarial que ya fueron sepultados por los mercados. La credibilidad se cae a pedazos.


 

 

Tampoco está claro hasta dónde es capaz de presionar el FMI por las reformas neoliberales que propagó toda la vida, como la flexibilización laboral, el aumento de la edad jubilatoria y el blanqueo de capitales que ya es una costumbre argentina.


 

 

Si los gurkas que operan detrás de Madame Lagarde presionan, el escenario de conflictividad se acrecentará y 2018 habrá dejado de ser el año del sacrificio únicamente para la sociedad. Además, llevará a Macri a resignar sus aspiraciones de continuidad, que ya hoy están puestas en duda hasta por sus voceros en los medios.

Lo que queda del gradualismo, según la visión oficial, es una versión distinta, en busca de un ajuste lo menos doloroso posible que evite economía de guerra o el shock en todos las líneas. La tutela del Fondo, más devaluación, más inflación, menos crecimiento, menos poder adquisitivo y el riesgo indisimulable de la recesión en un proceso que recién comienza. Todo eso, a las puertas de un año electoral que el oficialismo hoy no quiere ni mirar, apenas dos meses después de haber lanzado el operativo reelección. A falta de un ministro fuerte, a Dujovne le tocará ser la cara de ese futuro. Lejos de cualquier ironía.