11|11|2021

21 de septiembre de 2017

21 de septiembre de 2017

Retrato del colectivo teen que altera la siesta electoral del empoderado Rodríguez Larreta. La unidad en la diversidad que no consiguen los adultos. El activista millennial: cómo es militar online.

Nacieron cuando se apagaba el menemismo y se cocinaba el estallido de 2001. Con edades que van de los 14 a los 17 años, los estudiantes secundarios que animan las tomas de 29 colegios en la ciudad de Buenos Aires rompieron el molde de la previsible campaña electoral hacia octubre y llegaron a las tapas de los diarios. Pasaron a la acción justo después del resultado de las PASO, cuando el macrismo se fortaleció y las protestas del sindicalismo y las organizaciones sociales se disolvieron.

 

Cuestionados por parte de los adultos y por todo el arco de aliados del Gobierno, los alumnos en rebeldía decidieron ocupar las escuelas en rechazo a la reforma educativa que impulsa Soledad Acuña, la ministra de Educación del poderoso Horacio Rodríguez Larreta. Aunque muchos insisten en minimizarla, la protesta contra el proyecto bautizado “Secundaria del futuro” no registra antecedentes en los últimos cinco años. Se trata de la primera acción coordinada de los estudiantes desde la toma de 60 colegios que se llevó adelante durante un mes en 2012 en contra de la Nueva Escuela Secundaria (NES), que finalmente fue aprobada por el macrismo.

 

El pliego de demandas de la nueva generación militante es extenso y variado, pero puede resumirse en tres puntos esenciales:

 

  • Reclaman participación en el diseño de la reforma educativa que regirá su futuro;
  • se oponen a cambios que fomenten pasantías y mano de obra barata para las empresas de un país en el que hace años no se crea empleo de calidad;
  • piden que se reglamente la Ley de Educación Sexual Integral y se cree un protocolo para prevenir e intervenir en casos de violencia de género.

 

LOS CEBADOS. Más de un mes de reclamos, dos marchas que reunieron a más de 4 mil estudiantes cada una y entre diez y 20 días con las escuelas tomadas; nada de eso alcanzó para que la ministra de Educación de la Ciudad reviera su proyecto de reforma ni se ponga al frente del “diálogo”. En la reunión convocada por la Defensoría del Pueblo porteña, Acuña no aportó soluciones: sólo anticipó que difundirá el texto completo de su proyecto -hasta ahora, sólo se conoce un Power Point- y que la semana próxima comenzarán reuniones zonales para discutir el tema con los colegios de cada comuna. La respuesta llegará este viernes con la tercera movilización hacia su ministerio en contra de lo que los alumnos llaman la reforma “anti-educativa”.

 

Antes, dos funcionarios de segunda línea -el subsecretario de Carrera Docente y Formación Técnica Profesional, Javier Tarulla, y el asesor Leonardo Quinteros- habían recibido a la Coordinadora de Estudiantes de Base (CEB) en la sede del ministerio, en Paseo Colón 255. Los delegados consultados coinciden: los funcionarios de Acuña los trataban con desdén y ni siquiera anotaban las inquietudes de los estudiantes.

 

 

 

La CEB es la expresión que reúne hoy a todas las agrupaciones con peso político en las escuelas secundarias de la ciudad. Desde las organizaciones ligadas a la izquierda hasta La Cámpora y las agrupaciones independientes, que tienen una influencia creciente. Con un origen en contraposición a la Federación de Estudiantes Secundarios que integraban La Cámpora y Nuevo Encuentro, logró imponerse como ámbito mayoritario e incorporar de hecho a todos los sectores.

 

Antes de las tomas de los colegios, la CEB tenía reuniones semanales de las que participaban representantes de entre 15 y 20 escuelas de la Capital. Con el conflicto, su alcance se expandió. Hoy, con 31 escuelas ocupadas, hay delegados de 70 colegios que participan del grupo de WhatsApp de la CEB. Es un segundo círculo de activistas que siguen de cerca las negociaciones con el Gobierno de la Ciudad. ¿Cuántos de ellos podrían sumarse a la protesta si la tensión asciende? Es algo sobre lo que no hay precisiones ni consenso. 

 

 

 

QUIÉNES SON. Simón Bolívar, Lobo Suelto, Cienfuegos, La Emergente, la Unión de Juventudes por el Socialismo -del Partido Obrero-, La Cámpora, Nuevo Encuentro y “No vamo a Calmarno”, del PTS, son parte del heterogéneo grupo de activistas que logró sumar a una porción del alumnado que hasta ahora había permanecido al margen de las protestas. Guste o no, son camadas de estudiantes que se están educando en la pelea contra un macrismo cada vez más vigoroso.

 

Con los hashtags #ColegiosTomados y #NoALaReforma, los secundarios instalaron el tema en las redes y fueron ganando adhesiones. “Gente que nunca estuvo en una reunión de delegados está hoy activando como nunca”, le dijo a Letra P uno de los estudiantes que participa por primera vez de la toma de su escuela.

 

 

 

A diferencia de las formas organizativas que primaban en la juventud cuando ellos nacían, las nuevas agrupaciones tienden hacia una forma de decisión vertical y dejan de lado la llamada horizontalidad. Sin embargo, buscan fortalecerse a través de la participación, los métodos democráticos y la gimnasia asamblearia.

 

En primer lugar, los centros de estudiantes tienen elecciones todos los años, una característica que los distingue de los sindicatos y de la política de los mayores. En segundo lugar, existen periódicas reuniones de delegados y de dos tipos: con “mandato imperativo” en base a la decisión de la asamblea de cada escuela y con “mandato representativo”, en base al criterio del delegado sobre el tema que se discute. En la mayoría de los colegios tomados, hay dos delegados por curso: cuando se trata de doble turno, llegan a ser alrededor de 60 por escuela.

 

El activismo juvenil está online con los centros de estudiantes de escuelas privadas como la ORT, el ILSE y los colegios ECOS y Paideia. Además, está la relación con la comunidad educativa que se forjó en algunas escuelas como el Esnaola, donde directivos, docentes, no docentes y personal de seguridad apoyan la toma y entran y salen sin problema del colegio.

 

 

 

A QUIÉN SE ENFRENTAN. Hay algo ya por demás evidente. Con su actuación de estos días, la Coordinadora llegó a las tapas de los diarios nacionales, ocupó minutos en radio y televisión y sacó de quicio a formadores de opinión y periodistas que suscriben el ideario del gobierno de Cambiemos. Los secundarios se convirtieron en la piedra en el zapato de los que se ilusionan con un país normalizado por Mauricio Macri, en el que todos vayan de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. “Es una reforma que no tiene el consenso de la comunidad educativa. Es parte del ajuste y la precarización y queremos que no entre a la escuela”, dijo a Letra P una delegada del Nacional Buenos Aires.

 

La prédica que reclama orden puede poner en marcha una contradicción que va más allá de la grieta o que -en todo caso- traduce el enfrentamiento macrismo-antimacrismo en un conflicto generacional. Aunque en todas las escuelas hay adultos que acompañan, en otras son muchas veces los padres de clase media los que reprenden a sus hijos por participar de las tomas en colegios como el Nacional Buenos Aires y el Carlos Pellegrini. La novedad, de todos modos, es que el conflicto no se limita a los colegios de élite, donde las protestas son más frecuentes y forman parte del paisaje habitual.

 

Un mes después del inicio de las protestas, lo que llama la atención es el silencio del jefe de Gobierno porteño. Al estilo de la Casa Rosada con la reforma laboral, Rodríguez Larreta se limitó a decir que su administración no impulsa ninguna reforma. Parece difícil que la ministra de Educación haya fogoneado los cambios por su cuenta. Acuña lleva poco tiempo al frente de su cartera y se hizo cargo de la gestión después de Esteban Bullrich, que estuvo cinco años en el cargo antes de saltar al plano nacional y ser sacrificado después para ir a pelear contra Cristina Kirchner en la provincia.