Unir a los argentinos: el fracaso precoz de un eslogan

Unir a los argentinos. Con esa promesa llegó Mauricio Macri al poder, el 10 de diciembre de 2015. Este viernes, quince meses y medio después de aquel día, la Plaza de Mayo concentró el descontento de sectores políticos, sociales e incluso empresarios que –es lícito suponer que en su inmensa mayoría- no lo votaron y que, lejos de acercarse, están cada vez más lejos del Gobierno.

 

 

estaban las agrupaciones políticas de izquierda, de las que Macri se alejó más en estos quince meses y medio con medidas emblemáticas de beneficio para el poder económico más concentrado, como la transferencia de recursos multimillonarios de pobres a ricos vía eliminación de retenciones a la exportación de cereales;

 

estaba el peronismo y, fundamentalmente, el kirchnerismo, del que Macri se alejó más en estos quince meses y medio con la profundización de su estrategia de contraste basada en la demonización del gobierno que precedió al de Cambiemos;

 

estaban los pequeños y medianos empresarios, de quienes Macri se alejó más en estos quince meses y medio con políticas que aplastaron el consumo, ahogaron el mercado interno y asfixiaron a la industria nacional con la apertura de las importaciones;

 

estaban los gremios docentes, de los que Macri se alejó más en estos quince meses y medio con su negativa a convocar a paritarias nacionales, promoviendo propuestas de aumentos salariales insuficientes con el argumento de la necesidad prioritaria de contener la inflación y denostando a la escuela pública con frases reveladoras de esa formación de clase que lo persigue como un fantasma;

 

estaban otras organizaciones sindicales, de las que Macri se alejó más en estos quince meses y medio por el combo de medidas de gobierno que impactaron negativamente en el poder adquisitivo del salario y en el empleo;

 

y estaban las organizaciones que representan a los que ni siquiera acceden al trabajado formal, de quienes Macri se alejó más en estos quince meses y medio porque son los que primero sufren la crisis.

 

Pero no fue, la de este viernes, la primera expresión multitudinaria del descontento social que aleja a Macri de sectores cada vez más amplios y lo alejan cada vez más de la chance de cumplir con uno de sus tres principales eslóganes de campaña: la impresionante movilización por el aniversario del golpe fue la sexta multitud hostil hacia el Gobierno que ganó la calle sólo en el corriente mes de marzo:

 

  • Marcharon los docentes el 6 y el 21.
  • Marchó la CGT el 7.
  • Marcharon las mujeres el 8.
  • Marcharon las organizaciones sociales el 15.

 

Y la saga no terminó: el próximo jueves 30 marchan las dos CTA en el marco de un paro nacional convocado por estas centrales obreras, una protesta que no quisieron bajar a pesar de que la CGT finalmente le puso fecha a su huelga general.

 

El recalentamiento de la calle tiene, por supuesto, efecto inmediato en la profundización de aquella grieta que Macri venía –según había prometido- a cerrar. Los sectores que constituyen el núcleo duro del electorado macrista –que encuentran voceros en sectores influyentes de la prensa- reaccionan radicalizando su reclamo de mano dura en el control de la calle, presionan al Gobierno –lo corren por derecha-, espesan el aire y, en definitiva, tributan a una fragmentación social cargada de una violencia –por ahora discursiva- peligrosa.

 

En esta encrucijada, el Presidente aparece aprisionado entre fuerzas opuestas que lo presionan desde ambos lados de la grieta. Saltar en auxilio de unos supone un giro impensable para un gobierno convencido de la eficacia de políticas neoliberales ortodoxas. Atender el reclamo de los otros implica represión.

 

El interrogante que desvela es si el Gobierno tiene margen, ideas y capacidad de liderazgo para salir de esa encerrona.

 

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