Política

Pobrecito el 49%

A 42 años de la muerte de su fundador, el peronismo está huérfano. La crisis de liderazgos de la principal fuerza de la oposición plantea un panorama desolador para 12,3 millones de argentinos.

Un día como este viernes 1 de julio, pero hace 42 años, moría Juan Perón. El movimiento que había fundado tres décadas antes se desangraba en la más violenta de sus batallas intestinas. Si El Viejo reviviese en este 2016, un vistazo a la actualidad acaso le alcanzaría para morirse de nuevo. Sin el estruendo de los fierros setentistas, pero sumergido en una crisis profunda, el peronismo naufraga a la deriva en la orfandad.

 

Si se asomara a los jardines de la quinta de San Vicente en pleno sentido homenaje a su memoria, el coronel –que terminó general- vería que no tendría quién condujera a su tropa. Pero, al menos, se sentiría acompañado: también se quieren morir los 12.309.301 argentinos que votaron en el ballotage del año pasado con la esperanza de que Mauricio Macri –y el modelo neoliberal de ajuste que llevaba a cuestas- no llegara a la Casa Rosada. Se quieren morir cuando ven que la oposición al Gobierno del frente Cambiemos se hunde y se aplasta, se desgrana y se ablanda y, mientras el jefe del Estado surfea problemas y conflictos autogestionados, mira con principio de resignación el crecimiento, como eventual candidato-amalgama, de Sergio Tomás Massa, un falso peronista con fibras fascistoides –esa concepción binaria de los buenos y los malos, los chorros y los decentes-, de cuna ucedeísta y asombrosa elasticidad para consolidarse como referente de la oposición siendo oficialista por acción y por omisión.

 

DESCONDUCCIÓN POLÍTICA. 2015. Transcurría una tarde de resaca política en un alto despacho del gobierno K. Cinco funcionarios discutían el estilo híper personalista de conducción de los Kirchner. Subía el índice de crítica cuando un peronista de Perón de larga trayectoria en el peronismo de Perón, pero que militaba por convicción el kirchnerismo, desenfundó una frase nacida de la lectura minuciosa de la elaboración doctrinaria del General. “Acumulan los líderes, no las estructuras”. La sentencia no era una cita textual. Resumía/interpretaba una parrafada de Conducción política, el libro sagrado del Movimiento.

 

No es potestad del peronismo la crisis de liderazgo. La UCR sufre misma carencia. Hoy, la paradoja es simétrica: los dos partidos populares con vasto desarrollo territorial miran con envidia a agrupaciones que juegan con equipos cortos pero acumulan con el arrastre de líderes que –por razones que escapan a la comprensión de los estudiosos- activan fibras de emotividad positiva y producen empatía en el público elector: los mencionados Macri –en tándem con la ganadora del premio revelación 2015, María Eugenia Vidal- y Massa. En este escenario, lo dicho: el pejota mira con cariño al jefe del Frente Renovador y el radicalismo marcha –resoplando, pero dócil- como furgón de cola de la alianza gobernante.

 

¿QUIÉN MUEVE, MACAYA? NADIE. La galería de falsos conductores que ofrece el peronismo modelo 2016 no presenta soluciones. Porque, para conducir, hay que poder prometer, si no garantizar, un triunfo en las urnas. En este caso, en la legislativas de 2017.

 

Los conductores formales no son más que eso.

 

El nuevo presidente del Partido Justicialista Nacional, el diputado sanjuanino José Luis Gioja, llegó a ese lugar como una suerte de prenda de (falsa) unidad. Es como un Maestro Yoda del peronismo. Todos lo respetan, algunos lo escuchan. Nadie en su sano juicio cree que podría recoger los nombres de Perón y Evita y llevarlos como banderas a la victoria.

 

El ex intendente de La Matanza Fernando Espinoza tiene las llaves de una tapera. El PJ bonaerense es un organismo muerto. El matancero no tapa ninguna gotera. En la Legislatura provincial hay seis bloques de cuna peronista. Podría haber más. Y ya hay camiones de mudanzas en la puerta de algunos municipios gobernados por justicialistas dispuestos a llevarse sus votos al frente Cambiemos. O sea: anarquía absoluta. Este portal quiere entrevistar a Espinoza. No está dando notas.

 

Fuera de la burocracia partidaria –aunque figura como vice nacional-, el último candidato presidencial del peronismo, Daniel Scioli, entra y sale de escena sin emocionar a nadie. Se puso sepia rápidamente. Había ganado dos veces en la provincia en los picos de popularidad del kirchnerismo, pero hizo agua cuando debió jugar en cancha grande y embarrada. En la campaña misma se destiñó. Soso, fue ultra kirchnerista en la primera vuelta y un híbrido difícil de explicar en el ballotage. En sus últimos estertores, intentó convencer de que el 49% lo aupaba a un sitial –el de conductor- al que no accedió siquiera al calor del proselitismo. Victimizado, el sciolismo acusa al kirchnerismo de sabotaje. Rumia rencores.

 

En el extremo sur de la Argentina, Cristina Fernández de Kirchner hace berrinches. Caprichosa, encerrada, acosada por la Justicia PRO y chamuscada por el incendio abrasador que desató el valijero José López, está negada. No quiere saber nada con el peronismo. Detesta al pejotismo. Dicen que, antes de pegar el portazo del bloque de diputados nacionales, el Movimiento Evita la visitó en El Calafate. La dupla Pérsico-Navarro le habría pedido que liderara la oposición, pero con onda. Que se pusiera al frente de todo el peronismo. Dicen que los sacó carpiendo. “¿De qué peronismo? ¿Del que votó a favor de los buitres?”, habría preguntado, sin esperar respuesta. CFK también rumia rencores.

 

¿Qué más hay?

 

¿El gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey? Es más oficialista que el Gobierno.

 

¿El ex ministro del Interior Florencio Randazzo? Anunció que vuelve, pero sólo se vio de él su apellido y una promesa (incumplida por ahora) en un hashtag en un cartel minimalista con fondo azul.

 

Lo dicho: mientras sigue ocupando casilleros en los gobiernos nacional y provincial con cuadros de su partido y garantizándole triunfos resonantes a Macri en el Congreso, Massa crece en la consideración de la dirigencia peronista, que acepta la lógica del mal menor.

 

Pobrecito el 49%. No gana para disgustos. 

 

El gobernador Maximiliano Pullaro y Patricia Bullrich durante una de las visitas de la ministras a Rosario.
El presidente Javier Milei y la gerenta del FMI Kristalina Georgieva. 

También te puede interesar