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LA QUINTA PATA

Las lecciones de Brasil para el peronismo

La derrota de Lula sugiere un fin de época que les habla a CFK y a Axel Kicillof. Viejos paradigmas y el problema de los sectores medios. El bastón de mariscal.

La derrota de Luiz Inácio Lula da Silva en la primera vuelta de las presidenciales de Brasil y el favoritismo para la segunda de Flávio Bolsonaro proveen un semillero de lecciones para el peronismo que, mientras dirime la disputa por el liderazgo entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, se apresta a enfrentar el año próximo a Javier Milei.

Las señales son múltiples, no llegan solo desde el país vecino y se hacen más intrincadas cuando involucran también crisis como las de estos días en España, por el problema de la vivienda, y en Francia, por la calidad y el financiamiento de la educación. En definitiva, ¿cómo se lidia con esa "irritación difusa" —definición de 2014 de la analista brasileña Eliane Cantanhêde—, con una insatisfacción multidimensional que puede resultar difícil de abordar con sets de valores estructurados en base al eje Estado presente o Estado en retirada?

Más precisamente, ¿qué reclaman los sectores de los electorados latinoamericanos que intentan, sin éxito, escapar a la polarización que imponen los núcleos duros y, en definitiva, resultan los decisivos para darle forma al futuro?

Brasil, la polarización y la excepción de Javier Milei

Si Brasil constituye un caso testigo, la polarización aún funciona, tanto que los dos primeros candidatos concentraron más de 92% de los sufragios en el primer turno del domingo pasado. Sin embargo, esa grieta no funciona siempre, como se demostró en la Argentina de 2023, cuando el balotaje entre Milei y Sergio Massa ocultó que la primera vuelta fue una de tercios imperfectos.

Sin embargo, tanto allá como acá emerge cada vez con mayor nitidez un tercer sector del electorado que no se encuadra en los núcleos duros que intentan marcar el paso desde la izquierda —o sucedáneos de diversa índole que hoy se inspiran en el ejemplo berlinés y en la Nueva York de Zohran Mamdani— o desde la derecha. ¿Qué, si no eso, fue el Milei de hace tres años? ¿Qué, si no eso, es lo que sellará el Brasil de los próximos cuatro años?

Ese tercer sector es centrista solamente por geografía, en tanto queda en el medio de los dos polos de la grieta. Sin embargo, no tiene necesariamente un talante ideológicamente moderado, sino que lo identifica, más bien, el interés intermitente o directamente escaso por la política y, cuando llega la hora, la adhesión a propuestas que prometen resultados a sus problemas materiales.

El hecho de que los sucesivos gobiernos no terminen de dar las respuestas que les reclaman explica los barquinazos permanentes, que por un lado parece un péndulo que oscila locamente entre izquierdas y derechas, pero que en el fondo podría explicarse mejor por una pulsión constantemente insatisfecha de cambio. En la era de las presidencias cortas —sin reelecciones— priman el voto castigo a los oficialismos y la entronización de las oposiciones.

¿Los electorados sudamericanos optan por los Javier Milei y los Flávio Bolsonaro por convicción ideológica o como parte de un vaivén que, más que programático, está dado por sucesivos votos castigo contra los oficialismos de turno?

En Brasil, eso transcurrió entre Dilma Rousseff, el vice conspirador Michel Temer —interregno apoyado por pocos más que un establishment y un Congreso destituyentes—, Jair Bolsonaro, el Lula 3.0 y, ahora, acaso Bolsonaro hijo.

En Argentina, después de CFK vinieron Mauricio Macri, Alberto Fernández y Milei. En tanto, tal como vienen las cosas, el futuro es un enigma gigantesco.

Flávio Bolsonaro, el favorito impensado

Conviene partir del ejemplo brasileño para avanzar sobre la Argentina que viene. Para el 25-O, las primeras encuestas señalan un favoritismo para Bolsonaro, ubicado cerca del límite de los márgenes de error y, por tanto, si no indescontable, al menos considerable.

Así ocurre con Datafolha:

También con AtlasIntel:

Un tercer sondeo, de VOX Brasil, menos renombrado, da un panorama algo más incierto y, al filo, más favorable para el líder del Partido de los Trabajadores (PT), aunque con un nivel de indecisos que no aparece en esa dimensión en ningún otro estudio:

Una de las claves de los escollos con los que pelea la izquierda brasileña fue su desempeño relativamente malo en los municipios chicos y más dependientes de las ayudas del Estado que, supuestamente, blindaban al oficialismo. En ellos, Lula perdió 3,4 millones de votos.

En las ciudades en las que el programa Bolsa Familia —ascenderá 15% hasta unos 160 dólares en el pago del próximo lunes 19— complementa los ingresos de hasta la mitad de la población, el presidente pasó del 71,5% de los votos hace cuatro años al 68,7% el último domingo. En ellos, Flávio Bolsonaro creció.

¿La política se ha convertido en una suerte de Babel, en la que las dirigencias populares hablan un idioma que, de una noche para la mañana siguiente, pasó a resultar incomprensible para muchos de sus votantes de siempre?

La industria y sus circunstancias

Brasil es un país que conserva y acrecienta su base industrial, al revés de la Argentina, que no deja de reventarla con su crisis permanente y, en la actualidad, con políticas abiertamente lesivas. Sin embargo, ni uno ni otro país son inmunes a los cambios productivos y tecnológicos de la época, que imponen tercerizaciones, erosión del empleo fijo a la vieja usanza y economías de plataforma.

Los dos países llegan por caminos diferentes a una encrucijada socio-política equivalente: en el Brasil del viejo Lula, unos 40 millones de personas subieron de la pobreza a la clase media baja, mientras que en Argentina los avances registrados en los gobiernos kirchneristas se deshicieron desde la pandemia y, ahora más decididamente, con Milei en la Casa Rosada.

Mientras pelea por permanecer en el poder contra casi todos los pronósticos, Lula intenta vencer resistencias en el Senado para que dé sanción definitiva a su reforma laboral destinada a reducir, sin quita salarial, la semana laboral de 44 a 40 horas y de seis a cinco días. Eso, sumado a la reversión de la reforma flexibilizadora de Bolsonaro padre, constituye lo que pretende que sea su legado en materia de trabajo y empleo.

¿Tiene algo para ofrecerles a los trabajadores independientes, por cuenta propia y sin protección de la seguridad social y del Estado? En Brasil, ese universo involucra a más del 37% de la población activa, mientras que en Argentina toca un récord histórico del 45%.

La realidad de las empresas y los trabajadores en la Argentina de Javier Milei resulta desalentadora y sin alivio a la vista. (Fuente: Centro de Economía Política Argentina).

¿Qué clase de sujeto histórico se supone que genera, con su consolidación a través de los años y, ya, de las generaciones esa forma de relacionamiento con el mercado laboral?

Brasil, Argentina y el "pobre prémium"

En un interesante artículo publicado en O Globo, el economista Renato Meirelles, presidente del Instituto Locomotiva y especialista en economía de las favelas, señala que, en lo que respecta a ingresos, Brasil es "tres países" en uno.

En términos generales, los pobres son lulistas y los más acomodados, bolsonaristas. "En el medio, entre quienes ganan entre dos y cinco salarios mínimos, está la clase C y la disputa es voto a voto".

La llamada "clase C" está constituida por la multitud de casi 40 millones de pobres que pasaron a ser parte de una clase media baja en los dos primeros mandatos de Lula. Fueron los grandes beneficiarios del crecimiento a "tasas chinas" de los años 2003 a 2011, de la creación masiva de empleo, de las políticas de distribución del ingreso y de los programas sociales.

"El propio brasileño bautizó ese lugar como el del pobre prémium. Quien llega ahí cambia la pregunta. Cambia la tarjeta de asistencia social por la duda sobre cómo facturar más y volverse microempresa. No espera tutela, espera alianza" de parte del Estado, añade el autor.

"Parte de la izquierda todavía habla con el brasileño de hace veinte años, que pedía protección para no caer. Ese elector salió de la pobreza, se volvió monotributista, compró una moto y ahora quiere la oportunidad de avanzar. El programa diseñado para quien está abajo le queda lejos", explica.

"Parte de la derecha cree que basta con prometer menos Estado, como si esa familia no dependiera de la sala de salud, de la escuela de la hija y del colectivo a horario. Esa familia quiere las dos cosas, y eso tiene nombre: presupuesto de quien no tiene un colchón financiero", completa.

¿Solamente en Brasil?

Meirelles sigue. "Hay cansancio por tener tres trabajos, por la promesa que no llegó al carrito. Quien vota con rabia sale de casa por cuenta propia; quien vota cansado necesita un motivo".

Nadie en ese universo "desistió del país, solo necesita administrar su semana", completa.

La columna fue publicada justo antes de la primera vuelta, pero sus conclusiones valen para la segunda. "Quien quiera el voto de la clase media (…) no va a conquistarlo con un video más contra el adversario. Va a conquistarlo explicando, en lenguaje de lunes, lo que cambia para quien se busca la vida: el crédito para el pequeño negocio, el puesto que atiende, la agenda que devuelve tiempo", indica.

Por encima de radicalizaciones o moderaciones, de ocupación de los extremos o del centro, "va a ganar quien saque a ese elector de casa. La elección de la rabia se vence contra alguien. La del cansancio solo se vence a favor de algo", finaliza.

¿A quién le habla el peronismo?

Aunque sea por caminos inversos, Brasil y Argentina llegan a un punto equivalente.

El desencanto de quien fue pobre y subió un escalón en el país vecino lo encuentra en una situación vital similar a la de quien, aquí, bajó un peldaño desde la clase media. ¿Alguien atiende a esas personas?

Si "parte de la izquierda todavía habla con el brasileño de hace veinte años", ¿a qué argentino le habla el peronismo? ¿Basta para vencer la inercia de los cansados con el recuerdo de los "años felices" de 2003 a 2015? ¿No se extiende, de alguna manera, la convicción de que, dada el agua que ha pasado bajo los puentes, ya no será simplemente posible volver a ese estado, que por otra parte no era de abundancia plena?

En 2023, Milei supo venderle a ese sector la esperanza de que el Estado iba a dejar de estorbarlo, de que el fin de la inflación iba a dejar de desquiciarle el día a día y de que la dolarización iba a "hacer volar" sus ingresos. Sin embargo, mejor que decir es hacer, y lo hecho no podría estar más alejado de aquellos compromisos.

El Estado hoy interviene, pero para desarticular lo que quedaba en pie de la infraestructura, el sistema educativo y la salud pública. La "liquidación de la inflación" llegará a octubre del año que viene como una cuenta pendiente. Y, sin crecimiento, los salarios no "vuelan", sino que se lanzan a un precipicio, aferrados al paracaídas cerrado de la precarización laboral.

El peronismo, como el PT, pasaron de ser partidos de trabajadores a partidos de los pobres. Enfrentan hoy una realidad que les cuesta entender y abordar, una que debe incluir al Estado, pero también a un mercado en el que se pueda trabajar, prosperar y acceder a crédito razonable. Una realidad más propia de sectores medios que no eran pero son, o aquellos que fueron y desean volver a ser.

Hay demandas de segunda generación que, casi por definición, deberían ser abordadas por una segunda generación de líderes. Lula enfrenta, acaso, las dos semanas previas a su salida definitiva del primer plano de la política y Cristina Kirchner vivirá esa realidad mientras siga presa e inhabilitada.

El bastón de mariscal busca dueño y una boca que diga algo nuevo.

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