Como se percibe, todo es tentativo y vinculado a un deseo de buscar alternativas para escarmentar a los miembros europeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que se negaron a prestarle apoyo a Washington para reabrir el estrecho de Ormuz que se vio bloqueado tras el inicio de una guerra contra Irán que Trump coordinó con Israel, pero de la que ni siquiera dio aviso inicial a Europa.
Las propuestas del asesor Colby parecen fantasías o simples señales, por lo pronto en lo que respecta a la suspensión de España, cuyo presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, no sólo condenó la ofensiva en el golfo Pérsico, sino que también le impidió a Estados Unidos el uso de bases como la de Rota para llevar a cabo sus bombardeos. En concreto: no existe en la carta de la OTAN ninguna previsión para apartamientos de ese tipo.
Malvinas, una llaga en el Reino Unido
Lo de la "opción para considerar la reevaluación" (sic) del apoyo al Reino Unido por Malvinas –uno de hecho, cabe aclarar, toda vez que la postura oficial de la Casa Blanca no avala el reclamo de soberanía de ninguna de las partes– causó revuelo en los medios y el gobierno británicos, y la administración del laborista Keir Starmer salió rápidamente a negar cualquier posibilidad de discutir el estatus de los territorios en base al falaz argumento de la autodeterminación de los kelpers, que, como se sabe, son una población colonial e implantada de apenas 3200 personas.
Pese a esas reacciones, lo trascendido desde el Pentágono es tan vaporoso como el chaschás a España.
Es cierto que podría resultar coherente con la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre último, que ubica a América Latina como un escenario prioritario del interés norteamericano en tanto patio trasero, vedado a los intereses de potencias extracontinentales. La llamada "doctrina Trump" apunta a China y no al Reino Unido, pero no sería descabellado hacerla extensiva a otros países si Washington pasara a considerarlos hostiles o, cuanto menos, no amigos.
Listo: a eso se reducen las expectativas de que haya en ciernes un giro concreto y un premio al alineamiento canino de Milei. Más bien hay una intención de rigorear a los demás países de la OTAN para que también se encolumnen detrás de las visiones geopolíticas y los intereses de Washington, cubriendo una parte mayor de los costos de la alianza y aceptando como propia la visión trumpista del mundo.
Malvinas, piedra en el zapato de Javier Milei
¿Y si, pese a todo lo que se puede suponer, esa postura efectivamente cambiara, tal como se viene sugiriendo a nivel de prensa en la Argentina?
Londres no depende de Estados Unidos para la retención de los archipiélagos usurpados. En Malvinas no hay una base militar de la OTAN, como se suele decir, sino una enteramente británica.
Durante una entrevista con el canal de streaming Neura realizada a antes de que se conociera la primicia de Reuters, el jefe de Estado se refirió a la cuestión Malvinas. Complicado para decir de memoria el nombre de los territorios en disputa, se arrogó estar realizando enormes avances para la recuperación de las islas Malvinas, Georgias, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes.
Sin embargo, cabe recordar que esa no es una causa demasiado sentida ni por el Presidente ni por su entorno.
Antes de que Milei dejara de ser un fenómeno barrial y pausara sus loas a Margaret Thatcher –no hace lo mismo con su proisraelismo a ultranza, que incluye el aval a una colonización de territorios en Palestina que Argentina nunca puede prestar–, su actual abanderada en el Senado y en la Ciudad de Buenos Aires, Patricia Bullrich, había bromeado sobre la conveniencia de canjear esos territorios por vacunas de Pfizer.
Asimismo, la entonces canciller Diana Mondino resbaló antes de asumir en la cuestión de los "derechos" de los isleños y, ya en el cargo, se limitó a chicanear con picardía a quien fuera premier británico, David Cameron, por haber viajado a Malvinas, sólo que desde su cuenta personal de Twitter, livianamente y sin mayor queja oficial.
Más recientemente trascendieron unos cuantos posteos viejos del actual jefe de la diplomacia nacional, Pablo Quirno, que expresaban, en el mejor de los casos, indiferencia y desapego a esa causa nacional.
Byp4aN62g_1256x620
La recuperación de las islas Malvinas es mucho más que una causa nacional sentida. Marca la necesidad de que la Argentina refuerce su rol en el Atlántico Sur y lo libere de injerencias extracontinentales.
El último 2 de abril, Milei cumplió, en el marco del homenaje a los veterano y caídos en la guerra de 1982, en subrayar el reclamo argentino de soberanía. Fue una mención muy breve dentro de un discurso apenas menos breve. Como para cumplir.
Con todo, un año antes –caprichoso o peor asesorado– había soltado más la lengua y quedado a un paso de admitir el derecho de los isleños a la autodeterminación. Argentina, por tradición y supuesta política de Estado, reconoce respeto a sus "intereses", pero de ninguna manera a sus "deseos".
Donald Trump, el FMI y los límites del alineamiento
El alineamiento automático del Gobierno, que Quirno supone una genialidad original y no como el simple upgrade del que rigió en los años 1990 que es, puede generar espejismos. El de ser la explicación de un giro tan impactante como el de marras es solamente uno de ellos.
Claro que Trump apoya a Milei. Tanto, que se permitió –se le permitió aquí– una intervención escandalosa en las elecciones legislativas del año pasado, que incluyó mucho más que palabras de aliento: también, intervención para que el Fondo Monetario Internacional (FMI) extendiera una línea de crédito que incluso antes superaba todo límite estatutario y, cuando con eso no alcanzó, un swap de 20.000 millones de dólares con el Tesoro norteamericano y operaciones en el mercado cambiario argentino por cuenta y orden de este.
Para eso sí sirvió el alineamiento perruno; para Milei, no necesariamente para la Argentina.
Lo político pasa por otro lado: cuando Trump filtra lo que filtra, se pone de nuevo el traje del broker inmobiliario que siempre busca negociar desde posiciones de ventaja. Amenaza a España, advierte al Reino Unido y causa zozobra en una Europa que no sabe cómo seguir sin su apoyo respaldando la resistencia de Ucrania a la agresión de Rusia. Malvinas no figura en su mapa mental.
Reino Unido: Donald Trump y después
Un giro como el sugerido en detrimento del Reino Unido, acaso el más importante y cercano aliado de Estados Unidos, parece impensable.
Esa "relación especial" emblemática se forjó desde la Gran Reconciliación previa a la I Guerra Mundial, se consolidó en esa contienda y terminó de fraguarse en la Segunda. ¿Sería tan sencillo deshacerla por el arbitrio –la palabra encaja a la perfección– de un presidente pasajero?
Un presidente, además, a punto de convertirse en un prematuro pato rengo.
Primero, porque ni bien pasen las midterms de noviembre comenzará la segunda mitad de un mandato que, por más que el mandatario intente correr los límites constitucionales, no podrá tener continuidad.
Segundo, porque las encuestas les auguran a sus republicanos una derrota severa, la que, de concretarse en toda la magnitud posible, le podría dar a la oposición demócrata el control de las dos cámaras del Congreso.
En Estados Unidos prima una amplísima y dominante red de intereses y percepciones atlantistas, opuestas a las de Trump, que presionarán por una reconstrucción de los lazos con Europa ni bien termine el tiempo de este líder peculiar.
No puede descartarse que la sucesión surja del propio trumpismo –¿con el canciller Marco Rubio? ¿Con el vice, JD Vance? ¿Con algún tapado?–, pero aun en ese caso habrá que ver en qué medida las reverencias de ese exótico gobernante argentino resultan más poderosas que esa tradición.
A propósito, ¿estaría la Argentina de Milei, financieramente tan frágil y tan condicionada por sus deudas, preparada para subsistir en medio de una forzada indiferencia de su garante de última instancia?
Si a Trump las cosas no le fueran como desearía en los próximos meses, habría que encontrar otros caminos para entender el futuro del mileísmo.