La falta de figuras presidenciables capaces de ordenar al peronismo, que ve caminar a Javier Milei hacia la reelección encallado en una interna enmarañada, empezó a agitar una hipótesis inesperada: que Juan Manuel Olmos deje de ser solo un armador de poder y empiece a pensarse como eventual candidato a la Casa Rosada en las elecciones de 2027.
El movimiento todavía no tiene forma de lanzamiento ni estructura de campaña. Tampoco aparece, por ahora, como una decisión tomada por el dirigente, ocupado en los últimos meses en la construcción del Peronismo Federal, una vía alternativa al kicillofismo y al cristinismo, las dos corrientes que friccionan al interior del kirchnerismo; una propuesta que intenta resetear el discurso que dominó al peronismo desde la segunda presidencia de CFK.
Sin embargo, en conversaciones que ha mantenido con la dirigencia de las provincias y en expresiones que ha vertido en sus últimas intervenciones públicas, sobre todo en su raid mediático, el auditor general de la Nación empezó a ensayar una narrativa que lo corre del lugar habitual de operador.
El Olmos mediático no habla de rosca. Habla de programa, de liderazgo, de interna y de legitimación popular. En un peronismo que todavía no resolvió quién puede encarnar una alternativa competitiva para 2027, esos conceptos parecen funcionar como algo más que una reflexión metodológica.
El peronismo en su laberinto: internas para encontrar la salida
La primera definición que empezó a repetir el dirigente porteño apunta al mecanismo de ordenamiento interno. “De este laberinto se sale con legitimación popular, votando, con una interna”, planteó en los últimos días. La frase expone una paradoja: uno de los dirigentes más acostumbrados a construir acuerdos en el detrás de escena sostiene ahora que el próximo liderazgo del peronismo debe legitimarse en las urnas. En este punto, coincide con Axel Kicillof, quien esta semana volvió a reivindicar las PASO como instrumento para destatar un nudo que aparece demasiado apretado.
Olmos cree que hay sectores del PJ que no se sienten contenidos por las discusiones actuales. Sobre todo, dice, en las provincias. Por eso, plantea que el peronismo necesita abrir un ámbito de debate y definir un programa, un liderazgo y una forma de validación. Si se caen las PASO, como pretende el Gobierno, sostiene que deberá haber una interna abierta. Si tampoco existe esa posibilidad, una interna partidaria. Cristian Ritondo salió esta semana a proponer una avenida del medio: primarias no obligatorias.
En ese planteo, Olmos abre el juego de la competencia. “Quienes piensen que ese liderazgo no los contiene, presenten otro”, razona. En esa frase aparece una pista del clima que empieza a crecer a su alrededor: si no aparece una candidatura capaz de ordenar al conjunto, la interna puede convertirse también en la puerta de entrada para nombres que hasta ahora no estaban en la primera línea. De sonso, Olmos ni tiene ni un pelo.
De la oposición a la alternativa
La segunda definición apunta al contenido político. Olmos cree que el peronismo quedó encerrado en el lugar de la oposición y que con eso no alcanza para poner en jaque electoralmente al Gobierno. “Tenemos que ser una alternativa”, repite. La diferencia no es semántica: implica pasar de la denuncia del ajuste a la construcción de una propuesta de poder.
En ese punto, el discurso que empezó a tomar forma en el peronismo federal se despega del reflejo opositor clásico. Habla de equilibrio fiscal, responsabilidad macroeconómica, producción, empleo, industria, consumo y recuperación salarial. También, de autocrítica. Olmos plantea que el peronismo debería decirle a la sociedad en qué se equivocó, qué cosas hizo mal y cuál es la propuesta con la que pretende volver a pedir confianza.
La fórmula que usa para sintetizar esa discusión es geográfica. Según esa mirada, Milei lleva a la Argentina hacia “Lima”, una idea que el entrerriano Guillermo Michel empezó a presentar como "la peruanización del país". Frente a eso, Olmos propone ir "hacia San Pablo”. La contraposición busca ordenar dos modelos: uno asociado al ajuste, la primarización y la informalidad; otro vinculado a industria, empleo, mercado interno y salarios.
El armado federal como plataforma
Olmos viene participando del armado del peronismo federal junto a Victoria Tolosa Paz, Pepe Albistur, Michel y otros dirigentes que buscan darle forma a "un espacio moderado, con anclaje territorial y agenda económica propia", venden. Todo empezó en los encuentros de Parque Norte y Entre Ríos.
Juan Manuel Olmos junto al resto del grupo que impulsa el armado de Peronismo Federal.
El espacio todavía está verde: no tiene una conducción clara ni un destino definido. No resolvió si será una corriente interna del peronismo, una plataforma programática o una herramienta electoral. En ese mar de carencias, se propone ocupar un lugar en una discusión que también está verde, a pesar de que la cuenta regresiva hacia el tiempo de las definiciones va acelerando: qué peronismo puede hablarle a una sociedad que votó a Milei, no quiere volver al esquema anterior y, al mismo tiempo, siente cada vez con más fuerza los efectos del ajuste, reflejados en datos duros como los que reúne Esteban Rafele en su columna de este sábado en Letra P.
En ese escenario, Olmos empieza a autopercibirse presidenciable, aun en la era de los outsiders y las figuras construidas desde la exposición pública. Bajo el escrutinio libertario, es un casta puro y duro, un monje negro de la política profesional. El dirigente intenta presentar esa debilidad como fortaleza. Sostiene que conoce los pliegues del poder peronista y que ha cultivado buenos vínculos con gobernadores, intendentes, empresarios y sectores judiciales, y se pregunta si ese capital puede transformarse en una candidatura.
Del arquitecto invisible al nombre propio
Durante años, Olmos fue definido como un arquitecto invisible. Operador del peronismo porteño, articulador de acuerdos, hombre de diálogo con sectores del poder económico y político, su lugar estuvo en la ingeniería interna, no en la vidriera electoral.
Ese perfil sigue siendo parte de su capital, pero también de su límite. La pregunta que empieza a sobrevolar su entorno es si un dirigente formado en la construcción silenciosa puede convertirse en una figura capaz de expresar un programa, competir en una interna y hablarle a un electorado nacional.
Olmos no está lanzado, pero tantea con ganas si el oficio de armar candidaturas ajenas puede convertirse en una plataforma propia.