A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la memoria sigue siendo una disputa abierta. No se trata solo de recordar el horror, sino de comprender su sentido. La dictadura no fue únicamente un régimen de terror: también marcó el inicio de un modelo económico que reconfiguró laArgentina y que, con distintas formas y actualizaciones, aún persiste. De la deuda a la persecución política, las continuidades que explican el presente.
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Esa dimensión fue señalada tempranamente por Rodolfo Walsh en su Carta Abierta a la Junta Militar. Allí no solo denunció las desapariciones, sino que describió con precisión el programa económico que las hacía posibles. El plan implementado por José Alfredo Martínez de Hoz inauguró una matriz que marcaría las décadas siguientes: endeudamiento externo acelerado, apertura comercial, desarticulación del aparato productivo, concentración del ingreso y centralidad de la valorización financiera.
Los números permiten dimensionar ese punto de partida
Entre 1976 y 1983, la deuda externa argentina pasó de aproximadamente 7.000 millones de dólares a más de 45.000 millones, multiplicándose por más de seis. Al mismo tiempo, el salario real sufrió una caída abrupta y la participación de los trabajadores en el ingreso nacional se redujo de manera significativa. Ese esquema no fue una anomalía. Fue un cambio estructural.
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La persecusión política en la dictadura
Desde entonces, la deuda dejó de ser un instrumento de política económica para convertirse en un mecanismo de condicionamiento. Cada ciclo posterior reprodujo una lógica conocida: expansión del endeudamiento, intervención del Fondo Monetario Internacional, ajuste sobre el gasto público y deterioro del empleo y la producción.
A fines de los 90, ese modelo volvió a mostrar sus límites: en la antesala de la crisis de 2001, la desocupación superaba el 18%, mientras la deuda externa alcanzaba niveles récord y el entramado productivo se encontraba profundamente debilitado. La secuencia se repitió en años recientes. En 2018, la Argentina tomó el préstamo más grande en la historia del FMI, por más de 45.000 millones de dólares, consolidando un ciclo de endeudamiento que volvió a tensionar la estabilidad económica y social.
Los resultados, otra vez, son conocidos: aumento de la desigualdad, fragilidad del mercado interno y pérdida de capacidad estatal para orientar el desarrollo. Pero la experiencia argentina muestra otra regularidad: los intentos de consolidar ese modelo suelen ir acompañados de distintos niveles de persecución política. Durante la dictadura, esa persecución fue directa y brutal. En democracia, adopta formas más complejas: procesos judiciales, construcción mediática de culpabilidad y mecanismos de deslegitimación política.
La relación entre programa económico y disciplinamiento político no es nueva en la Argentina. Forma parte de una secuencia histórica en la que determinadas orientaciones económicas requieren, para su implementación, la reducción del conflicto político o la neutralización de actores que lo expresan. Sin embargo, esa dinámica convive con otra: la capacidad de reacción social.
Cristina juicio
Cristina Fernández de Kirchner.
No siempre es inmediata ni lineal. Las crisis económicas suelen fragmentar, generar frustración y, en muchos casos, desplazar el conflicto hacia el interior de la propia sociedad. Sin embargo, también abren procesos de reconfiguración. La historia reciente muestra que los ciclos de predominio financiero no han logrado consolidarse de manera estable. Desde la dictadura hasta la crisis de 2001, y en experiencias más recientes, el resultado ha sido similar: crecimiento de la deuda, deterioro social y crisis de legitimidad.
Esa recurrencia obliga a pensar el presente en perspectiva. A 50 años del golpe, la memoria no puede reducirse a la conmemoración. Es, también, una herramienta para identificar continuidades y comprender los límites y tensiones de la democracia argentina. Porque la discusión de fondo no ha cambiado: qué modelo de país se construye, quiénes se benefician y cuáles son las condiciones políticas necesarias para sostenerlo. En ese cruce entre economía y política; pasado y presente siguen dialogando.