Venezuela: halcones y palomas en la rosca feroz del chavismo
La herencia de Nicolás Maduro está en disputa. Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, pragmáticos y radicales. El peso de las sanciones. La incógnita del futuro.
Los hermanos Delcy Rodriguez y Jorge Rodríguez son las cabezas visibles del chavismo pragmático. Diosdado Cabello es el histórico líder del ala radical.
Entre las corrientes conocidas de los pragmáticos y los radicales –en términos prácticamente equivalentes, los no sancionados y los sancionados o los civiles y los militares– no hay incentivos aún para una ruptura. La amenaza es común y se cierne sobre todo. La duda pasa por las señales de tolerancia o de disciplinamiento que baje el jefe de la Casa Blanca, el modo en que eso erosione lo que queda en común y la manera en la que sus dichos y hechos humillantes limen la credibilidad de la presidenta encargada (interina) Delcy Rodríguez para terciar en la interna.
Presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez: "Todas las mentiras sobre 'narcotráfico', 'democracia', 'derechos humanos'. Eran las excusas. Siempre se trató del petróleo."
La mujer cuenta con la ventaja de ser una de las dirigentes del chavismo con menores problemas judiciales en Estados Unidos: sanciones personales y financieras por parte del gobierno y una demanda civil radicada en Miami por cargos de tortura y terrorismo, aunque no promovida de manera oficial, sino por un grupo de venezolanos expatriados. Es mucho menos que lo que enfrentan Maduro –narcoterrorismo y uso de armas de guerra– y el ministro del Interior, el poderoso Diosdado Cabello, líder de la facción opuesta.
Las palomas del chavismo y Donald Trump
Delcy Rodríguez –figura de una carrera siempre ascendente dentro del régimen desde 2003, primero con Hugo Chávez y luego con Maduro, su gran mentor– y su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional (parlamento unicameral) son las cabezas más visibles del ala pragmática del chavismo, a los ojos de Trump y de su canciller, Marco Rubio, la que puede conducir la transición hacia el poschavismo sin caos. Tiempo al tiempo.
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Donald Trump ha perpetrado una ocupación de hecho de Venezuela tras secuestrar a Nicolás Maduro y bloquear al país desde el mar.
Junto a ellos hay que contar al canciller, Yván Gil, y la ministra de Economía, Finanzas y Comercio Exterior, Anabel Pereira Fernández, una "rodriguista" de pura cepa, así como otras figuras asociadas a la gestión de la diplomacia y la economía.
En una posición intermedia, pero con fuertes incentivos a negociar –aunque sea de modo indirecto con Estados Unidos–, se encuentra Nicolás Maduro Guerra (Nicolasito), quien carga con el poder simbólico de ser hijo del Fernando VII de la Venezuela virtualmente ocupada y quien persigue garantías personales de seguridad. Sancionado por el Departamento de Estado por haber sido miembro de una Asamblea Nacional tachada de "ilegítima" por Washington y por ser beneficiario de la presunta corrupción de sus padres presos, integra el reducido núcleo de lo que podría darse en llamar "los interlocutores".
Los halcones del chavismo y Donald Trump
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En el otro polo militar los radicales se referencian en Cabello, por cuya captura Estados Unidos ofrece una recompensa de 25 millones de dólares, y en el ministro de Defensa, general Vladimir Padrino López, hombre también poderoso que llegó al aparato político del chavismo como oficial de carrera de la FANB. El premio por echarle mano es algo menor: 15 millones de dólares.
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Padrino López proyecta su autoridad sobre la economía a través de la Compañía Anónima Militar para las Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (CAMIMPEG), fundada en 2016, y de otra veintena de empresas de rubros que exceden largamente la energía –todas, controladas por la Fuerza Armada– y señaladas por los críticos como fuentes de negocios no siempre transparentes, por decir lo menos.
La necesidad de salvación de los referentes del ala militar son, como se ve, múltiples.
Como regla general, entre los ultras se cuentan actores con mayor exposición judicial y menor margen de negociación con Estados Unidos, personas para las que una transición mal diseñada podría representar un riesgo mayor que una confrontación prolongada.
Son quienes, ante una eventual falta de señales de tolerancia de Washington, podrían precipitar una ruptura, probablemente violenta, con lo que fácilmente podrían identificar como entreguismo y renuncia a las banderas históricas de la revolución de los hermanos Rodríguez.
Venezuela: unidad fijada con alfileres
El escenario de divorcio y violencia no parece probable en lo estrictamente inmediato, pero no existe en Venezuela dirigente, chavista o antichavista, ni observador que se anime a descartarlo.
Padrino López y Cabello aseguran por el momento una cierta cohesión de la FANB.
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Nicolás Maduro y Vladimir Padrino López, ministro de Defensa de Venezuela. Una veintena de empresas poderosas están bajo gestión de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Fuentes calificadas de Caracas contactadas por Letra P, que pidieron reserva de identidad por motivos de seguridad, coinciden en que no se detectan hasta ahora indicios de fractura orgánica, al menos en el alto mando, lo que, en principio, hace de la guerra civil un escenario de baja probabilidad.
Para que esa percepción se prolongue a mediano y largo plazo serán fundamentales las señales que emita la potencia ocupante, consistentes en que "los extraditables" –para usar una figura de otro tiempo y lugar– no asuman que la resistencia activa es su última opción.
En este sentido, cabe poner el ojo en lo ocurrido el lunes a la noche en las inmediaciones del palacio presidencial de Miraflores. La versión oficial dio cuenta de un sobrevuelo no coordinado de drones del propio aparato de seguridad que fue validada como "plausible y consistente con algunos precedentes" por fuentes oficialistas y opositoras que hablaron con este medio.
Sin embargo, aun dando esa versión como indubitable, el episodio reflejó un estado de sensibilidad extrema, nerviosismo y desorden operativo. Eso es esperable en una coyuntura de presión externa como la actual, pero deja pendientes respuestas a preguntas sobre las continuidades o discontinuidades de las líneas de mando y de control político.