La crisis en Venezuela expone los límites del orden global. Donald Trump convierte la política en demostración de fuerza con un único límite: su moralidad.
Donald Trump en una reunión con empresarios petroleros en la que se discutió el futuro de esa industria en Venezuela.
A unos 25 kilómetros del centro de Luanda, capital y principal ciudad de Angola, está ubicada Benfica-Sul, zona donde el 13 de abril de 1955 brotó petróleo y un frasco con el primer crudo fue llevado al Gobernador General. Por entonces, el país era un territorio colonial —aunque con el nombre jurídico de “provincia ultramarina”—, y estaba administrado directamente por António de Oliveira Salazar, dictador y presidente del Consejo de Ministros de Portugal.
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Al saberlo, Salazar dijo: “Solo me faltaba eso. Que no se sepa, ¡que no se sepa!” (“¡Só me faltava isso! Tapem, ¡tapem!”). Desde entonces, la frase ha tenido varias interpretaciones, sin excluir en ninguna de ellas la advertencia sobre lo que implicaba el petróleo.
En un mundo hiperventilado, los políticos multipolares y los colectivos temáticos sufren los problemas del “comunicacionismo”. Frente a decisiones bautizadas como “Determinación Absoluta”, a agentes de Inmigración y Control de Aduanas que disparan contra seres humanos vivos y a disposiciones de las autoridades de Venezuela que “seguirán siendo dictadas” a través de los sucesivos fascículos de MAGA, instituciones, movimientos y activismos están que no la cuentan.
Van de la cuarta al pértigo, durmiendo de parados. Apurados, raudos, sudorosos y genéricos, enfrentan el desafío de exteriorizar algo sensato que ayude a pensar. Donald Trump hostigó Caracas haciendo gárgaras durante la noche con un precipitado de esferas de influencia, destino manifiesto y gendarmería hemisférica; es muy arduo imaginar las consecuencias cuando no lo ha hecho —ni les importan a— quien las causa.
El operativo para llevarse a la rastra a Nicolás Maduro y a su esposa del dormitorio de su residencia en Caracas fue un logro táctico del gobierno de Trump. El jefe del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, general Dan Caine, explicó que la operación militar había sido pensada, desarrollada, entrenada y ensayada “una y otra vez”. Combinando sprints con carga y dominadas estrictas, concluyó con un pleonasmo interpretativo: “No para hacerlo bien, sino para garantizar que fuera imposible equivocarnos”.
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Nicolas Maduro y Cilia Flores, detenidos en New York.
Por su parte, Trump explicó que si Maduro hubiese logrado entrar a la habitación de seguridad reforzada con acero, los “sopletes gigantescos” que portaban las tropas hubieran abierto los muros en 47 segundos. Cerró —momentáneamente— con una expresión que fue presentada con subtítulos explícitos en lengua Mar-a-Lago: “No estamos haciendo esto en vano”. Afuera caía lluvia negra.
Cuando el foco está en la autoglorificación, sólo les importa la precisión a los lastimados, los perseguidos, los ofendidos, los que están lejos de la gloria. En Caracas —y en muchos otros lados— hay incertidumbre y complejidad, perdedores y ganadores, inmolación y traición, instalaciones de extracción y narcoterrorismo, convocatorias de resistencia y gestos de distensión.
También autoridades y presidencia interina; México, Colombia, Cuba y Groenlandia, y Rusia, Ucrania, China y Taiwán; primer cordón de seguridad y conspiración interna; refinerías que operan por debajo de su capacidad instalada y posesión de armas de guerra en apoyo al narcotráfico; exaltación de la soberanía de los pueblos y liberación de presos políticos.
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Donald Trump.
Suenan voces en todos los ámbitos. ¿Cómo no errar en el apuro? La liberación tiene que ser inmediata, la situación es extrema, la condena absoluta, el repudio enérgico. Y la llamada debe ser amplia, el rechazo será categórico y la solidaridad activa. Voltaire escribió que los que pueden hacerte creer absurdidades, pueden hacerte cometer atrocidades.
Trump marcha, entre eclipses, superlunas y conjunciones, exponiendo una visión del poder únicamente limitada por “(su) propia moralidad”, el pelo ondeando en el brut nature o pringado de betabel rosa langosta, y un sentimiento de la vida entendido como juego en el que sólo se puede ganar y, por lo tanto, fundado en la acción y el comportamiento. De ahí ese aire de quien se interesa por todo, sin creer en nada; para quien el mal no es sino un incidente transitorio.
El rostro aporta fatuidad y falsedad, y el andar destartalado rezumando inalterabilidad —rumbo a su rincón viviente en un mundo de difuntos destructores—, exhibe la despreocupada falta de caridad de los inmunes. La mirada fija en un punto ciego gira y gira sobre el realismo de “las cosas son como son”, y el mesianismo de “Dios me salvó para hacer a América grande de nuevo”, con inescrutable generalidad y enérgica hipocresía. Es gente que no sufre ataques de pánico, pero que los produce.
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Nicolas Maduro recorriendo PDVSA, la empresa estatal petrolera de Venezuela.
Estados Unidos se reubica desde las reglas occidentales construidas a partir de la Segunda Guerra Mundial, ofreciendo una permuta geopolítica que propagandiza el poder duro y que ultraja el poder blando y la gestión del orden sin un gobierno mundial. Sus telones y sus escaleras escénicas son la propiedad impropia (“Nuestro hemisferio”), la exclusividad antojadiza (la “doctrina Donroe”, una creencia que fusiona influencia y jerarquía), y la subordinación opresiva (tutela, obediencia y recompensa). Las alianzas son circunstanciales, los castigos espectaculares, las exigencias comunes, y las bonificaciones son transacciones alineadas no permanentes.
Pensadores de la disciplina de Relaciones Internacionales, de cuyas premisas, revisiones, asignaciones paretoóptimas, y herramientas aprendemos, nos nutrimos y enaltecemos, son sacudidos y zarandeados. John Mearsheimer y Juan Tokatlián, Robert Owen Keohane y Bernabé Malacalza, razonan que la moldería no está bien, que roza en la costura, que tira de sisa. El realismo ofensivo, el constructivismo de autonomía y normas, el institucionalismo y el pensamiento crítico analizan la colisión entre un mundo posterior a Occidente y policéntrico, contra un puñado de apuntes sobre hegemonía hemisférica. Para Sudamérica, esta nueva edición —ampliada con material adicional— del realismo ofensivo, no trae capítulos para el multilateralismo ni para el derecho internacional.
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Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, máximas figuras del poder residual del chavismo en Venezuela.
El mikado trumpiano no es novedoso. En abril de 1988, dijo al aire en “The Oprah Winfrey Show” que los kuwaitíes “vivían como reyes” mientras el ejército estadounidense protegía sus petroleros en medio de la guerra entre Irak e Irán. “¿Por qué no nos pagan el 25% de lo que producen?”, preguntó. En el manojo de palitos con los que trata de transformar su retención libidinal en realidad, hay operaciones militares en varios países (Venezuela, Irán, Siria, Yemen, Somalia, Nigeria, Irak); amenazas o advertencias (México, Colombia y Groenlandia/Dinamarca); declaraciones despectivas o confrontativas (México y países del sur global); medidas migratorias restrictivas (países en desarrollo); y acciones en las que actuó sin límites del derecho internacional. Se ha endosado a Henry Kissinger la expresión: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal”. Con el “american way of life” transformado en “american fossil fuels life”, ¿a quién le tocará ahora? Un presidente excesivo y por lo tanto marchito, universal y por lo tanto genérico, que despacha incultura de élite: ya se la tomó, ya se la tomó, ¿y ahora le toca al vecino?
En todos los viajes hay un momento en el que se empieza a regresar; Washington no será siempre una fiesta. Como americanos del sur, ¿cuál es el duende de nuestro son? ¿El que se apiada del dolor de los demás y se arrima al corazón que sufre más, o será que vestimos al final mortajas de rayón al eco funeral de una canción (Homero Manzi)? ¿Cómo nos contentaría ser referencia internacional? ¿Como autores de un sistema contra la criminalidad organizada o como Ndranghetistas? ¿Como promotores de una política pacífica de memoria, verdad y justicia respecto a los crímenes de la última dictadura militar o como auspiciantes del encuentro callejero entre torturados y autores de delitos de lesa humanidad? ¿Como sostén de una zona de paz o como parte integrante de un patio ajeno? ¿Como actor del multilateralismo o como zalameros de una amenaza contra el orden global? ¿Como estibadores de una utopía o como fogoneros de una distopía propagandística, deshumanizante, pendenciera, agresiva y agresora?
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Donald Trump.
Captura de redes
Frente a la insensibilidad obtusa y las sonrisas intranquilizadoras, siempre hay una mano que sabe lo que está haciendo la otra. Con esfuerzos colectivos es posible construir capacidades de cálculo interior, superando una ingenuidad encallecida. En disciplinas como la filosofía de la historia y la teoría política, la expresión corsi e ricorsi (“cursos y recurrencias”), de la obra Scienza Nuova (1725) de Giambattista Vico, sigue vigente: la historia humana no avanza de forma lineal, sino en ciclos de ascenso y decadencia. Se diría que es lo que pasa.
La obra póstuma de Pier Paolo Pasolini fue Petróleo (Petrolio), interrumpida por su muerte. Existe una edición crítica en la que se comparan variantes del manuscrito, notas y cuadernos: unas 500 páginas en forma de appunti (un work in progress). En la página 154 se lee: “Recordad lo que os dice un poeta desde la tumba (cerca de un pozo petrolífero): vosotros no llegáis ‘tarde’, no estáis ‘rezagados’, sois ‘los últimos’”. Como suele ocurrir con los poetas, no se sabe si les habla a los norteamericanos o a nosotros.