Atento a las rabietas de Donald Trump por no haber recibido el Nobel de la Paz, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le otorgó en diciembre del año pasado al jefe de la Casa Blanca un premio consuelo: el FIFA de la Paz.
La sociedad con la FIFA y las reglas del mercado: vender, vender, vender. El factor hispano y la marca de la xenofobia. Cómo juega la guerra en Irán.
Atento a las rabietas de Donald Trump por no haber recibido el Nobel de la Paz, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, le otorgó en diciembre del año pasado al jefe de la Casa Blanca un premio consuelo: el FIFA de la Paz.
El galardón no existía, nunca había sido otorgado y acaso tampoco vuelva a serlo. No importaba porque los objetivos eran otros: desarrollar un Mundial 2026 en calma, complacer al más sensible y chillón de sus tres anfitriones y, dicen los malpensados, evitar reediciones del FIFA-gate con tanto negocio llevado adelante en Estados Unidos.
El Comité Nobel tuvo razón al negarle la distinción y la FIFA no al concederla: pasaron apenas días para que, tras la ceremonia del sorteo del campeonato y la entrega de la distinción, agentes federales que venían llevando a cabo una abusiva campaña contra los inmigrantes asesinaran a los ciudadanos estadounidenses Renee Nicole Good y Alex Pretti, y apenas algo más de dos meses para que Trump, tras haber realizado un acto de guerra contra Venezuela con el secuestro del dictador Nicolás Maduro, se lanzara a una sangrienta campaña de bombardeos en Irán.
Ahora, con un acuerdo de cese del fuego por 60 días en el golfo Pérsico que este lunes provocó euforia en los mercados a pesar de la incógnita enorme sobre lo que pasará tras ese lapso, el Mundial toma carrera con una multitud de tensiones inevitables cuando el principal de los países sede impone reformas reglamentarias polémicas y limitaciones migratorias inexplicables a algunos protagonistas.
Bienvenidos al Mundial de Trump.
Infantino, de 56 años y titular del organismo desde febrero de 2016, es un gran broker del negocio del fútbol y no ha tenido problemas, para maximizarlo, en tratar con dictadores como los de Rusia y Catar, organizadores de la Copa del Mundo en 2018 y 2022.
El mercado estadounidense es el nuevo gran bocado de ese negocio y, para morderlo, Infantino no ha ahorrado gestos y concesiones. El mimo al ego del premio mencionado fue el más notorio, pero hubo otros, empezando por el alquiler de una oficina en el piso 17 de la Trump Tower de Nueva York, un negocio inmobiliario para la familia presidencial que, pese al elevado costo presumible, prácticamente no se ha justificado por ningún uso.
Se conocieron en la Casa Blanca en el verano boreal de 2018, tres años después del FIFA-gate, el escándalo que descabezó a buena parte del establishment del fútbol mundial por el cobro de coimas en contratos televisivos y publicitarios, así como para la votación de sedes mundialistas. Trump transcurría su primer mandato y Estados Unidos, México y Canadá ya estaban confirmados como sedes del torneo que hoy se lleva a cabo.
La apertura en serio del mercado estadounidense requería una condición, que si no fue de Trump sí fue de las cadenas de TV locales: cambiarle el formato al juego, considerado demasiado aburrido con sus dos tiempos de 45 minutos por un público acostumbrado a deportes de tanteo permanente, corridas fulminantes y, sobre todo, cuatro cuartos con pausas intermedias comercialmente explotables, como el football y el básquet.
Con el antecedente de las altas temperaturas y las quejas de Brasil 2014, Catar 2022 y el Mundial de Clubes 2025, nació el cooling o hydration break de tres minutos. Como yapa, los entretiempos de 15 minutos y un poco más, hasta que las cadenas deciden que es suficiente.
La FIFA alega razones de bienestar de los futbolistas, pero la pausa rige no solo donde y cuando hace mucho calor, sino también en juegos que se desarrollan de noche, con temperaturas de 20 grados y en estadios que cuentan con refrigeración.
La dinámica del juego cambia por la propia interrupción y por las indicaciones correctivas de los entrenadores, el público abuchea y referentes como Jürgen Klopp, entre muchos otros, denuncian que el juego se ha convertido en "rehén de ejecutivos reunidos en oficinas con aire acondicionado", pero la razón queda expuesta.
Fox Sports, dueña de los derechos en inglés para Estados Unidos, violó la reglamentación FIFA de no exceder los dos minutos y diez segundos netos de publicidad y retomó la transmisión después de la reanudación del partido en la inauguración de México-Sudáfrica.
Además, en ese partido, el árbitro Wilton Sampaio obligó a los jugadores a quedarse esperando más de medio minuto en el campo hasta que la tele finalizara su tanda.
A modo de protesta y de sintonía con la demanda de los hinchas de siempre, la cadena Telemundo –muy fuerte entre la población latina de Estados Unidos– decidió no vender el tiempo de los hydration breakes y, en cambio, mostrarles a los espectadores qué dicen los entrenadores y qué hacen los jugadores mientras consumen las bebidas energéticas de una de las empresas patrocinantes.
Si lo anterior va por el lado de lo comercial, otros condicionantes del Mundial de Trump son eminentemente políticos. El primero es el factor migratorio.
La comunidad latina es el público más obvio del negocio del fútbol en Estados Unidos. Según un estudio de Nielsen, firma global líder en la medición y análisis de audiencias de medios de comunicación, el 38% de los habitantes hispanos de Estados Unidos se declara interesado en el Mundial, cifra que se eleva al 47% cuando se toma en cuenta a los hijos de aquellos ya nacidos en el país.
Así, más el aporte de "nuevos aficionados" vinculados a un crecimiento del juego desde la raíz –su práctica es cada vez más común entre niños y niñas, lo que ha generado incluso un modo de designar a las madres que los llevan a esas actividades, las soccer moms–, la consultora considera que hay en el país 62,5 millones de fanáticos, 10,9% más que hace apenas un lustro. No sorprende que, a diferencia de lo ocurrido en 1994, todos los estadios luzcan colmados.
Las redadas violentas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE) están frescas en la memoria, pero por ahora no se ha verificado uno de los temores más extendidos en la previa: la presencia de agentes en las inmediaciones de los estadios para pescar al voleo inmigrantes sin papeles.
El miedo no es zonzo y Trump se abstuvo de asistir a la inauguración de la Copa en territorio estadounidense, ocasión en la que la selección local bailó y goleó a Paraguay. Si el hombre fue ferozmente abucheado al aparecer en el tercer partido de las finales de la NBA entre los New York Knicks y San Antonio Spurs en el Madison Square Garden, ¿qué podía esperar en un estadio de soccer colmado en gran medida por latinos?
En su lugar acudió el secretario de Estado, Marco Rubio, hombre de origen cubano.
Infantino sonrió todo el tiempo, pero el presidente paraguayo, Santiago Peña, se fue poniendo más y más serio conforme caían los goles que terminaron por conformar un humillante cuatro a uno.
La multinacional FIFA ha convertido al fútbol en un espectáculo gentrificado: la asistencia a los torneos que organiza es cada vez más cara y el show popular queda relegado a la TV.
El costo de las entradas es relativamente accesible si se las consigue en la venta oficial: entre 60 y 300 dólares por partido en la primera fase. Si no hay suerte o el viaje se decide después de esa ventana de oportunidad, en la reventa los tickets de primera ronda no bajan de los 700 dólares y pueden trepar a 1200.
Quien reaccionó ante eso –y ante la irritación que, como lo sufrió Dilma Rousseff en 2014, suele generar en América Latina la organización de este tipo de eventos entre tantas necesidades insatisfechas– fue la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, que declinó la invitación a ver el debut de su selección en el Estadio Azteca contra Sudáfrica y, en cambio, sorteó su entrada entre mujeres aficionadas. Así, decidió festejar el 2 a 0 en un polideportivo municipal.
Otro motivo de molestia en México fue la prohibición de la FIFA para que el castellano fuera uno de los idiomas aceptados en las conferencias de prensa pospartido, cuando ese país es, justamente, uno de los organizadores.
El brasileño Vinícius Jr., el marroquí Achraf Hakimi y hasta el neerlandés Frenkie de Jong se disgustaron al escuchar cómo un empleado prohibía la realización de preguntas en español presuntamente por no haber traductores capacitados para eso.
Al final, ante la indignación de miles, la FIFA cedió y recordó que su estatuto permite que los periodistas pregunten en inglés… o en la lengua de los países organizadores.
La guerra lanzada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán no podía dejar de ser un factor en el Mundial, sobre todo cuando la República Islámica es una de las participantes.
Tras esos ataques se especuló mucho con que Irán fuera excluida o que su federación se autoexcluyera. Lo primero no pasó –reemplazar a Irán por un país no clasificado habría sido demasiado manoseo–, pero tampoco lo segundo: el régimen de los ayatolás decidió convertir el Mundial en una vidriera de la guerra.
La contienda tuvo, desde el lado occidental, varios objetivos declarados: precipitar un derrumbe del régimen, ponerle fin al programa nuclear con el que amenaza con destruir a Israel, limitar al extremo su plan misilístico y de producción de drones, y poner fin a su apoyo económico y logístico a sus proxies regionales: Hizbulá en Líbano, los hutíes de Yemen y Hamás en Gaza.
El acuerdo de prolongación del cese del fuego por 60 días no asegura nada de eso, lo que explica que el régimen, que en los bombardeos perdió a buena parte de su primera plana, empezando por el anterior líder supremo, Alí Jameneí, se declare victorioso. Por ahora, las partes sólo pactaron poner fin al bloqueo recíproco del estrecho de Ormuz, vía por la que en tiempos normales transita el 20% del petróleo mundial, pero ese hecho disruptivo para la economía internacional fue un producto de la propia guerra.
El avance hacia la paz sin el logro de aquellos resultados de máxima es lo que le reprocha el acusado de crímenes de guerra y lesa humanidad Benjamín Netanyahu, quien no quiere poner fin a sus ataques en Líbano y, con eso, amenaza la frágil tregua. "Él va a hacer lo que yo diga", garantizó su –¿ex?– amigo Trump.
¿Rebrotará ese conflicto inconcluso poco antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre, causa profundo del apuro del republicano por ponerle fin –cualquier fin– a lo que él mismo comenzó y no atinó a conseguir? Teherán podría tentarse con la posibilidad de ponerse irreductiblre e incidir para que Trump se convierta en un pato rengo con dos duros años de gestión por delante.
Mientras, la vidriera mundialista le da la herramienta propagandística que buscó. Su selección debe hacer base en Tijuana, México, y, como tiene prohibido dormir en Estados Unidos, tiene que entrar a ese país con lo justo para jugar y, de inmediato, retirarse. Así ocurrió en el parido de este lunes contra Nueva Zelanda en Los Ángeles.
Thomas Partey, una de las figuras de Ghana, no podrá jugar este miércoles contra contra Panamá en Canadá debido a que ese país no entrega visados a personas con antecedentes de violencia de género, asunto en el que el futbolista es un veterano: enfrenta siete juicios por violación y uno por agresión sexual, pero todavía no ha sido condenado, lo que fue esgrimido como queja ante Ottawa por el gobierno ghanés.
Más allá de ese caso serio, dos hechos extravagantes tuvieron como protagonistas a las autoridades migratorias estadounidenses.
En el primero, el goleador de Irak Aymen Hussein estuvo retenido siete horas en el aeropuerto de Chicago por haber sido confundido con un homónimo buscado por las autoridades.
En el segundo, el árbitro somalí Omar Artan rebotó en Migraciones a pesar de tener su visado en orden debido al pecado de tener el mismo nombre que un jefe de la milicia islamista Al Shabab.
Tras pasar 11 horas demorado y ser trasladado a una cárcel de Miami, debió volver a su país, que es parte de la lista negra de Trump de países con restricciones migratorias. De regreso, llenó un estadio y fue vivado: el colmo de un árbitro.
Infantino, titular de un ente que justifica sus acuerdos con autócratas en que la pelota no se mancha por asuntos políticos, no supo, no pudo o no quiso interceder. "No controlamos todo. No somos los reyes del mundo", dijo, dándose un baño de humildad.