19N SEGUNDA VUELTA

La rabia de Victoria Villarruel ganó por puntos; el hastío, por KO

El debate de vices fue una canción repetida. La libertaria, más certera. El peronista, en puntas de pie. Domingo de superacción.

En una jornada en la que una de las polémicas políticas más atendidas por sus dueños fue si Javier Milei ama o detesta el cuarteto cordobés, el debate de aspirantes a la vicepresidencia, un mano a mano entre Agustín Rossi y Victoria Villarruel, estuvo a la altura: la sensación que quedó es que todo ya está dicho, que somos pocos y nos conocemos y que la falta de ideas atractivas hace que la polémica gire, como ocurre desde hace meses, de modo monocorde entre la frustración de la sociedad con el gobierno panperonista y el miedo al retroceso democrático que representa la ultraderecha. Una canción repetida.

En esa puja, que va a zanjar el ballotage del domingo 19, Villarruel le ganó a Rossi, pero de un modo menos contundente que antes de la primera vuelta: solamente por puntos.

Ella estuvo más asertiva, tuvo mejor presencia y se paró, obviamente, en el lugar cómodo de quien –se supone– no tiene historia, aunque la parte que reivindica sea verdaderamente tenebrosa.

Él se mostró medido –acaso demasiado–, evitó destratar a la mujer que tenía enfrente, buscó ser propositivo y controló su temperamento. Sin embargo, pareció cansado y, por momentos, balbuceante… algo muy parecido al ciclo histórico que le toca defender y, se espera, resetear.

EL DEBATE DE AGUSTÍN ROSSI Y VICTORIA VILLARRUEL, CANDIDATOS A VICEPRESIDENTE, EN "A DOS VOCES"

Victoria Villarruel: ¿Nace una estrella?

Mucho puede reprochársele a Villarruel, a sus ideas, a su reivindicación de los crímenes de la última dictadura y a su dudosa noción de la verdad, pero cabe reconocer en ella una figura de recambio efectiva para el proyecto de ultraderecha que, sea cual sea el resultado de los comicios, se ha instalado en el país.

Articulada, aplicada en el coucheo, agresiva al filo del desborde, rinde mucho en el mano a mano.

Tuvo, desde ya, la facilidad de quien gana con el mero recurso de describir una realidad insatisfactoria, desde la economía y la inflación a la calidad de los servicios públicos, pasando por una percepción de fuerte corrupción. Sin embargo, ante semejante comodidad, se limitó a prometer que su eventual gobierno "va a bajar la inflación de un hondazo" y no se esforzó por presentar una sola propuesta.

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Además, aunque el público menos informado no lo note, negó con descaro elementos de la plataforma de La Libertad Avanza (LLA) como la virtual privatización de la salud y la educación. Simplemente, pareció no hacerse cargo de un texto que responde a las ideas de una familia de la derecha dura que no es la suya, más vinculada al militarismo y al catolicismo que al anarcocapitalismo. Es como si, al pelear en 2023, también pensara en batallas futuras y más personales.

El tono subido, muestra de unaimpostada "in-dig-na-ción", como dijo y repitió, con el legado de pobreza del gobierno de Alberto Fernández,la dejó muy cerca de una agresividad que, tal vez, no sea lo más recomendable para que Milei sume los votos "del medio" que necesita en el tramo final de una campaña extremadamente cerrada. Villarruel, también cómoda en eso, le habló al nicho propio, uno que, al revés de lo que dijo, no necesariamente representa al 63% de la sociedad que no votó a Unión por la Patria (UP), sino al 30% que lo hizo por LLA.

En lo que hace a posicionamientos, como se dijo, se impuso en el listado de las llagas del oficialismo, pero derrapó al evitar responder si aboga por la liberación de los presos por violaciones de los derechos humanos. También trastabilló con la propuesta de Milei de privatizar Vaca Muerta, cuya propiedad no es del Estado nacional sino de cuatro provincias, y al hablar de los hospitales y los salarios del personal de salud como si no fuera competencia mayormente de los estados subnacionales.

Sus ataques difamatorios a Raúl Alfonsín, su negación del cambio climático y su falta total de compromiso con la agenda de las mujeres fueron otros puntos flojos. Nada de esto, claro, le interesa a su público, pero de lo que se trata hoy es de sumar voluntades algo diferentes para llegar a la Casa Rosada o, al menos, despejar parte del espanto que genera en mucha gente lo que representa.

Agustín Rossi: en puntas de pie

El jefe de Gabinete logró controlar su temperamento explosivo, al revés que en el debate previo a la primera vuelta, lo que le generó entonces el curioso inconveniente de facilitarle la victimización como mujer a una dirigente que deplora el feminismo.

Con eso, zafó, "logro" que consolidó al hablarles a las mujeres y al electorado de sensibilidad radical y al castigar la idea paleolibertaria de que se puede poner en el freezer la relación con los gobiernos "comunistas" de Brasil y China. Se apegó en eso al libreto de Sergio Massa.

Su apacibilidad dejó sobre el atril de Villarruel el fantasma de la tendencia a la violencia, aunque acaso de manera exagerada. Como ejemplos de esto, no respondió ni una vez la reiterada mención al "asesinato de (Alberto) Nisman", no explotó debidamente el carácter hiperinflacionario de la dolarización que promete Milei –algo que, como propuesta individual, mide mal en las encuestas–, no mencionó el costo de vida que implicaría la quita total de subsidios y no supo refutar la falacia de que LLA no aboga por la privatización de la salud y la educación.

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Es más, ajeno a la entrevista que el candidato presidencial anarcocapitalista le había brindado horas antes a Jaime Bayly, dejó pasar la oportunidad de resaltar elementos como el deleite del ultraderechista por la prevista quiebra "de los empresarios que no puedan competir", una nueva metáfora florida sobre la homosexualidad y la denuncia falsa sobre un fraude electoral, amenaza y acaso promesa de violencia para la noche del 19N.

En ese sentido, él sí habló para un público externo al nicho peronista, pero con poca convicción y sin la pericia para mantener el rumbo de una campaña nacional que busca explotar el miedo al salto al vacío que representa una oposición tan singular.

Si Rossi se apegó al libreto mejor que en el debate precedente, no dejó de mostrar falencias de preparación. La más insólita fue su desconocimiento del reglamento, que establecía en cada área temática cuatro minutos finales para un intercambio libre, momentos en los que se callaba largamente ante los embates de Villarruel, a la espera de que los moderadores pusieran orden e hicieran respetar turnos que no existían. Recién a las 22:39, Marcelo Bonelli le explicó que ese formato era el previsto y que los periodistas no debían intervenir en ese tramo. "Increíble" es decir poco cuando hay tanto en juego.

Domingo de superacción

Massa y Milei debatirán el domingo, con un formato a la brasileña, sin apuntes, moviéndose y encarándose. Será toda una prueba, sobre todo para el paleolibertario, tan tendiente a los estallidos emocionales y al uso de latiguillos que, o sea, digamos, lucen mal en un mano a mano de este tipo.

Milei tendrá a favor, otra vez, la crítica a la economía de la que es responsable el ministro-candidato; Massa, el carácter de su rival y su mejor preparación y conocimiento de otros temas.

¿Habrá esa noche espacio para otra sorpresa? Todo parece jugado, pero esta campaña es una permanente caja de Pandora.

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