Con una mirada atravesada por sus vivencias en Mar del Plata, ciudad donde reside, el dirigente radical cuestiona la concentración de decisiones en La Plata, la debilidad de los municipios y las dificultades del Estado provincial para responder a las necesidades de territorios con realidades económicas, sociales y productivas muy diferentes.
La obra reúne aportes de especialistas en salud, educación, seguridad, cultura, desarrollo agropecuario, urbanización, acceso a la información y federalismo. Más allá de sus distintas trayectorias, los autores coinciden en un problema central: la falta de descentralización limita la capacidad de gestión local e impide extender políticas públicas que ya demostraron resultados.
En esta entrevista con Letra P, el dirigente con butaca en el Congreso explica por qué eligió interpelar a la dirigencia con el dilema de “crecer o no crecer”, analiza las asimetrías que afectan a General Pueyrredón y sostiene que la provincia necesita un nuevo acuerdo entre ciudadanos, instituciones y liderazgos para superar la resignación.
Los problemas de Buenos Aires
—¿Por qué eligió exponer el dilema “crecer o no crecer” en vez de plantear directamente un diagnóstico de los problemas de la provincia?
—Porque el diagnóstico ya lo hicimos todos, mil veces. Lo que falta es asumir que hay una decisión de fondo pendiente. La provincia arrastra años de un Estado debilitado, desarticulado, que llega tarde o no llega. Eso no es un accidente, es un modo de gestionar. La pregunta no es “qué está mal”, sino si estamos dispuestos a crecer de verdad o vamos a seguir administrando la decadencia. Ese es el dilema que quise poner en la tapa.
—Usted vive en Mar del Plata: ¿cuánto de esa experiencia personal entró en la construcción del libro?
—Todo. Yo empecé a entender el problema en Ranchos, de chico, cuando el Estado era una idea abstracta que decidía en La Plata mientras nosotros esperábamos. Mar del Plata, donde viví toda mi vida, me enseñó la otra cara, la más incómoda: que ni siquiera una ciudad con una identidad tan fuerte, con una Universidad Nacional enorme, con millones de visitantes cada verano, escapa a esa lejanía. Acá la salud, la seguridad, la educación, dependen de decisiones que se toman lejos del que las necesita. Mar del Plata tiene todo para ser una ciudad extraordinaria —y en muchos sentidos lo es— pero convive con el mismo problema estructural que el interior más postergado. Esa paradoja marplatense está en el corazón del libro, aunque no se nombre en cada página.
El formato del libro
—¿Por qué eligió el formato compilación para el libro?
—Porque quería demostrar que hay coincidencias posibles más allá de las diferencias. Convoqué a especialistas de trayectorias muy distintas —Adolfo Rubinstein en salud, Guillermina Tiramonti en educación, Alejandro Salomón en seguridad, Ivo Ordóñez en desarrollo agropecuario, Inés Sanguinetti en políticas culturales, Agustín Campero y Sebastián Welisiejko en urbanización, Karina Banfi en acceso a la información, Andrés Malamud y Alejandra Malamud en federalismo— y les hice la misma pregunta a todos: ¿qué harías si pudieras, sin el freno del presupuesto de turno, sin el límite partidario?
—¿Qué surgió de eso?
—Fue sorprendente: todos, desde su disciplina, describen el mismo síndrome. Un Estado que no descentraliza, que no confía en sus municipios, que reproduce hacia abajo un claro destrato.
El caso Mar del Plata
—¿El capítulo de Welisiejko que habla de “urbanización o barbarie” es traspolable al caso marplatense?
—Sin dudas. Welisiejko describe cómo el desorden territorial bonaerense no es solo un problema del conurbano: es un patrón que se repite en cualquier ciudad que crece sin planificación ni autonomía real para decidir su propio desarrollo. Mar del Plata conoce bien esa tensión: una ciudad que explota en enero y se vacía en julio, que necesita infraestructura pensada a largo plazo y no parches de temporada, y que muchas veces ve cómo las decisiones urbanas se toman en función de una lógica provincial que no entiende sus tiempos ni su escala. Ese capítulo, aunque hable en términos generales, describe también nuestra realidad local.
—¿Y en el capítulo de Andres y Alejandra Malamud, sobre federalismo, dónde entra General Pueyrredón?
—Ahí está uno de los datos que más repito: la provincia concentra cerca del 38% de la población del país y casi el 40% del PBI, y sin embargo recibe una fracción de los recursos que le corresponden por su escala. Ellos lo resumen con una frase perfecta: la provincia es demasiado grande para la Argentina, pero demasiado débil para imponer sus intereses. Y esa debilidad se multiplica cuando baja a los municipios. Mar del Plata, con su peso turístico, productivo y universitario, es un ejemplo clarísimo de esa asimetría: aporta muchísimo y le atan las manos al momento de actuar.
—Usted habla de “resignación” como el gran enemigo. ¿De dónde viene esa idea?
—De escuchar, en el Senado de la Nación, en los medios, en la calle, siempre la misma frase: “La provincia no tiene solución”, “es muy grande”, “siempre fue así”. Esa resignación es peligrosa porque es el terreno fértil del populismo fácil, de la idea de que hace falta un salvador en lugar de instituciones que funcionen. El libro es, en el fondo, una apuesta contra esa resignación. Y elegí no quedarme en la queja: llamé a gente que piensa, que tiene propuestas concretas y les pedí que escribieran lo que harían si pudieran.
—¿Qué encontraron esos especialistas que a usted lo sorprendió?
—Que hay experiencias de buena gestión municipal en distintos puntos de la provincia, en educación, salud, desarrollo productivo. El problema nunca fue la ausencia de soluciones. El problema es que no logramos escalarlas.
—¿Qué significa ese “nuevo contrato social” del que habla?
—Significa un acuerdo básico entre ciudadanos, instituciones y liderazgos sobre qué provincia queremos ser, con qué pasos y en qué dirección. No es fe ciega: es mirar lo que ya se probó y tiene evidencia. Rubinstein lo plantea para la salud, Tiramonti para la educación, Sanguinetti para la cultura. En cada área hay un capítulo que no se queda en el diagnóstico, sino que propone un camino de gestión concreto. Ese es el espíritu: pasar de administrar la decadencia a construir un piso común.
—¿Para quién escribió este libro?
—Para el pibe de Mar del Plata o de cualquier ciudad de la provincia que cree que las cosas no pueden cambiar. Para el intendente del interior que se cansa de pedir y no recibir. Para el médico de hospital público que sigue ahí a pesar de todo. Este libro es para decirles que no están solos, que hay gente pensando en serio cómo cambiar esto, y que vale la pena seguir empujando. La provincia puede más. No está condenada.