En el intento de legitimar los eventuales nombramientos por decreto de dos jueces de la Corte Suprema, Javier Milei invoca decisiones que tomaron cinco de sus antecesores en la segunda mitad del siglo XIX y en los albores del XX.
Javier Milei se cuelga de los Mitre y los Avellaneda para pasar por encima del Congreso. ¿Qué país gobernaban? Dinosaurios jurídicos, azotes y votos cantados.
En el intento de legitimar los eventuales nombramientos por decreto de dos jueces de la Corte Suprema, Javier Milei invoca decisiones que tomaron cinco de sus antecesores en la segunda mitad del siglo XIX y en los albores del XX.
Como precisó Pablo Lapuente, el Presidente viaja hasta 161 años hacia el pasado en busca de precedentes de la designación de magistrados del máximo tribunal a sola firma, pasando por encima del Senado, la institución que, como manda la Constitución, debe prestar acuerdo a disposiciones de semejante relevancia.
Los presidentes invocados por la Casa Rosada para amenazar con ignorar la Constitución si el nido de ratas se le para de manos gobernaron un país en formación, con instituciones recién nacidas que daban sus primeros pasos a los tumbos en una sociedad regida por códigos políticos y morales que nada tienen que ver con los que guían hoy la vida en comunidad.
Algunos apuntes que permiten notar los océanos que separan a la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX con la de la tercera década del XXI.
Usted, que lee estas líneas, piense:
¿Qué haría con un tipo de 40 años que un domingo a la tarde se presentara en su casa para pedirle la mano de su hija de 16?
¿Qué pensaría de una mujer que entrara a la panadería vestida con falda hasta los pies, corsé y miriñaque?
¿Cómo le fue a Lilia Lemoine, hoy diputada que orbita cerca del triángulo de hierro del Gobierno, cuando cantó su voto en las elecciones generales de 2023?
¿Qué opinaría usted de un presidente que intentase prohibirles votar a las mujeres?
Sin ir tan lejos, ¿qué le parecería que propusiese derogar la ley de divorcio vincular o la de matrimonio igualitario?
Suele ocurrir que las legislaciones sobrevivan a las sociedades. Leyes que expresan los cánones políticos, sociales y morales de la época en que son sancionadas trascienden esos tiempos y permanecen ahí, mientras las sociedades que las alumbraron evolucionan, vigentes pero muertas. Rigen, pero no por eso es razonable observar su cumplimiento.
En 2011, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner presentó el Digesto Jurídico Argentino, el resultado de la depuración de un plexo de leyes nacionales que era un mamotreto invertebrado de más de 32 mil normas; una enredadera que escondía unos dinosaurios jurídicos que habían muerto hacía decenas de años.
En ese momento, en la Argentina que empezaba a transitar la segunda década del siglo XXI, estaba vigente el decreto que ordenaba los fusilamientos de junio de 1956, estaba prohibido el Partido Comunista y regía una ley de 1894 que penaba a los funcionarios que azotaban gente, por citar apenas tres casos.
Para justificarse en la eventualidad de tener que apelar a la lapicera presidencial para designar en la Corte a Manuel García-Mansilla y a quien elija en lugar de Ariel Lijo –como informó Mauricio Cantando, el juez federal no aceptará ser nombrado por decreto-, el Gobierno se cuelga también del saco de su enemigo íntimo.
Días después de asumir la presidencia, el líder del PRO decretó la incorporación al máximo tribunal de Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti, pero ardió Troya y los elegidos debieron esperar, para ocupar sus despachos, que el Senado les diera el OK para ajustar el procedimiento a lo que manda la Constitución.
Ya en diciembre de 2015, la práctica de los Mitre, los Avellaneda, los Juárez Celman, los Pellergini y los Figueroa Alcorta era un dinosaurio muerto al que Milei intenta hacerle RCP en el fragor de la batalla que libra con el Congreso, una piedra –piedrita- en el zapato de su revolución liberal.