Una noche que duró varios días
El “generar interés entre los pibes” es una preocupación que también marca Martina. No niega que a una parte de la juventud con la que comparte pasillos y aulas secundarias “le cuesta entender por qué es importante saber y recordar algo que ocurrió hace tanto tiempo”. ¿Para qué sirve, entonces? “Para entender nuestro presente, para entendernos en el marco de un colectivo, para salir del individualismo”, responde.
La Noche de los Lápices no fue exactamente una noche. Tampoco fueron diez adolescentes secuestrados al mismo tiempo por reclamar un boleto estudiantil, como quedó fijado durante años en una de las versiones más difundidas de la historia. Lo que sucedió en La Plata en septiembre de 1976 fue una secuencia de secuestros dirigida contra jóvenes que participaban de la militancia política y estudiantil, en su mayoría integrantes de la UES. Diez de esos nombres quedaron unidos para siempre bajo una denominación que se convirtió en uno de los emblemas del terrorismo de Estado. Seis permanecen desaparecidos. Cuatro sobrevivieron.
La madrugada del 16 de septiembre de 1976, grupos de tareas de la Policía bonaerense irrumpieron en distintos domicilios de la ciudad capital. En un par de horas, diferentes patotas de la red represiva que comandaba el entonces general Ramón Camps y regenteaba su perro de caza, Miguel Osvaldo Etchecolatz, jefe de investigaciones de esa fuerza, irrumpieron donde dormían María Claudia Falcone y María Clara Ciocchini; Francisco López Muntaner, Claudio de Acha, Horacio Ungaro y Daniel Racero. Los arrancaron de sus descansos y con violencia –de los pelos, a los empujones, repartiendo golpes– se los llevaron. Tenían entre 16 y 18 años.
Pero la persecución había comenzado antes de aquella madrugada y continuó después.
Gustavo Calotti había sido secuestrado el 8 de septiembre. Tenía 18 años y era cadete de la Bonaerense cuando lo fueron a buscar. Había estudiado en el Colegio Nacional.
Al día siguiente del operativo principal, el 17, fueron secuestradas Emilce Moler y Patricia Miranda, ambas de 17 años. Estudiaban en el Bellas Artes.
El 21 fue detenido Pablo Díaz. Había hecho el secundario en “La legión”.
Todos fueron mantenidos cautivos en diferentes centros clandestinos del Circuito Camps, como se conoció al entramado de campos de concentración de Camps y Etchecolatz: primero el Destacamento de Arana, luego el Pozo de Banfield, el Pozo de Quilmes, la comisaría de Valentín Alsina, en Lanús. Allí fueron interrogados y torturados. Vivieron en condiciones infrahumanas.
Calotti, Moler, Miranda y Díaz sobrevivieron, contaron en cuanto espacio pudieron lo que ocurrió aquel septiembre y ayudaron a mantener en la visibilidad de la memoria las caras y las historias de Falcone, López Muntaner, Ungaro, De Acha, Racero y Ciocchini, quienes continúan desaparecidos, 50 años después.
Haciendo a un lado las condiciones materiales en las que sucedieron, la militancia de ellos no es muy diferente de la que intentan construir Martina, Catalina y compañía. “Tratamos de estar atentos a que todos estén bien en los colegios donde militamos y desde ahí salimos a trabajar y militar afuera, en los barrios”, cuenta Catalina, que recuerda que “los primeros pasos en la militancia te sentís convocado, empezás a participar de una actividad, de una marcha, de una asamblea y pasa el tiempo y terminás organizando vos las actividades y convocando a los demás. El objetivo es que siempre seamos más”, asegura.
Por eso, la tarea en torno de La Noche de los Lápices no radica “solamente en recordarlos como víctimas, sino en tomar sus banderas y las razones de su militancia para que nosotros, los pibes de hoy, entendamos la importancia de organizarnos de manera colectiva”, aporta Martina.
Más que un boleto
Durante 1975, los estudiantes secundarios de La Plata trabajaron y protagonizaron una campaña para conseguir una tarifa reducida en el transporte público. Varios de quienes después serían víctimas de La Noche de los Lápices participaron de la histórica movilización con la que llevaron ese reclamo a la puerta del Ministerio de Obras Públicas. Hacia allí mismo se dirigirán este miércoles los estudiantes en la manifestación a 50 años de los secuestros. Aquella lucha acabó por convertirse en símbolo de los operativos represivos contra los jóvenes secundarios y, durante años, sirvió de argumento para explicar la cacería. Pero todo fue más complejo.
Ni los adolecentes secuestrados, torturados y en su mayoría asesinados y desaparecidos de la Noche de los Lápices eran un grupo de estudiantes que sólo reclamaron por un boleto de colectivo más barato ni los diez cazados en este operativo fueron los únicos jóvenes perseguidos por los genocidas de la última dictadura.
Cincuenta años después, los pibes siguen marchando.
Eran jóvenes politizados en una sociedad intensamente politizada. La mayoría estaba vinculada a la UES, que en esos años formaba parte del espacio del peronismo revolucionario y estaba vinculada políticamente a Montoneros. Los seis jóvenes que continúan desaparecidos militaban en la UES. También militaba allí Moler, una de las sobrevivientes.
Díaz, en cambio, integraba al momento de su secuestro la Juventud Guevarista, vinculada al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), igual que Calotti. Miranda no tenía militancia política.
En el marco de su militancia, estos jóvenes participaban de los centros de estudiantes de los colegios a los que asistían. Discutían política y se movilizaban por reivindicaciones educativas, pero también contra la dictadura, por la libertad de los presos políticos y por transformaciones sociales mucho más amplias. Imaginaban un futuro y activaban con otros para lograr construirlo.
Moler, una de las sobrevivientes, fue particularmente insistente con esa diferencia no solo en entrevistas a la prensa sino también en sus testimonios judiciales. En los interrogatorios que sufrió durante su cautiverio, explicó años más tarde, nadie le preguntó por el boleto estudiantil. Para 1976, aquel reclamo había quedado atrás. Poco antes de su secuestro había participado, en cambio, de acciones relámpago contra la dictadura, como pegatina de carteles y reparto de volantes.
Allí Catalina encuentra otro punto de conexión “entre militancias”: “Los chicos de la Noche de los Lápices no peleaban simplemente por una rebaja en el boleto, por un beneficio para ellos. Tenían un proyecto de país, querían que la patria fuera justa para todos. Lo mismo queremos nosotros hoy”.
La juventud como blanco
Aquel septiembre, la represión contra los chicos platenses tampoco fue una excepción. Las escuelas formaron parte de los territorios sobre los que avanzó el dispositivo represivo. Fueron prohibidos o intervenidos los centros de estudiantes, se restringió la participación política y se persiguió a docentes y alumnos. Sin ir más lejos, Ciocchini llegó a La Plata desde Bahía Blanca, perseguida por su militancia secundaria. La dictadura identificaba la organización juvenil como uno de los blancos a atacar. El terror ayudaba a disciplinar para impedir brotes de resistencia. Los pibes fueron uno de los blancos del plan sistemático de secuestro, tortura y exterminio.
La Noche de los Lápices condensó esa persecución en diez historias, pero no la agotó. Si bien las cifras siempre son incompletas debido principalmente al carácter clandestino de la represión que desplegó la última dictadura y a la negativa que sostienen los responsables que aún viven respecto de aportar datos sobre los detenidos-desaparecidos, surge del Nunca Más que al menos un tercio de las víctimas del terrorismo de Estado eran menores de 18 años.
Cincuenta años después, los pibes siguen marchando.
La Justicia terminó probando décadas después que aquellos secuestros no fueron excesos ni hechos aislados. Los casos de la Noche de los Lápices fueron juzgados en los juicios que se llevaron a cabo por Circuito Camps y por los crímenes de lesa humanidad que tuvieron al Pozo de Banfield y al Pozo de Quilmes como escenarios. Por ellos, decenas de represores fueron condenados, Etchecolatz inclusive.
“Apostaban a lo colectivo y eso es algo que hoy, en el marco de este gobierno, a nosotros nos resuena mucho”, insiste Martina. ¿En qué sentido? “En que luchamos contra el individualismo que llevó a Javier Milei a la presidencia con la empatía como bandera. Queremos que a nuestros compañeros les interese lo que le pasa al de al lado”, completa Catalina.