En un tiempo menos surrealista, sería lícito sospechar que las imágenes que circulaban mientras se escribían estas línea eran obra de la mano invisible de la inteligencia artificial. No. Lo que se vio en el paso del Presidente hacia los palcos de la Cámara de Diputados es pura realidad, la nueva normalidad en la Argentina dislocada de Javier Milei.
Lógicamente -la lógica, ese orden roto en la dimensión descosida libertaria-, la noticia de ese momento álgido de la jornada de alta tensión que protagonizaba Manuel Adorni fueron los insultos del jefe del Estado a los periodistas que lo esperaban frente a la sala de prensa.
"Presidente, ¿por qué sostiene a Adorni?", le peguntó un cronista. Silencio. "¿Es corrupto?", intentó otro, que consiguió la reacción del mandatario. "¡Corruptos son ustedes!", les gritó, consideración que, acaso porque haya sentido que la idea no había quedado clara o que no había odiado lo suficiente, completó a la salida con otro grito, esta vez expelido con mayor énfasis -con la voz que usa para para cantar grandes éxitos de La Renga-: "¡Chorros!".
Hasta acá, nada que no pudiera esperarse de cualquier persona que ejerza la primera magistratura, por mandato popular, en una democracia representativa. O sea: lo más normal del mundo.
El gabinete buena onda de Javier Milei
Lo disruptivo llegó después, pero en la misma secuencia: en los videos, que se hacían virales por la pulsión destituyente de los corruptos y los chorros ensobrados, inmediatamente después de que el Presidente insultara a los gritos a los periodistas -una postal de lo más común en las democracias liberales occidentales-, entra en escena, escoltando al mandatario alzado en su furia verbal, un gabinete buena onda que reparte saludos y sonrisas a los corruptos chorros ensobrados. Como si tal cosa.
Allí se ve al ministro del Interior, Diego Santilli, ofreciendo al enjambre de escorias -colegas de la orga que el Gobierno echó de la Casa Rosada para evitar que siguiera haciendo espionaje en escaleras y pasillos de la sede gubernamental- su sonirsa amplia y su mano izquierda en alto, de la que emerge un pulgar arriba en señal de "todo piola".
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Diego Santilli. Saludo 1 a los periodistas corruptos que odia Javier Milei.
Pasa, también, la senadora exministra de Seguridad, Patricia Bullrich, con mismo lenguaje corporal: sonrisa y pulgar arriba.
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Patricia Bullrich. Saludo 2 a los periodistas corruptos que odia Javier Milei.
A su lado viene la titular de la cartera de Capital Humano, Sandra Pettovello, que a la sonrisa franca y un saludo con manito que se mueve de un lado al otro le agrega un encantador "¡hola, chicos!".
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Sandra Pettovello. Saludo 3 a los periodistas corruptos que odia Javier Milei.
Menos histriónico, el subsecretario de Gestión Institucional, Lule Menem, también sonríe y saluda.
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Lule Menem. Saludo 4 a los periodistas corruptos que odia Javier Milei.
Debe haber algo de estrategia en esta aparente desconexión entre Milei y sus colaboradores. Si no, habrá que llegar a la conclusión, decepcionante, de que las principales espadas del Presidente no odian lo suficiente a los periodistas.