Se cumplen 50 años del golpe cívico militar que derrocó al gobierno constitucional e inauguró uno de los períodos más dolorosos de la historia Argentina. A la violencia sobre miles de compatriotas —militantes, trabajadores, sacerdotes— se sumó otra masacre menos visible pero igual de profunda: la destrucción del aparato productivo, en beneficio de la especulación financiera y en detrimento del trabajo.
Fue así que el 2 de abril de 1976 Alfredo Martínez de Hoz anunciaba su plan económico, proponiendo sin vergüenza que si el país no podía producir acero, bien podría fabricar caramelos. Esa mirada, que desprecia la producción y subordina el trabajo a la especulación, adquiere una resonancia particular en Tierra del Fuego y en Río Grande, donde la industria, el arraigo y el empleo forman parte central de nuestra identidad y de nuestro proyecto de comunidad. Llegaron tiempos de vida amarga y plata dulce: la rapiña de las finanzas sobre la dignidad del trabajo, sostenida por la violencia de los centros clandestinos de detención como condición para imponer un nuevo modelo social.
El deterioro del consenso democrático
La recuperación democrática encontró a los argentinos unidos en una convicción: ese tiempo no debía repetirse nunca más. Ese consenso —Memoria, Verdad y Justicia— no fue un eslogan ni un acuerdo superficial, sino una construcción colectiva que permitió juzgar a los responsables, fortalecer las instituciones y consolidar una democracia con capacidad de mirar su propia historia. Ese consenso se expresó en decisiones concretas: la Conadep, el Juicio a las Juntas, la anulación de las leyes de impunidad y la reapertura de causas. Gracias a ese recorrido, la democracia argentina fue capaz de nombrar el terrorismo de Estado y construir una base común para la convivencia.
Sin embargo, algo hemos hecho mal. Porque este 24 de marzo nos encuentra atravesados por una violencia discursiva tan peligrosa como persistente, al mismo tiempo que vemos cómo un plan económico vuelve a poner en tensión el valor de la producción, la industria y el trabajo de miles de argentinos y argentinas.
A medio siglo del golpe, resulta imprescindible advertir sobre el deterioro del consenso democrático y el impacto de la orientación económica actual en la producción y el trabajo.
Como un eco del pasado, Martínez de Hoz parece hablarnos a través de voces actuales, Sturzenegger, Caputo y hasta el mismo presidente, que invitan a abandonar la producción y el trabajo calificado para resignarnos a formas más precarias de subsistencia. No caeré en la simplificación de llamar dictadura a un gobierno surgido del voto popular. Pero sí puedo afirmar que su orientación económica, su nivel de confrontación y su violencia discursiva retoman herramientas propias de los peores momentos de nuestra historia.
Tierra del Fuego y la vuelta de la democracia
Para nosotros, los fueguinos, la democracia también significó consolidar nuestra condición de provincia y el reconocimiento de nuestra importancia estratégica, junto con la reafirmación de nuestra soberanía sobre Malvinas, las islas del Atlántico Sur y la Antártida. Podríamos decir que el “Nunca Más” y la defensa de esa soberanía han sido dos grandes puntos de encuentro de los argentinos.
Sin embargo, hoy enfrentamos un escenario en el que esos consensos parecen erosionarse. Se debilita el valor del “Nunca Más” y se relativiza la importancia de una Argentina integrada, productiva y soberana. En este contexto, cobran vigencia las advertencias del papa Francisco sobre la necesidad de una economía al servicio del trabajo y la dignidad, y los riesgos de una lógica financiera basada en la especulación y la concentración de la riqueza.
El valor de la memoria
Desde Tierra del Fuego, y especialmente desde Río Grande, creemos que la memoria no es un ejercicio del pasado, sino una herramienta para pensar el presente y construir el futuro. Somos parte de una provincia que se desarrolló al calor de políticas de Estado que apostaron por el arraigo, la industria y el trabajo, y entendemos que no hay proyecto posible si esos valores se debilitan.
Por eso, el 24 de marzo no puede ser solo una fecha de evocación. Es también una interpelación sobre qué democracia queremos construir. Si en el “Nunca Más” supimos ponernos de acuerdo en lo que no queríamos, hoy debemos encontrar los consensos sobre lo que sí queremos: una Argentina productiva, con trabajo, con desarrollo y con una convivencia democrática basada en el respeto.
A 50 años del golpe, el Nunca Más exige traducirse en acciones concretas desde cada lugar de responsabilidad para sostener ese consenso en el presente.
La Argentina tiene la responsabilidad de no retroceder. El interés común, el trabajo y la construcción de una comunidad organizada deben ser el camino para una Patria con lugar para todos y sin exclusiones.