TRIBUNA LETRA P

Reforma laboral: borrar la memoria para ajustar derechos

Entre el proyecto impulsado por Javier Milei y la presión del FMI, el debate laboral se desliga del pasado reciente y habilita un retroceso histórico.

Hablar de reforma laboral en la Argentina exige, antes que nada, un ejercicio de memoria. Porque no se parte de un abstracto: desde el lanzamiento del Plan Nacional de Regularización del Trabajo (PNRT) en 2003, el Estado volvió a ocupar un lugar central en la defensa de los derechos laborales que había desarticulado, deliberadamente el proceso neoliberal.

Este proceso histórico impulsado por Néstor Kirchner primero y continuado por Cristina Fernández de Kirchner más tarde, se inscribió en un modelo económico y social que se propuso objetivamente recuperar el empleo privado registrado y que en consecuencia, redujo drásticamente el desempleo. A la par, reactivó el diálogo social tripartito, entre el Estado, los trabajadores y los empleadores; amplió derechos para los trabajadores históricamente postergados -como los trabajadores rurales y las trabajadoras de casas particulares- recuperó una concepción central: el trabajo como organizador de la vida social. Trabajo con derechos, salario digno y, durante esos años, un salario real que fue, medido en dólares, uno de los más altos de la región.

Entonces ¿qué debatimos cuando estamos resistiendo? Si el kirchnerismo —el peronismo de Néstor y Cristina, para quienes sienten vértigo frente a la historia— no esquivó el debate en materia laboral. Muy por el contrario: fue un debate ejercido desde la acción y desde la palabra, abierto, conflictivo muchas veces y perfectible otras tantas, pero siempre con un norte claro: la ampliación de derechos.

Reforma laboral: el peso del pasado

Sin embargo, algo parece haberse roto en la forma de leer el tiempo político. Como niños —muy niños—, una parte del debate público parece haber perdido el peso del pasado. Solo existe el ahora. La memoria ya no opera como herramienta de análisis, sino apenas como un reservorio fragmentado de recuerdos útiles para el impacto inmediato: lo que se viraliza, lo que el algoritmo premia, lo que encaja en la lógica de la inmediatez.

Por eso, frente al ruido de fondo que busca disimular el carácter regresivo del proyecto de Javier Milei, es necesario ir al hueso. Como lo hizo el Partido Justicialista Nacional, que encabeza CFK, en noviembre de 2025, en el comunicado “Sí al trabajo, no a la precarización laboral del FMI”, donde se remarcó que esta reforma laboral nace en Washington y forma parte del pliego de exigencias del Fondo Monetario Internacional. Y como lo vienen señalando en estos días los compañeros y compañeras de la Confederación de Sindicatos Industriales de la República Argentina (CSIRA), a través de una campaña clara y sin muchas vueltas:

1. ¿Sabías qué te pueden pagar el sueldo con fideos? Con la reforma laboral tu empleador puede pagarte el sueldo en especies.

2. ¿Descansar en verano? Solo cada tres años. Con la reforma laboral tu jefe fracciona tus vacaciones como quiere y decide cuándo te las tomas.

3. Trabajas más, te pagan lo mismo. Con la reforma laboral trabajas 12 horas y no te pagan lo mismo.

4. Rajarte les conviene. Con la reforma laboral si te despiden cobras menos, en cuotas y sin preaviso.

El modelo del timbeo

Mientras tanto, ocurren al menos dos cosas profundamente preocupantes. Por un lado, dirigentes que abandonan la defensa de los derechos laborales o que están dispuestos a entregarlos en negociaciones de falso equilibrio entre “lo mío” y “lo de los demás” donde, como siempre, termina perdiendo la mayoría.

Como consecuencia, se avanza en la construcción de un modelo económico y social que habilita el timbeo de la plata de los jubilados para financiar despidos, rompe el esquema de solidaridad que se restableció en el sistema previsional argentino tras la recuperación de las AFJP y empuja un retroceso histórico en la lucha por el tiempo y por el salario. Un modelo que desconoce —o desprecia— que lo que está en juego es la salud integral, el bienestar y la felicidad del Pueblo.

Ese camino abre paso a un Estado chico y selectivo, donde pesan más los intereses de Marcos Galperin que los de una empresa textil; donde duele más el llanto de Paolo Rocca que el de los trabajadores organizados de las plataformas. No es un Estado liberal: es un Estado para pocos. No es un modelo económico productivo: es un modelo especulativo. Y no es una reforma laboral: es un modelo de precarización, en la que las trabajadoras y los trabajadores argentinos perderán, junto con el mejor salario en dólares de la región, el tiempo para sus familias, el ocio y la salud.

Y muchos dirigentes perderán, junto con la memoria, el amor y el respeto de su Pueblo.

La CTA Autónoma, en contra de la reforma laboral.
La reforma laboral de Javier Milei

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