OPINIÓN

La ideología del empleado medio

El ajuste de Milei se nutre de la corriente antipopulista consolidada por Cambiemos.

En diciembre de 2017, quien fuera presidente del Banco Nación, imputado luego por otorgar un préstamo fraudulento a la empresa Vicentin S.A.I.C. en un caso por demás conocido, Javier González Fraga lanzó a la faz pública su concepción del “empleado medio” quien, según sus palabras, creyó equivocadamente “que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Desde esta perspectiva antipopulista, el hiperconsumo causa en las mentes de los ciudadanos de ingresos medios una subjetividad fantástica, como el espejismo de un oasis en pleno desierto. Contra ese espejismo o fantasía populista, el macrismo interpuso una serie de medidas que, en vez de corregir esa supuesta miopía inducida, produjo una redistribución regresiva cuyos antecedentes se remontan a las políticas económicas de José Alfredo Martínez de Hoz.

Hoy, la concepción de González Fraga vuelve a estar a la orden del día. Como una suerte de grado inferior del histórico medio pelo analizado por Jauretche o, mejor aún, como un mediopelismo plebeyo visto con los anteojos del aspirante a aristócrata (ese verdadero medio pelo de la burguesía argentina), el “empleado medio” debe entender, por fin, que sus consumos, si no suntuosos, ilusorios y, ciertamente, excesivos, deben ceder ante la elocuencia de los números. Los números hablan por sí solos –dicen– y el gobierno, convertido en lenguaraz de esa arcana numerología, traduce chabacanamente su significado: no hay plata. Para reforzar la sentencia, el vocero oficial comunica que el gobierno escatimó gastos en café y fotocopias. Significativo ahorro, una boutade de la que nadie se escandaliza (ni se ríe) porque la “droga del antikirchnerismo rabioso” (como definió el adicto recuperado Pablo Avelluto la idea bullrichista del todo o nada) se sigue distribuyendo, incluso mejorando.

La concepción del empleado medio es simple: no se puede consumir tanto –el “tanto” es una unidad de medida que empieza en la oficina de Federico Sturzenegger y termina en algún fideicomiso macrista de Panamá o Bahamas–, lo que se pagaba era ficticio, todo en realidad vale el doble, el tripe y hasta el cuádruple de lo que estábamos habituados a pagar. Esa desproporción del consumo produce, según esta psicología de financista cebado, malgasto y, lo peor de todo, malversación de la escala social: Miami en lugar de Carlos Paz, Praga en lugar de Bariloche, las playas de Brasil en lugar de Mar de Ajó o La Lucila. Cada quien en su lugar: para unos, auto, para otros la bici; para unos, remera sin mangas en pleno invierno, para otros pulóveres y estufa en piloto. ¿Se entiende?

En el despilfarro de argumentos destinados a hundirse en la ciénaga del ninguneo premeditado en el que se ha convertido el plenario de la Comisión Bicameral constituida para tratar la Ley Ómnibus, los argumentos oficialistas exhibieron en estos últimos días la misma lógica. Toda la desregulación para los empresarios, todo el ajuste o el recorte para los usuarios. (Tan alevoso resulta el planteo, que hasta Margarita Stolbizer puede pasar por Rosa Luxemburgo). José Luis Espert, presidente de esa comisión escandalosamente seleccionado, insiste con que se trata de una sesión no de debate, sino de preguntas y respuestas. Los diputados de la oposición –o sea: la izquierda y el bloque de Unión por la Patria: el radicalismo firmó su certificado irreversible de defunción el 19 de noviembre pasado–, a sabiendas del engañapichanga, no arrían banderas y, por el contrario, no dejan nada sin decir. (¿Habrá alguien que escuche, habrá algo que esos discursos encendidos trastoquen?). Hugo Yasky, por ejemplo, se destacó con un discurso que citaba a Sarmiento (oportuna evocación del autor del Facundo y de Educación popular y en algún tiempo acérrimo contrincante de su par liberal Juan Bautista Alberdi) y a Manuel Láinez, el fundador de El Diario, cuya actuación como legislador lo llevó a nacionalizar los recursos educativos, para concluir con el descalabro de la ley de educación de 1993 con la que se transfirieron los recursos nacionales a las provincias (verdadera razón de la debacle educativa) y sostener, hacia el final de su alocución, que de imponer el oficialismo esa mega-ley el triunfo sería pírrico pues la sociedad no permitiría semejante descalabro (ver Plenario de comisiones). (La ley, además, está pésimamente redactada. Adolece de incontinencia. Para muestra, un botón: el inciso “a” del artículo segundo, “Principios y propósitos”, sostiene: “Los habitantes de la Nación tienen derecho a ejercer sus libertades sin injerencias indebidas por parte del Estado” (sic) (¿?), como si la sociedad emergiera de una dictadura; salvo el sistema de semaforización que rige, por suerte, en las urbes del país, no parece haber injerencias estatales que coarten la libertad de los individuos. Habría que decirle a los impulsores y redactores de un proyecto que pide delegar facultades masivas en el ejecutivo apelando a la emergencia y la urgencia que cada palabra, frase o artículo gratuito va en contra de esa economía que se blande como fundamento).

Pero el discurso del malgasto, del despilfarro, de “los platos rotos de la fiesta”, como se dice, ha calado hondo en la sociedad, una sociedad, por otra parte, hastiada de verla pasar: otros parecen ser siempre los que gozan del consumo, mientras la mayoría se ve a sí misma relegada. En el término de ocho años (o sea, dos mandatos presidenciales), la conceptualización del empleado medio ha hecho estragos.

Si hablan por sí mismos (como hechos extraordinarios exentos de interpretación o interpelación), repasemos entonces algunos números. En noviembre de 2015, el Salario Mínimo Vital y Móvil ($4.716) representaba 491 dólares al cambio oficial, 335 dólares al cambio paralelo (la evolución cambiaria puede seguirse aquí), 460 litros de leche, 61 kg de asado y 379 litros de nafta súper. El 1 de octubre del año pasado, el Salario MVM ($118.000) representaba 339 dólares al cambio oficial, 148 dólares al cambio paralelo, 310 litros de leche, 38 kg de asado y 429 litros de nafta. (Aquí pueden consultarse los precios del combustible). Es decir que, salvo en el caso de la nafta, cuyo crecimiento (de 379 a 429 litros) responde al atraso tantas veces señalado. en el lapso de ocho años, los salarios cayeron en términos reales (poder de compra) entre 33 y 38 puntos.

Si comparamos aquellos índices con la actualidad, los guarismos son verdaderamente increíbles. Hoy, con las medidas tomadas por el equipo de Javier Milei, el Salario MVM ($156.000) representa 187 dólares al cambio oficial, 142 dólares al cambio paralelo, 223 litros de leche, 19,5 kg de asado y 195 litros de nafta. Es decir, la devaluación de más del 100% licuó los salarios hasta tal punto que, en términos comparativos, entre noviembre de 2015 y enero de este año el poder adquisitivo se desplomó entre 52 (leche) y 67 (carne) puntos. Aun haciendo el parangón con octubre del año pasado la caída es impactante: en tres meses, los argentinos pasaron de poder comprar 310 a 223 litros de leche, de 38 a 19,5 kg. de asado, de 429 a 195 litros de nafta. A eso habría que añadir el hecho no menor de que el monto del Salario MVM actual responde al reajuste previsto en tres tramos por Sergio Massa desde septiembre del año pasado. Es decir, el gobierno actual no modificó ese otro precio relativo, el Salario MVM.

No obstante, en las tierras comarcanas de cada quien el discurso del empleado medio suele emerger impávido ante esas estadísticas. Hay que esperar, es demasiado pronto, se oye decir; hay que darle tiempo, van a ser meses duros (incluso años), hay que amucharse y aguantar. Todos tenemos un contertulio (amigo, pariente, colega) que expresa sin saberlo (o peor aún: a sabiendas) esas ideas del ajuste autoinfligido. Si se apelara al coeficiente GINI, para mostrar, por ejemplo, que, así como en los años 2001 y 2002 se tocó el índice de desigualdad más alto de la historia democrática (53,3 y 53,8, respectivamente), en el año 2013 se alcanzó la cifra más baja del coeficiente, 40,9, es decir el momento de mayor igualdad social bajo un gobierno democrático (índice de GINI, Argentina), nada cambiaría para los traficantes de conciencia como los Fraga de la vida porque de lo que se trata, precisamente, es de construir otra variante al espejismo del supuesto oasis populista: la alucinación del individualismo a ultranza. Es cierto que lo que vino después, durante los gobiernos de Mauricio Macri y Alberto Fernández, fue un incremento sostenido que elevó el coeficiente hasta 44 puntos en el primer trimestre del 2023. Pero dado el sendero emprendido por el gobierno actual, resulta más que previsible que ese dígito seguirá creciendo. Y mucho. Todos vaticinan que habrá un momento (¿cuándo, dentro de tres, seis meses, un año, dos?) en el que la ideología del empleado medio dejará de surtir efecto. Como el perro que se muerde la cola, la celeridad de ese clivaje depende de la celeridad y profundidad con que el gobierno pase su motosierra.

Presidente Javier Milei.
Javier Milei, presidente de Argentina

Las Más Leídas

También te puede interesar