Lanzado a construir una alternativa dentro del Frente de Todos para el caso de que Alberto Fernández llegue sin nafta suficiente para ir por la reelección, el titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, anda por ahí con traje de estadista y una agenda que evidencia su decisión de ejercer una presidencia paralela a la del jefe de Estado; una basada en sus dotes de componedor y en una muletilla gastada pero que, en el país de la grieta permanente, siempre rinde en la conversación con esas clases medias híbridas que votan una vez por derecha y otra por izquierda con la misma naturalidad.
Mueve Massa, anticipó Letra P este martes al anunciar que finalmente tiene fecha (23-24 de abril) un plenario del Frente Renovador en el que el diputado oriundo de Tigre hará un virtual lanzamiento de su postulación a la Casa Rosada. El mismo día, enfundado en su sotana de cardenal Samoré, aprovechó cada micrófono que tuvo a mano para tocar la sinfonía de la reconciliación nacional.
"Gobierno y oposición podemos darles a los argentinos políticas de Estado (…). Superar la idea de la Argentina dividida para pasar a acuerdos y políticas de Estado es una responsabilidad que tenemos todos”, dijo por la mañana en la reunión del Consejo Económico y Social. No tuvo problema en decir eso, tan de presidente, al lado de Alberto Fernández.
Conciencia. Massa, en animada charla con Larreta.
Horas después, siguió con la misma melodía en el 40 aniversario de la Fundación Conciencia, donde se hizo un álbum de fotos con esa oposición a la que llama a la concordia: posó, incluso, con Horacio Rodríguez Larreta horas antes de que la Casa Rosada reclutara gobernadores para la batalla que libra con la Ciudad por la coparticipación. "Este no es un año electoral -dijo Massa, en campaña para 2023, que sí va a ser electoral- sino un año ideal para que les regalemos, no 100 ni 200, pero si cinco políticas de Estado a los argentinos”.
Se parece mucho, lo que dice Massa, a la retórica de un presidente, pero a uno que, lee el diputado, responde a una demanda de la sociedad harta de las riñas de gallos que disputa la dirigencia política mientras la pobreza baja y parece una buena noticia, pero baja a niveles trágicos del 37%, y mientras el Gobierno se pone el objetivo de planchar la inflación en un estratosférico 50%.
Massa es inteligente: en su pedido de aprovechar el año no electoral para acordar un puñado de políticas de Estado está su campaña electoral, adelantadísima.
¿Por qué mueve ahora? Varias razones:
-Porque la oposición ya movió: están de gira proselitista buscando posicionarse en la carrera por la Casa Rosada Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, Facundo Manes y Gerardo Morales, por lo menos.
-Porque ya pisó su sueño presidencial en 2019 para, detonada la avenida del medio que había intentado asfaltar, sumarse al Frente de Todos. Estaría dispuesto a hacerlo de nuevo, dicen en su entorno, pero solo si Alberto Fernández llegara al umbral del proceso electoral con chances de ganar. Hoy, ciencia ficción.
-Porque puede. A diferencia de Cristina Kirchner, socia aparentemente mayoritaria de la coalición peronista, Massa ya tiene un candidato: él mismo.
Ahí la ventaja. El problema: con él no alcanza y suena a exageración decir que sin él no se puede.
Entonces, surgen las malditas peguntas:
¿La sociedad política que construyó con Máximo Kirchner y la relación de confianza que re-construyó con CFK habilitan a imaginar que podría ser, en 2023, lo que Alberto Fernández fue para Cristina en 2019?
¿Cómo conciliar, pensando en esa alquimia impensable hace tres años, el ADN kirchnerista de la confrontación y el conflicto con su discurso pacifista en una competencia con los halcones de Juntos por el Cambio?
Después de quemarse con leche, ¿la vicepresidenta tendrá ganas de arriesgarse con otra vaca?
Si los planetas se alinearan y llegara a la Casa Rosada aupado por ese madrinazgo, ¿podría tocar la sinfonía de la reconciliación nacional sin que La Cámpora le detonara el gobierno a fuerza de renuncias y piquetes?