15|10|2021

La política, incómoda en el traje nuevo de la hiperdigitalidad

16 de agosto de 2021

16 de agosto de 2021

La campaña y sus protagonistas en la era de Ibái y los medios como espectadores. El FdT y hasta el tan tecno PRO, a los tumbos. Los hilos del payaso.

La Copa América lo hizo brutalmente evidente. Cristalizó el cambio: los protagonistas de la escena pública nacional burlaban, birlaban y hacían a un lado de un modo totalmente nuevo las mediatizaciones para decidir sus propias mediaciones a través de las reglas de los soportes digitales. Los canales compartían el negocio y transmitían los partidos. Pero, para todo lo demás, ni hacía falta la tarjeta de crédito: estaba el vivo de Instagram del Kun.

 

En este extraño transcurrir del tiempo en pandemia, en el que todo parece haber ocurrido ayer y, al mismo tiempo, hace siglos, pasamos de la Copa América a la campaña electoral. ¿A la política cómo se la ve en esta bestial avanzada del territorio digital por sobre el mediático? Todavía está incómoda. Incluso agrupaciones nativas digitales como el PRO están incómodas.

 

Hay quienes no terminan de entender el nuevo ecosistema, hay quienes creen que se trata de repetir los modos 2015 o 2019. Los dos comportamientos delatan el desconocimiento del vertiginoso cambio ocurrido y el error de confundir marketing con simulacro.

 

 

El dato comunicacional de la semana fue que la estrella máxima del fútbol mundial le diera una nota a un streamer luego de invitarlo a cenar a su casa. El enojo de la comunidad de periodistas que insisten en no girar la cabeza para ver dónde van las audiencias coronó el paisaje. En el mismo territorio pero en con relevancia de cabotaje, el presidente Alberto Fernández brinda una entrevista a Caja Negra, un ciclo que conduce Julio Leiva por YouTube y que, no casualmente, tiene como público a gamers, streamers, traperos y jóvenes.

 

Un distraído puede decir que el formato de ambas conversaciones no difiere demasiado de lo conocido. Es discutible, pero dejémoslo pasar. Lo relevante aquí no es el qué, el formato, el género, sino el dónde. La máxima de Marshall McLuhan exponencial: el medio es el mensaje.

 

En la nota, Leiva se lo dice al Presidente: Hay un cambio en el consumo, los medios comparten hoy con otras plataformas, pero la política siempre habla de los medios y no de lo digital. Alberto quiere entrar ahí, pero está nervioso.

 

“No te voy a mentir -dice-. Yo he descubierto todas estas vías alternativas, nuevas, que ya no son tan alternativas porque tienen un nivel de difusión muy expandido. Está claro que hay una generación que abandonó la televisión”. Arrancó bien. Intuitivamente sabe a dónde va, pero a los pocos minutos afirma que en los medios y con los periodistas “pasa lo mismo”. No, Alberto, parte del problema de la política es ese: consideran lo digital como la etapa superior de lo mediático y justamente se trata de otro paradigma, no de una superación de lo anterior.

 

@diegosantilliok

¿A ustedes con qué les gusta la pizza? 🍕

 

♬ sonido original - Diego Santilli

Mientras tanto, en otra intersección de lo que no termina de morir y lo que no termina de nacer, también #PasabanCosas.

 

Diego Santilli pertenece a la única gran agrupación nativa digital, el PRO. Sin embargo, el partido que nos había dejado con la boca abierta en su manejo de campaña digital y redes en 2015 e incluso en 2019 ha perdido la gimnasia. Se le atrofió el músculo. También a ella el cambio y el vértigo se la llevaron puesta.

 

En sus videos de Tik Tok, Santilli intenta mostrarse suelto en el mundo digital y traslada memes de Twitter a la plataforma de los videos. El “decí X sin decir X” y el “Yendo”. Pero está tieso. Hay pose; armado. Y se le nota el gesto. Comete el peor error en el que se puede caer en el mundo digital: se le ven los hilos, la impostura.

 

 

En este terreno, Leandro Santoro tiene que remontar una difícil: el Frente de Todos es reacio y reniega de lo digital. Prefiere discutir un párrafo de Clarín. Pero en una recorrida de campaña por la Villa 31 sucedió algo interesante. En medio de un grupo de vecinos que le trasladaban los problemas del barrio, Santoro saca su teléfono y le manda un audio de WhatsApp al Presidente:  “Alberto, estamos en la Villa 31, te paso con Adela, que te quiere hacer un reclamo. Hablale, Adela”

 

Adela graba y a los pocos minutos, Santoro avisa que “el Presidente respondió” y se oye a Fernández: “Hola, Adela, te prometo que me pongo con ese tema a ver cómo los ayudo”.

 

Sofía González, comunera del Frente de Todos de la comuna 1, registra la situación con su teléfono. Eso termina en una historia de Instagram de Santoro y se viraliza.

 

Es decir, sucede algo absolutamente habitual. Nada más cercano a lo cotidiano, pero -ahí el problema de los lenguajes actuales de la política- nada más alejado al modo de habla de la política. Lo cotidiano como un problema para la comunicación de la política. Lo cotidiano como excepción: problemón.

 

 

Se trata de momentos irrepetibles, es cierto. Usarlos como táctica los convertiría en simulacros, pero la pregunta es por qué la política reniega de esos momentos, de que sucedan y se conozcan.

 

Además, estas situaciones vienen con un bonus track: logran la mediación sin necesidad de mediatizarse. Los medios llegan al mismo tiempo que el gran público y se les quita el lugar de emisores privilegiados; algo que para la política siempre ha sido un problema.

 

La interpelación desde el púlpito, algo tan típico de los modos de la política, cansó. Este agotamiento es muy de época. La distancia ha pasado a ser despreciada, con todo lo bueno y lo horrible que esto acarrea.

 

Las redes sociales tienen mucho que ver en este cambio. Por varias pero, sobre todo, por dos razones.

 

Una, el ojo juvenil ya ve con extrañeza lo extremadamente elaborado, la escenografía. Su modo de mirar ya está “colonizado” por lo cotidiano. Los youtubers hablan desde sus casas. Tik Tok ha construido emisores que hablan literalmente a millones en videos de escenas familiares. Twitter nos ha quitado la solemnidad.

 

Segundo, la humanidad de 2021 está a un click de las personas más importantes del mundo. Ellas nos responden, nos dan entidad, lo que nos hace, inevitablemente, más impunes.

 

A un click de la estrella máxima. A nada de poder ser Ibái, Coscu o Bizarrap. Entonces, si Messi puede darme bolilla, ¿por qué voy a querer seguirte a vos, que me hablás de tan arriba?

 

Es un limite complicado, porque por una fina línea se puede pasar de artista a mono tití; de generar una situación amable y cercana, a forzar por sobregirarse.

 

Pero hay una estética de época. Una que, salvo para las minorías politizadas, no anda buscando épica sino cercanía. La épica ha dejado de ser novedosa. Es más, se ha vuelto previsible.

 

Nos duele. Sobre todo, a quienes queremos gestas. Pero, si seguimos hablando un lenguaje obsoleto, vamos a terminar dándoles la razón a las nuevas derechas cuando nos dicen conservadores. Eso sí es lo peor que nos puede pasar.