10|10|2021

El neurocientífico pone en duda el liderazgo opositor de Horacio Rodríguez Larreta y se presenta como una alternativa electoral, que rompe la polarización.

“El fenómeno Facundo Manes atrae la atención de una gran audiencia física que no podría aglutinar casi ningún dirigente político en Argentina”. Hace cinco años escribía estas líneas en Letra P acerca de esta figura que crecía por fuera del ámbito político. Era un doble desafío. No solo se trataba de reflexionar sobre un amigo, sino también de explicar lo que irrumpía ante mis propios ojos. En particular, acompañé a Facundo a un par de eventos con mal tiempo donde la taquilla no acusó recibo. Si alguien dudó de que estábamos ante un rockstar político, esta semana lo confirmó. Mientras Horacio Rodríguez Larreta, alentado por las encuestas, ya se probaba el traje de presidente, se chocó con la muralla que no tuvo Mauricio Macri. Venderse como novedad versus un kirchnerismo que iba por todo y llevó luego de estandarte a Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires, fue más fácil que la tabla del 1. Con Manes en frente, la Matrix larretista entró en cortocircuito.

 

Para el entonces jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, la principal amenaza provenía más de la división del Frente para la Victoria, que de la propia cancha opositora compartida en algún momento con un Francisco de Narváez ilusionado con que su triunfo bonaerense pondría a los jueces de la Corte Suprema a sus pies a la hora de evaluar su DNI colombiano. En tal sentido, el Frente de Renovador de Sergio Massa representó para Macri la única piedra en el zapato en su camino a la presidencia, al punto de que el radicalismo evaluó en la convención partidaria de Gualeguaychú, la posibilidad de un marco amplio de alianzas que incluyera la fuerza fundada por el exintendente de Tigre. A diferencia de aquel tablero, Rodríguez Larreta no tenía hasta hoy en frente ninguna tercera vía que, a partir de un triunfo en la provincia de Buenos Aires como el obtenido por Massa en 2013, amenazara su liderazgo opositor.

 

Más aún, la unción del vice jefe de gobierno porteño, Diego Santilli, como candidato provincial encarnaba una estrategia larretista tendiente a capturar una franja electoral tradicional del peronismo del conurbano atraída en 2019 por Alberto Fernández y en elecciones anteriores por los sucesivos ensayos de tercera vía, sean de Roberto Lavagna, de Florencio Randazzo o del propio presidente actual de la Cámara de Diputados de la Nación. En una palabra, el comando político larretista trabajaba con la hipótesis de montar una cabecera de playa amarilla en pleno territorio peronista, a partir de su hegemonía local y el glamour que irradian ministros como Fernán Quirós. En tal aspecto, el principal riesgo de ese armado tendiente a atraer desencantados de un oficialismo nacional con visibles señales de envejecimiento aparecía solo por el lado de un Randazzo ya con el casco y el buzo antiflama listo para jugar.

 

La aparición de Facundo Manes voltea todo ese castillo de naipes. En primer término, conmueve a la base electoral propia que en diversas encuestas como una reciente de la Universidad de San Andrés, desaprueba ampliamente a la gestión Fernández y considera a la corrupción como el principal problema que afecta al país.

 

En su oportunidad, Macri no tuvo rivales internos y solo parcialmente externos en ese campo. En particular, el expresidente y Massa compartían sus ataques a la gestión de Cristina Kirchner, pero la ISO 9001 anti corrupción era de Elisa Carrió, un componente fundacional de Cambiemos. Hoy Rodríguez Larreta no tiene como apropiarse con exclusividad de estas banderas. En segundo término, el alto porcentaje de encuestados que no se inclinan por ninguna de las dos grandes coaliciones sugiere un fenómeno de fatiga no solo a nivel de las marcas sino de los principales referentes asociados a ellas.

 

En tal contexto, está claro que una competencia entre líderes políticos con mucho pasado por delante y una figura nueva no asociada a un fracaso tan reciente, una balanza que se inclina más para el lado del cambio que de la continuidad, lo encontrará mejor parado al neurocientífico que a cualquier otra figura maquillada para la ocasión. Seamos claros en este punto. Llegado el momento, a Rodríguez Larreta le será tan difícil escindirse del pasado y el presente de Mauricio Macri como a cualquier líder del Frente de Todos muy cercano a Cristina Kirchner.

 

Por último, también convendría tener presente la experiencia electoral de Martín Lousteau en la ciudad de Buenos Aires en 2015. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Siguiendo este adagio, es de esperar que cualquier variante que compita contra el macrismo cuente con alguna simpatía de votantes peronistas, más cuando los desencantados sobran.