13|11|2021

14 de febrero de 2021

14 de febrero de 2021

El saldo histórico más duradero de los años 90 es el de un reparto inequitativo de poder entre el gran capital y la sociedad argentina. Memorias del uno a uno.

La muerte de Carlos Saúl Menem trae a la memoria social los claroscuros económicos, políticos y morales de los años 90, ante los que cada uno, con mayor o menor pretensión de rigor, reacciona de acuerdo con la suerte que le haya tocado. Sin embargo, independientemente de ese condicionamiento, a más de tres décadas del inicio de su esplendor y a más de dos de su colapso, cabe señalar un rasgo distintivo de esa etapa: la inauguración de una relación entre poder político y sociedad, por un lado, y capital internacional y local, pero vinculado al circuito global, por el otro, ruinoso para los primeros y extremadamente conveniente para los segundos. La Argentina de a pie sigue remando contra esa corriente arrasadora.

 

Trabajo o desempleo. Salario elevado en dólares y muy rendidor en una economía en la que el consumo incluyó ingentes dosis de turismo y productos importados, o falta de ingresos. Crédito disponible y primera casa o carpa blanca, Norma Plá y desamparo. Aplausos en Estados Unidos o vergüenza ante la enunciación de las “relaciones carnales”. Cada quien recuerda su propia aventura.

 

La evaluación social sobre aquellos años parecía saldada tras la implosión de la convertibilidad, su herencia más memorable y por cuya paternidad pulseó con Domingo Cavallo. En 2003, hay que recordar, un cuarto del electorado reincidió en el voto por el riojano, pero este se bajó del balotaje con Néstor Kirchner ante la previsión de una derrota humillante, un hecho sin precedentes a nivel internacional.

 

Sin embargo, la memoria del crecimiento superior al 8% de los primeros años del uno a uno y la derrota por knockout de la inflación vale más en estos tiempos en los que la Argentina pelea otra vez contra la suba de los precios y de la pobreza, su oximorónica crisis permanente. Tanto es así que los susurros otra vez perceptibles a favor de la receta dolarizadora conviven, en estos días de banderas a media asta, con reinvindicaciones del fallecido que salen de la zona de la timidez.

 

Como todo presidente, Menem enfrentó un determinado reto histórico, que en su caso fue la conquista de la estabilidad y la modernización económicas. Hay que decir que, efectivamente, las abordó y con éxito, aunque eso eso haya implicado un costo alto y duradero para la sociedad.

 

Al inicio de su gestión, Menem resumía con una frase elocuente el que sería su modus operandi: “cirugía mayor sin anestesia”. Dado el estado calamitoso en que había recibido el país –precipitadamente, además– de manos de Raúl Alfonsín, lo de la cirugía mayor se entendía, pero nunca quedó claro por qué la misma debía carecer de analgesia.

 

La receta, sin embargo, era coherente con el reparto de poder entre Estado/sociedad y capital que echó raíces en las hiperinflaciones del final del gobierno radical y del inicio del peronista: cuanto más rápida y en caliente, la solución podía ser más favorable para el segundo de esos términos. Acaso alguna vez se pondere la habilidad política del riojano, dada como un hecho indiscutible, a la luz de cuánto más fácil es comprar gobernabilidad dejándose llevar de la mano por los factores del poder permanente y nunca, ni por error, en su contra.

 

Un poco de historia

Las denuncias de corrupción, los indultos a criminales de lesa humanidad y episodios como el denunciado encubrimiento del atentado a la AMIA, el contrabando de armas a Ecuador y Croacia y la oscura explosión de Río Tercero, entre otros, reverdecieron el antiperonismo de la parte de los sectores medios urbanos que nunca compraron el menemismo. Ese estado de opinión incluso provocó un prodigio: los convirtió en progresistas. El tiempo demostraría que eso fue solo una ilusión óptica.

 

Sin embargo, lo más duradero de su legado fue su plan económico, del que la convertibilidad fue apenas el capítulo más vistoso.

 

Uno de sus principales rasgos fueron privatizaciones entonces imprescindibles, pero realizadas en condiciones más que discutibles, que permitieron el canje –a valor nominal– de papeles depreciados de deuda pública por activos tangibles y mercados monopólicos, ejemplo claro del desbalance entre lo que ganaron los dueños de los grandes negocios y la sociedad. 

 

Más allá de la ejemplaridad de la destrucción de Aerolíneas Argentinas, cabe detenerse un momento en el caso de YPF, una petrolera que, a diferencia de lo que se decía en el programa de Bernardo, no había sido destruida por el mal manejo estatal de su propio metier sino por otro tipo de intervención: la decisión de la dictadura de usarla como fuente de ingreso de dólares a través de su sobreendeudamiento. La Argentina es el único país del mundo que privatiza una petrolera cuando el crudo cotiza a 16 dólares y que la reestatiza cuando vale 40. El kirchnerismo, entonces apenas una expresión provincial y marginal del peronismo, cabe recordar, fue doble actor de esa aventura, primero respaldando la enajenación a cambio de recursos y luego haciendo lo opuesto.

 

Por otra parte, hay que destacar una privatización jubilatoria que desfinanció la seguridad social. Se decía que el cambio generaría un mercado de capitales robusto, pero este encontró, antes que empresarios ávidos por invertir en la Argentina productiva, un cliente excluyente: el mismo Estado. Así, la representación de la sociedad entregó una montaña de dinero a un grupo de bancos extranjeros –que cobraban comisiones siderales por malversarlos– y, una vez que necesitó dinero para cubrir sus gastos, acudió a ellos para pedirles prestado –y caro– lo que había sido suyo. Es difícil imaginar un negocio más estúpido.

 

Asimismo, la fuerte apertura importadora colaboró con las privatizaciones y la inversión extranjera de esos años para que la productividad de la Argentina mejorara mucho, pero, a falta de anestesia, al costo de ponerle un piso del 12% al desempleo hacia 1994, de arrasar con renglones enteros de actividad industrial pyme y de generar un déficit comercial crónico que solo podía afrontarse con endeudamiento en divisas duras.

 

Adicionalmente, el saldo fiscal cercano al equilibrio en los “años virtuosos” del uno a uno tuvo un fuerte componente de recursos extraordinarios: las privatizaciones. Agotadas estas, volvió el déficit –mucho menor que el estratosférico de los años 80, pero incompatible con el modelo– y, con ello –otra vez–, el recurso a un endeudamiento copioso. Sin posibilidad de devaluar ni moneda que emitir debido a la regla de la convertibilidad, que obligaba al Banco Central a garantizar el circulante con sus reservas, la deuda se hizo una bola de nieve.

 

Ese desbalance se barrió debajo de la alfombra con el recurso de transferir escuelas y hospitales a provincias y municipios sin recursos suficientes. Eso sumó a los estados subnacionales al círculo del endeudamiento y, aun peor, se convirtió en una fuente eterna de desigualdades regionales.

 

La liberalización radical de la cuenta de capital convirtió a la Argentina de los 90 en una autopista por la que primero entraron dólares y luego, sin remedio, se fugaron. Era fácil entonces convertir un peso en un dólar; hasta la ley aseguraba ese derecho. Cuando la autopista evacuó el último auto en el que salían los avisados del desastre que fermentaba, los pequeños ahorristas se encontraron, atónitos, ante las persianas bajas de los bancos que hasta entonces proclamaban su solidez por ser sucursales de grandes entidades globales. La fase final de la convertibilidad se reveló así como un gigantesco esquema Ponzi que murió junto con la credulidad de las masas.

 

La farsa fue ignorada mucho más allá de lo prudente por una sociedad entonces endeudada en dólares hasta la médula y terminó por explotar en las manos inhábiles de Fernando de la Rúa. Pero eso también Menem lo hizo.