04|5|2022

27 de diciembre de 2021

27 de diciembre de 2021

La fantasía atroz del ministro de Vidal que quería borrar al sindicalismo. Retrato de la máquina nazi de matar y la memoria argentina del terrorismo de Estado.

Es posible que el exministro de Trabajo bonaerense Marcelo Villegas haya querido desplegar todas las plumas y colores de su cola para impresionar a los empresarios a los que pedía concurso para armar causas judiciales contra dirigentes sindicales, pero sus suspiros ante la idea de refundar una Gestapo deben haberles parecido demasiado a varios de ellos. Que se sepa, ni la creación de una policía secreta de cuño nazi ni la promesa de un Reich bonaerense de mil años jamás fueron parte de la “guerra a las mafias” sobrepublicitada por María Eugenia Vidal, hecho que hace inexplicable el silencio de horas que “La Leona” mantuvo este lunes tras conocerse el escándalo.

 

 

Puede también que el pavo real haya actuado como un ignorante, pero eso es relativo. De sus propias palabras, que surgen de una producción internacional de SIDE TV, resulta claro que el entonces funcionario no solo pedía que le creyeran que le habría gustado “tener una Gestapo” sino que definía su sueño como “una fuerza de embestida para terminar con todos los gremios". El hombre no hablaba de cosas legales y su utopía no era un mundo sin sindicalistas apretadores sino, simplemente, uno sin protección para los trabajadores.

 

Si bien no es legal, armar causas en coordinación con funcionarios judiciales es coherente: por si hacía falta, queda ahora desnudo el modus operandi de las mesas judiciales del macrismo realmente existente, que no es el que relatan medios que, como Vidal, esperaron este lunes horas hasta recibir la brújula de la reacción y decir algo al respecto.

 

Acaso Villegas no esté al tanto de los detalles, pero debería saber que la creación de la Gestapo (la policía secreta del Estado nazi, la Geheime Staatspolizei) fue una de las primeras decisiones administrativas de importancia de Adolf Hitler tras su ascenso al poder el 30 de enero de 1933. Tan pronto como el 27 de abril fue creada por decreto sobre la estructura de la vieja fuerza de seguridad prusiana y colocada bajo la égida de las macabras SS. Su rol era anticipar y reprimir de modo sangriento y clandestino cualquier amenaza o complot. Fue así que su foco principal fue la represión violenta de toda oposición externa al partido nazi y de toda disidencia interna a él.

 

Su primer director fue Rudolf Diels hasta que la estructura quedó al mando de Hermann Göring. Este finalmente aceptó someterla a la autoridad de Heinrich Himmler, quien en 1936 la convirtió en una fuerza de alcance nacional y le dio forma definitiva. La Gestapo quedó así fuera del alcance de cualquier interferencia burocrática o judicial, lo que la convirtió en un poder autónomo dentro del poder nazi, corresponsable del genocidio y de incontables atrocidades y crímenes.

 

Poco antes del final del régimen, contaba con unos 18 mil efectivos formales y con otros tantos que operaban en la clandestinidad para alargar sus tentáculos.

 

No hace falta que los sindicalistas apuntados por Villegas fueran santos varones para escandalizarse con la tendencia de ese exfuncionario al armado de causas y con su aparente fascinación con la parafernalia nazi. Se supone que la democracia cuenta con remedios distintos de esos para luchar contra cualquier mafia.

 

No se trata tampoco de dar por el pito más de lo que el pito vale y las bravatas del exministro fueron más graves por su correlato concreto en persecuciones parajudiciales que por su fascinación íntima por los métodos fascistas. Sin embargo, no se puede dejar de notar que en la Argentina efectivamente funcionó una suerte de Gestapo, una que, como la original, se cebó sangrientamente con opositores, políticos, militantes y, también y fundamentalmente, sindicalistas. Fue durante la dictadura militar, cuando la disidencia significaba censura, exilio, secuestro, tortura, desaparición y muerte.

 

La democracia afortunadamente ata las manos de quienes sienten nostalgias del pasado. De la Gestapo original y también de su remedo setentista y ochentista. Lo que le falta ahora son instituciones que aseguren a la ciudadanía que su libertad no es un bien que dependa de las ensoñaciones totalitarias de un funcionario.