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En busca del tiempo perdido

 El acuerdo por la deuda es una bocanada de aire político fresco para el Gobierno, pero aún quedan por resolver otras problemas económicos. 

En busca del tiempo perdido

04/08/2020 14:38

 

“La República Argentina y los representantes de los bonistas (…) llegaron a un acuerdo en el día de la fecha que les permitirá a los miembros de los tres grupos de acreedores apoyar la propuesta de reestructuración de la deuda.” Palabras más, palabras menos, así fue el anuncio que publicó el Ministerio de Economía de la Nación. La pregunta es: ¿Le sirve al Gobierno? ¿Cómo? ¿Cuánto? La respuesta es:  sí, sirve porque afloja las tensiones económicas y políticas. 

Las implicancias económicas para nuestro país no son menores y la mayoría de los analistas económicos, aún para los detractores del Gobierno que “siempre algún defecto le van a encontrar”, coinciden en afirmar que, aunque no cambiará significativamente la economía del bolsillo de los argentinos, es una buena noticia para el mercado cambiario. Esto redundará en un alivio, en los próximos meses, sobre la devaluación e inflación esperadas. Es decir, se trata más de lo que se evitó que sucediera, que de los beneficios que traerá. 

Así las cosas, aún falta la recesión pos pandemia, producto de la emisión monetaria y los otros problemas económicos que acarreamos del gobierno anterior. El camino será largo, empedrado y recién comienza. Vendrá el tan aclamado plan económico, muy medido en sus proyecciones, pero necesario para “calmar las aguas” y marcar el rumbo. Pero la economía se trata más de expectativas que de realidades y, en ese sentido, el acuerdo por la deuda contribuye positivamente.  

En política sucede algo parecido. No obstante, las expectativas deben traducirse en términos de consensos que doten de cierta resistencia al sistema político frente a los embates de opiniones divergentes, de una oposición que tensiona de manera permanente a la opinión pública, la crisis, el mercado, los bonistas, etc. La construcción de esos consensos da la medida del “bien gobernar”. Pero no es una tarea fácil mejorar la gestión del Estado, proyectar eficacia y eficiencia en las políticas públicas y generar acuerdos en torno a ello. No, si además se atraviesa una pandemia y una crisis económica subyacente. Pero debe hacerse. 

 

 

Además, están las elecciones de 2021 y, aunque la clase política aún no habla públicamente del tema (lo bien que hace), claro está que cada partido va delineando apoyos y diferencias con el oficialismo e intenta generar e instalar su agenda. 

Luces y sombras

Aquél apoyo inicial al Presidente en la gestión de la cuarentena se ha ido convirtiendo en oposiciones y distancias que han generado “ruido” entre propios y extraños; no solo por temas referidos a la pandemia sino por los intentos de resolver cuestiones sobre las que no se construyeron acuerdos previos que evitaran los posteriores ataques, por caso, Vicentin, impuesto a los ricos, reforma judicial.

La Argentina se ha convertido en un país gobernado por dos grandes coaliciones. Cada frente convive, pareciera, con tantas diferencias externas como internas. Se señala a Horacio Rodríguez Larreta por sentarse en la mesa de decisiones con el gobierno nacional y esto parece ser un desvalor para su propio espacio político. Pero la opinión pública (o las opiniones públicas) se expresa en otros términos y premia al jefe de gobierno porteño con una imagen positiva superior al 60%, tal vez por su gestión, pero también por su perfil dialoguista. 

Quizás la imagen positiva (80%) del presidente Alberto Fernández en marzo, hizo pensar en un aval suficiente para cualquier decisión. En ese entonces, hablábamos de consensos precarios, y debemos rescatar ese concepto nuevamente para explicar que el presidente tiene un poco más del 60% de aprobación de su gestión, producto del lógico desgaste producido por una gestión que ha sufrido en cuatro meses, lo que otras en cuatro años; pero también producto de decisiones tomadas sin mayores preludios ni acuerdos.

Así y todo, continúa teniendo una alta valoración positiva, pero sigue en baja en comparación al inicio de la medida de aislamiento. A pesar de este descenso en su nivel de imagen, el 58,8% todavía apoya al presidente. En nuestra encuesta nacional de julio, este apoyo se observó también cuando se consultó acerca de las elecciones legislativas del próximo año. El 41,8% dijo que votará a “candidatos a diputados que defiendan a Alberto Fernández”. 

¿Puede ser tomado como un antes y un después del gobierno del Frente de Todos? Todo indica que se reconfigurará un nuevo escenario político. Para la oposición, se dividirá entre los que radicalizarán aún más su discurso y los dialoguistas. Para el oficialismo, será una oportunidad única de relanzar el gobierno, puesto que revaloriza la figura de Alberto Fernández hacia adentro de su espacio. 

Claro está, el acuerdo por la deuda es una bocanada de aire político fresco. “Ahora tenemos despejado el horizonte” dijo Fernández. Y no es solo una expresión de deseo o un dato de la economía dura. Desde hace 8 meses el Presidente gobierna sin plan económico y sin presupuesto nacional.  

 

 

“Debemos construir un capitalismo con más compromiso social” agregó. Da cuenta así de un proyecto general de gobierno, de un norte estratégico, un rumbo de la política general del gobierno que pueda comenzar a delinear una perspectiva a futuro, creíble y deseada para los ciudadanos con la construcción de los ansiados consensos. ¿Será posible?