01|9|2021

03 de abril de 2020

03 de abril de 2020

El Presidente está más papista que el papa. Estrecha vínculos con sus gerentes en Argentina para dar dos peleas encadenadas: el coronavirus y "los miserables". La nueva grieta y el miedo al estallido.

Hace diez días, Alberto Fernández recibió a la cúpula de la Iglesia en la residencia de Olivos. El titular del Episcopado, Oscar Ojea; el cardenal Mario Poli y el obispo de Chascomús, Carlos Malfa, lo visitaron sin fotos durante alrededor de una hora. “Recién hablé con el papa”, les dijo a manera de bienvenida. Al día siguiente, el Presidente anunció el inicio de la cuarentena que se prolongará, al menos, hasta el 13 de abril.

 

El fin de semana, Fernández volvió a conectar con las alturas vaticanas. Aprovechó el mensaje global de Francisco contra los empresarios que despiden personal para hacer su adaptación local y endosarle el rótulo de “miserables” en las redes. El domingo por la noche, a la hora de anunciar la extensión del aislamiento obligatorio, volvió a destacar su coincidencia con Jorge Bergoglio y les anunció a los hombres de negocios que había llegado la hora de ganar menos. Asociado al pecado de jugar con fuego en plena emergencia, aludía al dueño de la multinacional Techint, Paolo Rocca

 

 

Entre la cita con la Curia y el mensaje del domingo, el Presidente atendió en Olivos las recomendaciones a dos grupos que se inspiran en la doctrina del jesuita que atiende en Roma. Primero, a los sacerdotes de la Pastoral en Villas de Emergencia, conocidos como “curas villeros” y, después, a los Curas en la Opción por los Pobres. Aún con diferencias entre ellos por posturas más o menos confrontativas durante los años del macrismo, el tema de preocupación que hizo coincidir a los dos grupos fue la temperatura del conurbano y lo inviable de la cuarentena en los barrios más humildes. Con los dos, estuvo presente Máximo Kirchner, uno de los altos feligreses que se reafirmó como asesor principal de Fernández en el operativo de emergencia y se muestra cerca de la Iglesia.  

 

El lunes pasado, Fernández volvió a mencionar a Francisco en la intimidad de Olivos. En la reunión con dirigentes de entidades religiosas que impulsan la red “Seamos Uno”, el Presidente dijo que lo había conmovido mucho ver las imágenes de Su Santidad en la plaza de San Pedro, bajo la lluvia, en completa soledad y con una bendición para los enfermos del mundo. El Presidente aprovechó el encuentro con Cáritas, la AMIA, los evangélicos de ACIERA y el jesuita Rodrigo Zarazaga y el provincial Rafael Velasco para hacer suya, una vez más, la consigna del Papa peronista: “nadie se salva solo”, afirmó. Eco tardío de la frase de Perón “nadie se realiza en una comunidad que no se realiza”, es una de las consignas de la hora. 

 

 

 

La crónica cotidiana no hace más que confirmar que la alianza del gobierno con la Iglesia en el terreno de lo social es de lo más estrecha. Pero, además, que el gobierno de Fernández tiene en el Vaticano a su principal socio político en una situación de máxima fragilidad. “Alberto se convirtió en un fana del Francisco más terrenal”, le dijo a Letra P un funcionario que oficia de puente. 

 

El Presidente no había terminado de agradecerle a Bergoglio su secreta misión ante la nueva jefa del Fondo cuando lo sorprendió el COVID-19 y el vínculo entre ellos se tornó todavía más fluido. En medio de una crisis global, las coincidencias no pueden más que potenciarse y preocupar a las almas sensibles del Círculo Rojo que, después de frustrarse con el populista Francisco, ahora se espantan ante gestos de Alberto que coinciden con el sermón vaticano. Sin afectar todavía intereses concretos, Fernández comenzó a mencionarlos en público y ya eso preocupa: lo prefieren en la senda de la unidad, sin reparar en el reino de la desigualdad.

 

A DISPOSICIÓN. El trabajo de los curas villeros es reconocido en todos lados, pero se limita a una serie de barrios donde la situación es de extrema vulnerabilidad, con la pobreza y la indigencia en ascenso y un combo letal de recesión, inflación y aislamiento. Si Fernández los recibe y escucha, no es porque movimientos sociales e intendentes no tengan información de lo que pasa en las zonas inflamables de Capital y el Gran Buenos Aires. Lo hace, sobre todo, por el vínculo de este grupo que se formó en torno a la prédica del pastor Bergoglio. El Presidente valora de manera especial al obispo auxiliar de Buenos Aires, Gustavo Carrara, no casualmente uno de los obispos preferidos del papa. El exsacerdote de la villa 1-11-14 pasó con él la Navidad en San Cayetano.

 

 

 

Lo mismo sucede con los curas de la opción por los pobres y hasta con la propia Cáritas. La entidad que durante años presidió Ojea y hoy dirige su sobrino Luciano reconoció, en uno de los encuentros con el Gobierno, que hoy los movimientos sociales tienen un desarrollo territorial mayor al de la Iglesia en la provincia de Buenos Aires. Ahí está el máximo de los temores frente la olla a presión del hacinamiento, el freno absoluto a las changas y la eventualidad de un desborde.

 

Con la misión de reforzar los puntos débiles en lugares donde sólo llegan la Iglesia, el Estado y las organizaciones sociales, sobran puentes entre unos y otros. El ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo; el secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz; el secretario de Culto, Guillermo OliveriMáximo Kirchner, Andrés Larroque y siguen las firmas. El objetivo es prevenir problemas en el territorio, antes de que llegue el pico de contagios. 

 

La Iglesia puso a disposición parte de sus instalaciones y conventos para hacer frente a un eventual desborde. La Curia abrió hasta el predio de La Montonera, en Pilar, donde los obispos hacen sus reuniones anuales. Ahí, pueden dormir 120 personas cada uno con baño privado. Los jesuitas pusieron a disposición el Colegio de San Miguel y los evangélicos ofrecieron 1.280 camas del conurbano para enfermos no graves. 

 

 

El preferido. El obispo Gustavo Carrara, cerca del papa y del Presidente. 

 

 

JUICIO A LOS MISERABLES. Los gesto de acompañamiento no se reducen a lo institucional. Como adelantó Letra P, de la mano del sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga y el Centro Investigación y Acción Social se acercó a Fernández un grupo de empresas importantes que temen que una crisis social tan profunda puede derivar en un escenario fuera de control. Entre esas compañías se destaca el papel de otra multinacional argentina que se ubica en la emergencia en las antípodas de Techint, la alimenticia Arcor.

 

Con la terminal principal en el Vaticano, la cúpula de la Iglesia es la que responde a Francisco y baja la línea de colaborar con Fernández en todos lados.

De antigua fe cavallista, la familia Pagani se volvió a quemar con leche durante los años del macrismo y vio con espanto cómo el gobierno de los ceos provocaba un derrumbe del consumo inédito. Ahora está entre los grandes promotores de la iniciativa para repartir un millón de cajas de alimentos entre los sectores más vulnerables.

 

Coautor del libro “Conurbano infinito”, el lenguaje de Zarazaga penetra, así, en un sector del mundo corporativo que está dispuesto a colaborar con Fernández y ve que la confrontación, en la cubierta del Titanic, no es negocio para nadie. Se nota en el texto de “Seamos Uno” que describe la situación en el Área Metropolitana de Buenos Aires, donde se concentra el 35% de la población del país, la mitad de los pobres del país y más de 1.300 villas y asentamientos. “A esta población se suma la angustiante situación de trabajadores independientes, informales o changaderos que perdieron su fuente de ingreso diario y a quienes la política social no alcanza regularmente. Hoy también son parte de la emergencia en la emergencia. Al igual que en otras encrucijadas de la historia, la paz social está en riesgo (...)  Seremos juzgados por nuestra responsabilidad en la hora más difícil, por lo que hicimos por nuestros hermanos y hermanas más vulnerables”.

 

Con la terminal principal en el Vaticano, la cúpula de la Iglesia es la que responde a Francisco y baja la línea de colaborar con Fernández en todos lados. Sobran los motivos de convergencia: nadie quiere que la pobreza y la desigualdad detonen una crisis incontenible. La crisis volvió a poner a unos y otros en el campo de las mayores sintonías. No sólo eso: obligó además al Presidente a postergar sin fecha su proyecto de legalización del aborto, la única iniciativa del Gobierno que genera rechazo en los obispos. Y en el papa.