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Cuestión de fe

Abanderada de la confianza oficialista, prevé una paliza electoral al PJ. Cierra cuatro años alineada con un gobierno turbulento, con indicadores sociales en rojo y exorcizando su estigma rupturista.
Por 04/08/2019 11:43

Llegó hasta el final. Se tragó todos los sapos, evacuó todas las dudas, se convenció de todo. Con Mauricio Macri como presidente, Elisa Carrió se desmintió a sí misma y derribó una infinidad de máximas que se habían escrito sobre su inestabilidad permanente como miembro de un espacio político. La jefa de la Coalición Cívica se siente orgullosa por haber sido pilar de una gestión que acaba en relativa calma. Lo repitió en su paso por la Exposición Rural de Palermo: “Hemos logrado el milagro entre todos los argentinos de que sea, después de Marcelo T. de Alvear, el primer gobierno no peronista que termina su mandato, y que no es víctima de golpes de Estado, ni militares, ni civiles, como fue el caso de (FernandoDe la Rúa, o el final anticipado del mandato de (Raúl) Alfonsín”. El tiempo pasó: lo que con De la Rúa le resultó indigerible, con Macri se le antoja razonable. 

Fundadora de la aventura de Cambiemos, con un trato directo aunque espaciado con Macri, Carrió termina estos cuatro años con una convicción y compromiso que no exhibe el otro gestor de la alianza gobernante, Ernesto Sanz, recluido hoy en San Rafael y con intervenciones esporádicas. Sin ser candidata, participa de una campaña difícil, con poco espacio para el entusiasmo, pero está entre las dos figuras del oficialismo que anuncian una victoria contundente. “Vamos a ganar por paliza en octubre y a lo mejor en primera vuelta”, reiteró en la Rural. Sólo Miguel Ángel Pichetto se anima a tanto

Nadie mejor que el presidente de la Coalición Cívica, Maxi Ferraro, para traducir la euforia de Lilita: “Ella está tranquila. Podemos llegar a perder por tres o cuatro puntos y después es paliza en la general”, dice a Letra P. En busca de reconciliar dos polos antagónicos, fueron juntos el viernes desde la Rural al Barrio 31. 

 

 

APOYO Y CRUCIFIXIÓN. El martes próximo, al mediodía, el legislador y primer candidato a diputado nacional escoltará a Carrió en el cierre de campaña de Juntos por el Cambio en Ferro con Macri y Horacio Rodríguez Larreta. Será el último aporte de la fundadora de Cambiemos en la Ciudad, donde ya hizo dos recorridas con Larreta y Ferraro.

Carrió tuvo su momento estelar en la campaña en la presentación de su “Vida”, su libro de conversaciones con Ignacio Zuleta, rodeada de las estrellas del macrismo: el jefe de gobierno porteño, el periodista Joaquín Morales Solá, la gobernadora María Eugenia Vidal y Marcos Peña, el jefe de gabinete que Macri alguna vez definió como su “verdugo” y para Lilita es “el mártir”.

Desde entonces, se concentra con apariciones en Capital y provincia de Buenos Aires. Esta semana hilvanó el acting con Rodríguez Larreta en Facebook live y con una visita al CCK para ver la muestra retrospectiva del artista Julio Le Parc. También estuvo en Azul con el candidato Omar Duclós, pero su voltaje es tanto que puede traer contraindicaciones. Carrió dejó uno de sus mensajes explosivos en un contexto complicado, el cierre de la fábrica Fanazul, que dejó 220 despedidos. “También es cierto que hasta hace algunos años Fabricaciones Militares era el grupo donde La Cámpora se armaba”, dijo. Le respondieron los ex trabajadores de la empresa, entre el desconcierto y el dolor: “No sabés si te viene apoyar o te viene a crucificar. Le faltó el respeto a muchas madres y esposas que han sufrido mucho”, dijeron.

 

 

En los últimos días, Carrió también presentó su libro en San Fernando con la candidata Agustina Ciarletta y visitó Pergamino. Son las escalas finales de un viaje, siempre por tierra, que ya incluyó paradas en Bahía Blanca, Mar del Plata, Coronel Suárez. El itinerario que delata puntos altos y debilidades: el interior bonaerense y la primera sección electoral le calzan mejor que la odisea de la tercera sección electoral, donde reina Cristina Kirchner, su espejo refractario.

SEPARADAS AL NACER. Hay una línea invisible que atraviesa la política: cuando la ex presidenta se apodera de la escena, la diputada orilla la marginalidad y viceversa. Pasó en 2011, se revirtió en 2015 y, en este 2019, la pelota está en el aire. Antiguas compañeras en la Cámara de Diputados de los años menemistas, Cristina y Lilita trazan todavía las coordenadas de una escena política que no zafa de la polarización. Aunque la dos aparecen ahora en un segundo plano obligado, son las grandes organizadoras de los sentidos que chocan: “autoritarismo”/“democracia”, “pueblo”/ “oligarquía”, “Nación”/“república”, “mafias”/ “anticorrupción”, “conurbanos”/ “campo” y así. La lista podría ser infinita. 

Carrió es la única dirigente que llegó tarde a la vida de Macri y puede hablar de igual a igual con él. Si el Presidente le teme, la respeta o simplemente le dice lo que quiere escuchar, es materia de discusión dentro del oficialismo. Pero algo es evidente: los estertores de los inicios se fueron apagando con la crisis.

Casualidad llamativa, la campaña de los contrastes las muestra en un plano que las iguala: las dos con presentaciones de su propio libro, como signos de una verdad que está en disputa. “Es otro tipo de libro. Es una gran entrevista de Zuleta. Lo otro es un monólogo”, afirman al lado de la diputada chaqueña. Tan ambigua y contradictoria, a gusto o a disgusto, la clase media volverá a optar -en agosto y en octubre- entre una de esas dos matrices.

BIEN ARRIBA. Un mandato después, con una temporada de turbulencia en el medio y un tendal de heridos por la política del Presidente, Carrió luce en su mejor forma. Dicen que bajó de peso, que está muy bien en lo personal y que se la ve mucho más activa. Sus problemas de salud, afirman en la CC, ya quedaron atrás. Puede pensarse que, al final, se acostumbró al poder. 

Que sean Donald Trump y el Fondo Monetario los garantes del Gobierno la tiene sin cuidado. Que la economía haya alternado tres años de recesión sobre cuatro, que hayan aumentado los indicadores de pobreza, desempleo, que se haya abultado la deuda; todo ese trasfondo debe parecerle parte del sacrificio necesario para alumbrar la República que anuncia desde hace décadas.  

Carrió es la única dirigente que llegó tarde a la vida de Macri y puede hablar de igual a igual con él. Si el Presidente le teme, la respeta o simplemente le dice lo que quiere escuchar, es materia de discusión dentro del oficialismo. Pero algo es evidente: los estertores de los inicios se fueron apagando con la crisis. El último desafío, fiero y explosivo, le pegó en la línea de flotación al ingeniero. “Perdí la confianza en el Presidente”, dijo. Se refería a la protección que, según decía, la AFIP le brindaba al primo Angelo Calcaterra. Fue en octubre del año pasado. 

Desde entonces, Carrió está alineada y sólo abre la boca para disparar contra el rival. Varias veces defenestrados, Daniel Angelici, Nicolás Caputo, Gustavo Arribas, Silvia Majdalani, Germán Garavano y hasta Jaime Durán Barba, ahora duermen tranquilos. Sólo los herejes del ala política, como Rogelio Frigerio, Emilio Monzó y Nicolás Massot reciben cada tanto sus esquirlas. A pedir de Marcos. Si cada tanto su fe macrista se convierte en búmeran, como cuando agradeció a dios en Córdoba la muerte de José Manuel De la Sota o como en el caso de Fanazul, son daños colaterales. 

 

 

JUNTOS POR EL SAPO. La sociedad con el Presidente sigue funcionando. No es poco para un mandatario que puede sufrir mucho si Lilita recuerda en campaña lo que pensó en su vida anterior. “Con Macri no tiene un trato permanente. Hablan cuando tienen que hablar, pero no hay intermediación. Es personal y nadie se entera”, dice a Letra P Ferraro, la mano derecha de la diputada. Puede haber reuniones en Los Abrojos y en la residencia de Olivos, pero siempre tiene la puerta abierta.

Generosa en el indulto a Pichetto por sus genes peronistas, Carrió mantiene una excelente relación con Vidal y se siente valorada por Larreta. Eso explica que haya digerido también el sapo de Martín Lousteau como primer candidato a senador en la Ciudad. Rivales en 2017, la jefa de la Coalición Cívica arrasó en aquella elección y condenó al ex embajador en Washington a un tercer lugar que, seguro, lo llevó a reflexionar y explica -también- su opción de hoy por el macrismo. “Él nunca estuvo en Cambiemos, su alianza es con (Margarita) Stolbizer”, había dicho la socia del Presidente sobre el economista de la resolución 125. Aunque ahora están en el mismo equipo, nunca volvieron a hablar. Es una charla que está pendiente, dicen.  

 

 

QUE VUELVA MARIO. Muchas veces sin una interlocución que considere a su altura, Carrió encontró en Mario Quintana al CEO con el que mejor se lleva. Recién llegado de un viaje al exterior, el fundador de Farmacity tuvo su reaparición pública con perfil bajo pero pegado a Lilita: se sentó al lado suyo en una la mesa, durante una charla con vecinos de Palermo. Es un idilio que lleva meses. Juntos iniciaron la primera parte de la campaña y llegaron a viajar a Córdoba en auto. Mientras el chofer de la custodia manejaba, Carrió y Quintana hablaban y se divertían. “Ella con Mario tiene una excelente relación. Han construido una amistad personal y política. Es una de las personas con las que más habla”, asegura Ferraro. La religión y la política se mezclan en sus conversaciones.

A todos les resulta funcional. Para Macri y Peña, el ex vicejefe de Gabinete es el mejor embajador en la isla de Carrió. Para el empresario nacido en Mataderos -eyectado de la Rosada por la presión del Círculo Rojo contra el ensayo de los CEOs- es una manera de sentirse útil en el doble rol de operador y consejero. Para la diputada, es un asesor personalísimo para el que espera un destino mayor. Ella quiere lograr su reivindicación y su regreso al gabinete. Objetivo ambicioso, demanda que Macri gane las elecciones por paliza, como anuncia la más creyente de las aliadas del Presidente.