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Macri-Fernández tras las PASO: fragmentación discursiva y silencio administrado

El tembladeral económico tras las elecciones impactó en la comunicación de los candidatos y, especialmente, en la del Presidente, cuyo doble rol lo arrastró a variadas intervenciones públicas.     

Macri-Fernández tras las PASO: fragmentación discursiva y silencio administrado

21/08/2019 15:47

Desde mediados de 2007, cuando venció ampliamente a Daniel Filmus en las elecciones que lo convirtieron en jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri mantuvo por 12 años su racha ganadora. El domingo 11 de agosto las tecnologías del management electoral que le habían dado buenos resultados en el pasado dejaron de ser efectivas ante el deterioro generalizado de la economía y la consolidación de un peronismo unido.

A partir del reconocimiento de la derrota y durante la semana que la sucedió, el Presidente realizó varias apariciones públicas que dejaron expuesta una fragmentación discursiva y vaivenes comunicativos. Posiblemente preparado para admitir una derrota ajustada, el Macri del domingo aseguró que “yo estoy a cargo y soy responsable de conducir este país”, pero adelantó el giro del día siguiente: la responsabilidad es de todos, “especialmente aquellos que hoy han recibido más apoyo en los votos”.

La conferencia de prensa del lunes fue una exhibición de transhumancia discursiva y tonalidades múltiples. Anunció estar estudiando medidas para “cuidar a los argentinos”; descargó responsabilidades en el kirchnerismo, palabra que repitió 15 veces en 40 minutos: “La herencia que recibimos era realmente muy difícil” o “hay un problema grave entre el kirchnerismo y el mundo”. También se hizo responsable del resultado electoral y aseguró haber escuchado “el mensaje”, y  prometió un gran futuro “si seguimos haciendo lo que estamos haciendo”. Luego ingresó en fase de negación: “Esta elección, como decía Miguel (Pichetto), no sucedió”; le siguió la advertencia: “Esto es solamente una muestra de lo que va a pasar”; y remató con una frase poco amansadora: “No podemos volver al pasado porque el mundo ve eso como el fin de la Argentina”.

El miércoles, el Presidente pidió perdón por esa conferencia de prensa. “El domingo hubo muchos argentinos que creyeron en el camino que empezamos pero que después de un año y medio muy duro dijeron no puedo más, sintieron que durante este tiempo les exigí mucho y que lo que les pedí fue muy difícil”. En la interpretación piadosa y paternalista de Macri hubo un problema de intensidad pero no de dirección: el rumbo, el camino elegido, es el correcto.

El jueves, en un acto de campaña en el Centro Cultural Kirchner, Macri insistió con dos mensajes a priori ambivalentes, según los cuales el Gobierno había tomado nota del mensaje pero a la vez ratificaba el rumbo: “Tenemos que continuar porque esto que está sucediendo en Argentina es maravilloso y no podemos volver atrás”. Después de descargar, en los días anteriores, responsabilidades en la oposición y la decisión de los votantes, el Macri del jueves, en una continuación sutil del mea culpa versión espiritual, aseguró que “sos más sabio y crecés si no te dedicás a echarle la culpa a otro de lo que está pasando. Ese es el secreto”. La táctica polarizadora, aunque matizada, siguió presente en la lectura de una carta de una simpatizante de provincia de Buenos Aires: “Te apoyo porque lo decidí yo y no porque me subsidiaste para ver los partidos de Boca gratis”. Finalmente, el martes de esta semana Macri parece haber optado por su rol presidencial al pedirle al nuevo Ministro de Hacienda que "cuide" a los argentinos y hable "con todos", aún cuando la decisión pueda además retribuirle en la carrera electoral.

La mezcla de comunicación electoral, gubernamental y de crisis empujó al candidato y presidente a mostrarse en todas sus formas. Entre domingo y lunes se colocó en el sitio de alguien con poderes y responsabilidades recortadas: “Como presidente estoy acá para ayudar”, dijo. Al anunciar medidas de alivio para la clase media pasó de ayudante a púgil: “Como presidente de los argentinos estoy acá para seguir dando pelea”. Sobre el final de la semana se ubicó como un pastor del rebaño: “Mi tarea era tratar de ser el último en la procesión, caminar detrás del último argentino [así] ninguno se va a quedar en el camino  y bueno, lamentablemente fallé, no pude estar detrás del último”.

La oferta del Cambiemos 2015 se había centrado en “vivir mejor” y la capacidad de gestión de “el equipo”. La sucesión de frustraciones forzó un giro en el discurso oficial que intentó poner en discusión ya no solo al kirchnerismo sino los últimos 70 años de historia como una historia de fracasos. Pero la oscilación entre las metáforas new age -tormentas, ríos, picos nevados- y la subrayada racionalidad de los hombres y mujeres formados y eficientes que venían de triunfar en la actividad privada a resolver problemas colisionó ante la falta de resultados. El uso de la expresión “el mundo” -aspiracional y sofisticado, pero también una amenaza al acecho- es significativo a la hora de trazar el derrotero del relato oficial durante su mandato. Tras casi cuatro años en el poder, el “día a día” de los argentinos, se reintrodujo en el discurso oficial recién en el anuncio sobre la eliminación del IVA en los alimentos, una medida excepcional, tal como la definió el propio Macri, justificada por la excepcionalidad de las situaciones.

LO MACRO Y LO MICRO. Mientras la última semana tuvo a un Macri cansado hablando de números pequeños (dos mil pesos, cinco mil pesos), un Fernández triunfante, a quien en campaña se le había pedido precisiones sobre el origen de los fondos con los que sustentaría sus ideas políticas, pudo ser el abstracto. Alberto Fernández se mostró profesor -citó conceptos que enseña en sus clases, retuiteó las felicitaciones de la universidad en la que trabaja-; habló de grandes números, como la pérdida de 1.500 millones de dólares que representan para las provincias las últimas medidas del Gobierno; fue cauto -“Si yo termino el mandato y tengo la inflación en un dígito voy a estar muy contento”- e insistió como conciliador: “Lo que nosotros necesitamos es que la grieta se termine”, dijo cada vez que pudo.

En las entrevistas que concedió hizo uso de las ventajas de ser un viejo recién llegado y se acomodó en una retórica de candidato de la oposición, más y menos asumido como próximo presidente (de “mi lapicera no firma decretos, mi lapicera no firma resoluciones. Yo no manejo la botonera del estado”, al día siguiente de las PASO, a “seguramente volverá el Ministerio de Cultura. Soy un consumidor de la cultura”, una semana después). Le bajó el volumen a los grandes conflictos del kirchnerismo, como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (a la que se refirió como Ley de Medios y de la que opinó como si fuera tal cosa) o el conflicto con el campo.

En sus redes sociales, las contadas intervenciones lo mostraron activo en estrechar vínculos con otros dirigentes políticos peronistas y firme en condenar las recientes medidas económicas del oficialismo. Pero también ratificaron el rumbo de la campaña: animales domésticos, esperanza y abrazos.

 

 

Los próximos meses serán escenario de una avezada administración de silencios -el de Cristina Fernández es acaso el más significativo-, mensajes animosos de esperanza y una contrastación cotidiana con lo real, en un contexto cambiante en el que, a pesar de los números optimistas para el Frente de Todos, todavía nadie canta victoria.