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Votarán los mismos días: 27 de octubre y, si hace falta, 24 de noviembre. Aunque varían en dramatismo, las respectivas agendas también presentan similitudes. ¿Resultados paralelos?
Por 11/07/2019 13:50

"Parecidos, pero nunca iguales". Ese fue el mensaje que viralizó durante la última Copa América un usuario de Twitter para dar cuenta de la diferente actitud con la que los futbolistas de las selecciones de Argentina y Uruguay (indolentes los primeros, amables los segundos) recibieron como presente camisetas del club Fluminense al término de sendos partidos. En lo político, ambos países tendrán la oportunidad pronto de demostrar cuán similares y cuán diferentes son, ya que celebrarán elecciones en fechas idénticas y, en cierta forma, dirimiendo temas de agenda equivalentes.

 

 

Argentinos y uruguayos votarán el 27 de octubre en primera vuelta y, de ser necesario, el 24 noviembre en ballotage. Sin embargo, si las fechas son idénticas, las reglas electorales no lo son: como se sabe, en la Argentina, una fórmula presidencial obtiene el triunfo en primer turno al lograr el 40% de los votos con diez puntos de diferencia sobre la segunda o, directamente, el 45%; mientras, en Uruguay rige la regla de la mayoría absoluta, esto es, la necesidad de lograr la mitad más uno de los sufragios. Así, polarizada como se perfila la campaña, en el primer caso la realización del ballotage luce incierta, en tanto que en el segundo está prácticamente asegurada.

Si las fechas son idénticas, las reglas electorales no lo son. En Argentina, una fórmula presidencial obtiene el triunfo en primer turno al lograr el 40% de los votos con diez puntos de diferencia sobre la segunda o, directamente, el 45%. En Uruguay rige la regla de la mayoría absoluta.

Los dos países viven tiempos políticos diferentes. En 2015, la Argentina fue, con la victoria de Mauricio Macri, punta de lanza de la ola de centroderecha que cubrió buena parte de Sudamérica, desde Brasil a Chile, pasando por Paraguay y hasta Ecuador. En cambio, en el país vecino el izquierdista Frente Amplio revalidó su hegemonía con la segunda elección de Tabaré Vázquez en reemplazo de José “Pepe” Mujica.

Una cuestión que se dirimirá entre octubre y noviembre a ambas orillas del Río de la Plata es si los respectivos gobiernos seguirán en sintonías políticas diferentes o no. La puja entre Macri y al post kirchnerismo que encarna Alberto Fernández se presenta pareja y analistas orientales indican que esta vez le será arduo al Frente Amplio mantener el poder: su postulante, el ex intendente de Montevideo Daniel Martínez, la tendrá difícil en el segundo turno ante el blanco (nacionalista) Luis Lacalle Pou, quien concentrará el voto de centroderecha. Elecciones sin favoritos, otro punto en común.

Los sesgos ideológicos también marcan similitudes.

Aquí como allá, la oferta progresista no es lo que ha sabido ser. Si Alberto F. representa el rostro moderado del kirchnerismo, Martínez es un frenteamplista mirado de reojo por los sectores más radicales de esa coalición (comunistas y ex tupamaros), desconfianza que aquel solo atiza con sus propuestas más duras que lo habitual en materia de seguridad.

Por otro lado, el senador Lacalle Pou es más asimilable a Macri que a la derecha dura del brasileño Jair Bolsonaro.

 

 

La Argentina suele idealizar los procesos políticos del exterior. Lo hizo con un Luiz Inácio Lula da Silva que, incluso en su apogeo, era aquí visto como más moderado que en el propio Brasil y lo hace ahora con el legado de la izquierda uruguaya. Pero lo cierto es que allí también hay grieta y, aunque el centrista Tabaré Vázquez haya calmado el escándalo del establishment por el perfil bien popular del habla y del aspecto de Mujica, el electorado de clase media siente que tiene mucho de qué quejarse.

El deterioro de la seguridad es un tema fuerte de ambas agendas, pero el más importante es el económico.

La recesión argentina y la apenas insignificante recuperación brasileña no podían dejar indiferente a Uruguay. Así, el Producto uruguayo retrocedió un 0,2% interanual en el primer trimestre del año y ya suma cuatro de estancamiento.

Pero no todos los males le llegan de afuera. Aunque casi cualquier cosa parezca una bendición en comparación con la inflación que supimos conseguir, la del Uruguay viene oscilando desde hace muchos años en torno al 8%, casi triplicando el promedio regional (Venezuela y Argentina aparte, claro).

 

 

En tanto, mientras la Argentina ajusta y ajusta, con el aliento incesante del Fondo Monetario Internacional (FMI), para llegar al equilibrio fiscal primario (antes del pago de deudas), en Uruguay el déficit pegó un salto en los últimos años y si eso no tuvo mayores efectos fue porque ese país pudo financiarlo con deuda emitida a tasas accesibles.

El rojo de las cuentas públicas superó el 3% en 2014 y el año pasado cerró por encima del 5%. Esa tendencia marida mal con una presión impositiva que ha venido creciendo y ya está por encima del 30% del Producto, más de siete puntos superior al promedio latinoamericano.

Según muchos economistas, ambas cosas (déficit y presión fiscal en alza) responden, en buena medida, al rojo previsional en un país que no deja de “envejecer” y que es el que más recursos de su Presupuesto destina al pago de jubilaciones en toda la región.

 

El rojo de las cuentas públicas uruguayas superó el 3% en 2014 y el año pasado cerró por encima del 5%. Esa tendencia marida mal con una presión impositiva que ha venido creciendo y ya está por encima del 30% del Producto, más de 7 puntos superior al promedio latinoamericano.

 

Relanzamiento productivo, reducción de la inflación, necesidad de redefinir el sistema previsional… La agenda económica es similar a ambas orillas del Plata, aunque todo resulte mucho más dramático de este lado.

Si las agendas son mellizas, ¿también lo serán los resultados? El 24 de noviembre a la noche estará la respuesta.