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Plan Z

Para los dos miembros del binomio, la fórmula del macrismo es la última opción posible. La trama de fracasos y rencores que alumbró un matrimonio para la sobrevida. La oficialitis crónica de Miguel.
Por 12/06/2019 10:57

Quizás haya sido aquella novia que militaba en el Partido Comunista la que convirtió a Miguel Ángel Pichetto en un político empecinado que culpa a la izquierda de todos los males. O quizás haya sido el padecimiento de los años de Cristina Kirchner en el poder lo que lo dejó en la puerta de entrada del proyecto que más ganó, castigando al peronismo. El discurso contra el modelo soviético que el ahora candidato a vicepresidente en la fórmula que encabeza Mauricio Macri desempolvó a partir del 10 de diciembre de 2015 no tiene antecedentes cercanos en un dirigente de peso en el PJ. Que algunos lo compartan, a puertas cerradas, no quiere decir que tenga otra viabilidad política que la de terminar a la derecha del PRO.

La unción del jefe de senadores del PJ como vice es producto de la presión del ala política, una parte del radicalismo y el Círculo Rojo. Pero, sobre todo, es resultado del fracaso del macrismo puro en todos los planos.

Acostumbrado al oficialismo permanente, de buena relación con los jueces federales, idolatrado por el empresariado, Pichetto es un político hábil para contribuir con los inquilinos de la Casa Rosada, no para ser oposición. Se tragó todos los sapos y asumió todas las tareas ingratas durante tres años largos con un sólo reclamo frontal en cada una de las visitas de Marcos Peña al Senado: respeten a la política y dejen de lado el marketing. Casi lo mismo que planteaba el exiliado Emilio Monzó.

La unción del jefe de senadores del PJ como vice es producto de la presión del ala política, una parte del radicalismo y el Círculo Rojo, que le pedía a gritos a Macri que se abriera para dar mayores garantías de gobernabilidad en un eventual segundo mandato en el que aparecen como mandamientos principales la reforma previsional y la reforma laboral. Pero, sobre todo, es resultado del fracaso del macrismo puro en todos los planos.

La fusión de un peronismo antimigratorio y anticlerical -abierto a la despenalización del aborto- con el gen empresario de Macri sirve a los dos que van a compartir la boleta. Al Presidente, porque consigue finalmente un pejotista que se decida a acompañarlo para dar una señal de gobernabilidad posible. A Pichetto, porque lo salva del retiro ante el final de su mandato como senador, después de un cuarto de siglo largo en el Congreso. Es casi una venganza contra su amigo Alberto Fernández, que afirmaba en privado que “Miguel” no tenía destino.

 

 

EL LABERINTO DE MIGUEL. Quienes lo conocen desde hace décadas afirman que Pichetto estaba en un laberinto y salió lo más por arriba que pudo. El costo está a la vista: el salto de un político que militó 45 años en el PJ hacia una escuadra que se hizo grande ensañada con el “maleficio peronista” del que habló Peña hace apenas siete días.

En Río Negro, todavía lo recuerdan: el compañero de fórmula de Macri llegó en 1974 a la provincia familiarizado con la izquierda y arrancó como abogado de los trabajadores de la minera estatal Hipasam junto al ex juez Víctor Sodero Nievas. En 1985, fue presidente del Concejo Municipal de Sierra Grande, en 1987 asumió como legislador provincial y en 1993 desembarcó en el Congreso como diputado nacional, cargo que ocupó hasta 2001.

Desde que su amigo Federico Pinedo le entregó la banda a Macri, el abogado nacido en Banfield intentó hasta el final quebrar el lazo entre CFK y los gobernadores del PJ, los condujo a casi todos hasta que el experimento del macrismo se quedó sin nafta y después empezó a sufrir el cisma en un bloque del Senado que se partió en dos y hasta tres facciones. Lo acaba de confirmar ahora el formoseño José Mayans con su pedido para expulsar a Pichetto del bloque. De buena relación con la CGT, venerado por el empresariado, el compañero de Macri no pudo nunca darle solidez al experimento de Alternativa Federal.

 

 

OFICIALITIS. Exitoso ahora en una movida que lo rescata de la intemperie justo a tiempo, Pichetto viene de dos derrotas imposibles de ignorar. No sólo no logró dejar al cristinismo en la cuneta del pasado: tampoco pudo plantar una vía moderada que encarnase la versión del peronismo republicano que tanto mencionan él, Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey. Mientras fracasaba parejo en cada una de sus jugadas políticas, mantenía su inmejorable sintonía con Rogelio Frigerio, Monzó y los peronistas de la alianza Cambiemos. También, con su íntimo amigo Ernesto Sanz, uno de los que se negó a ocupar el lugar que aceptó Pichetto. La prédica de Horacio Rodríguez Larreta en el desayuno de hace justo un año en Pizza Cero dio resultado. Esa mañana, el jefe de Gobierno porteño le hizo ver al senador que, si Macri fracasaba, arrastraba también al peronismo colaboracionista. 

La prédica de Horacio Rodríguez Larreta en el desayuno de hace justo un año en Pizza Cero dio resultado. Esa mañana, el jefe de Gobierno porteño le hizo ver al senador que, si Macri fracasaba, arrastraba también al peronismo colaboracionista.

Después de anunciar su propia e inviable candidatura a presidente, el señor gobernabilidad gastó la mayor parte de su energía durante el último año en ir a sacar a Roberto Lavagna de su casa y en intentar conducirlo como líder de un consenso imposible. En ese lapso, hizo en privado los peores vaticinios sobre la suerte del Gobierno atado al Fondo y enemistado con el Circulo Rojo por la causa de los Cuadernos. Pero también en eso pifió, como acaba de admitirlo con su voltereta.

Aunque desconfiaba por completo de Sergio Massa y lo veía hace meses camino al kirchnerismo, el Frank Underwood de cabotaje estaba convencido de que, llegado el momento, Lavagna iba a aceptar ir a una PASO contra el resto del peronismo del medio. El portazo del economista, sus idas y venidas, y la partida del ex intendente de Tigre lo terminaron de convencer.

Si Jaime Durán Barba definió a la fórmula de los Fernández como una “bomba de tiempo” por la posibilidad del choque entre Cristina y Alberto, la fusión de Macri y Pichetto puede ser leída de maneras antagónicas: como un pasaporte a la gobernabilidad, tal como sueña el Presidente, o como parte de la saga de House of Cards con el senador en el papel de Kevin Spacey.

EL PERONISTA POSIBLE. Fracasado el operativo de Macri para sumar a Urtubey y Schiaretti, Pichetto comenzó a ofrecerse como vice en programas de televisión y apariciones públicas. La semana pasada, anunció que votaría por el ingeniero en una ballotage en una entrevista con María O’Donnell y el lunes último, consultado por la posibilidad de acompañar a Macri en la fórmula, le dijo a Carlos Pagni que no le habían ofrecido nada. El martes 11 a las 13, finalmente, recibió el llamado tan ansiado del Presidente y dijo “Sí quiero”.

 

 

El caso Pichetto es ilustrativo en varios sentidos. En primer lugar, para el oficialismo de Cambiemos se cierra una etapa. No sólo por la nueva marca que pueden diseñar las usinas del PRO, sino por el futuro esquema interno que puede alumbrar la llegada del senador que clausuró la posibilidad del desafuero para Cristina. Contra lo que pueda suponerse, los radicales que gobiernan ven en Pichetto a un aliado de peso capaz de hacer oir la necesidad de la política que el macripeñismo puso en segundo plano. Tal vez él pueda, en un eventual segundo mandato, lo que ellos no pudieron en cuatro años.

Los radicales que gobiernan ven en Pichetto a un aliado de peso capaz de hacer oir la necesidad de la política que el macripeñismo puso en segundo plano.

Se acaba la fórmula macrista de ganar elecciones contra el peronismo y gobernar con el peronismo. El sector que garantizó las leyes y la gobernabilidad amarilla acaba de desembarcar en el corazón del proyecto de Macri que ya no podía sostenerse con los mensajes de WhatsApp que trafica Peña como alegría genuina ciudadana.

Paradojas del destino, Pichetto decidió ser el candidato a vicepresidente el mismo día en que Cristina presentaba, aclamada, su libro en Santiago del Estero. Al lado del senador, estaba su mano derecha, Jorge Franco, el hijo de un ex gobernador de Río Negro que fue designado por Néstor Kirchner como interventor en el PJ de Santiago durante su gobierno. Franco es, con el ex AFIP Guillermo Mitchell y el ex kirchnerista Eric Calcagno -hoy, prosecretario administrativo del Senado-, parte del equipo íntimo de Pichetto. A ese grupo es probable que se sume el entusiasta Jorge Yoma.

Con Macri en la Casa Rosada, el poscristinismo no nació como elemento disruptivo y no hay margen para que el peronismo se corra tanto hacia la derecha. Después del menemismo que lo tuvo como protagonista y el kirchnerismo que lo puso en lo más alto, no terminó de germinar un PJ de centro tirado a la derecha. Lo que pareció un episodio pasajero, el cristinismo, no muere por la emergencia de un nuevo liderazgo, sino que, en todo caso, abre paso a una transición que puede ser más o menos negociada, en caso de vencer la fórmula de los Fernández.

Como muestra de una afinidad imperecedera, en mayo del año pasado, Pichetto presentó en el Senado la autobiografía libro de Carlos Menem y lo bautizó como “el inventor de todo”. Por si quedaban algunas dudas, para el senador -como para sus detractores más encarnizados-, hoy es Macri la continuidad de aquel Menem.

Plan Z

Para los dos miembros del binomio, la fórmula del macrismo es la última opción posible. La trama de fracasos y rencores que alumbró un matrimonio para la sobrevida. La oficialitis crónica de Miguel.

Quizás haya sido aquella novia que militaba en el Partido Comunista la que convirtió a Miguel Ángel Pichetto en un político empecinado que culpa a la izquierda de todos los males. O quizás haya sido el padecimiento de los años de Cristina Kirchner en el poder lo que lo dejó en la puerta de entrada del proyecto que más ganó, castigando al peronismo. El discurso contra el modelo soviético que el ahora candidato a vicepresidente en la fórmula que encabeza Mauricio Macri desempolvó a partir del 10 de diciembre de 2015 no tiene antecedentes cercanos en un dirigente de peso en el PJ. Que algunos lo compartan, a puertas cerradas, no quiere decir que tenga otra viabilidad política que la de terminar a la derecha del PRO.

La unción del jefe de senadores del PJ como vice es producto de la presión del ala política, una parte del radicalismo y el Círculo Rojo. Pero, sobre todo, es resultado del fracaso del macrismo puro en todos los planos.

Acostumbrado al oficialismo permanente, de buena relación con los jueces federales, idolatrado por el empresariado, Pichetto es un político hábil para contribuir con los inquilinos de la Casa Rosada, no para ser oposición. Se tragó todos los sapos y asumió todas las tareas ingratas durante tres años largos con un sólo reclamo frontal en cada una de las visitas de Marcos Peña al Senado: respeten a la política y dejen de lado el marketing. Casi lo mismo que planteaba el exiliado Emilio Monzó.

La unción del jefe de senadores del PJ como vice es producto de la presión del ala política, una parte del radicalismo y el Círculo Rojo, que le pedía a gritos a Macri que se abriera para dar mayores garantías de gobernabilidad en un eventual segundo mandato en el que aparecen como mandamientos principales la reforma previsional y la reforma laboral. Pero, sobre todo, es resultado del fracaso del macrismo puro en todos los planos.

La fusión de un peronismo antimigratorio y anticlerical -abierto a la despenalización del aborto- con el gen empresario de Macri sirve a los dos que van a compartir la boleta. Al Presidente, porque consigue finalmente un pejotista que se decida a acompañarlo para dar una señal de gobernabilidad posible. A Pichetto, porque lo salva del retiro ante el final de su mandato como senador, después de un cuarto de siglo largo en el Congreso. Es casi una venganza contra su amigo Alberto Fernández, que afirmaba en privado que “Miguel” no tenía destino.

 

 

EL LABERINTO DE MIGUEL. Quienes lo conocen desde hace décadas afirman que Pichetto estaba en un laberinto y salió lo más por arriba que pudo. El costo está a la vista: el salto de un político que militó 45 años en el PJ hacia una escuadra que se hizo grande ensañada con el “maleficio peronista” del que habló Peña hace apenas siete días.

En Río Negro, todavía lo recuerdan: el compañero de fórmula de Macri llegó en 1974 a la provincia familiarizado con la izquierda y arrancó como abogado de los trabajadores de la minera estatal Hipasam junto al ex juez Víctor Sodero Nievas. En 1985, fue presidente del Concejo Municipal de Sierra Grande, en 1987 asumió como legislador provincial y en 1993 desembarcó en el Congreso como diputado nacional, cargo que ocupó hasta 2001.

Desde que su amigo Federico Pinedo le entregó la banda a Macri, el abogado nacido en Banfield intentó hasta el final quebrar el lazo entre CFK y los gobernadores del PJ, los condujo a casi todos hasta que el experimento del macrismo se quedó sin nafta y después empezó a sufrir el cisma en un bloque del Senado que se partió en dos y hasta tres facciones. Lo acaba de confirmar ahora el formoseño José Mayans con su pedido para expulsar a Pichetto del bloque. De buena relación con la CGT, venerado por el empresariado, el compañero de Macri no pudo nunca darle solidez al experimento de Alternativa Federal.

 

 

OFICIALITIS. Exitoso ahora en una movida que lo rescata de la intemperie justo a tiempo, Pichetto viene de dos derrotas imposibles de ignorar. No sólo no logró dejar al cristinismo en la cuneta del pasado: tampoco pudo plantar una vía moderada que encarnase la versión del peronismo republicano que tanto mencionan él, Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey. Mientras fracasaba parejo en cada una de sus jugadas políticas, mantenía su inmejorable sintonía con Rogelio Frigerio, Monzó y los peronistas de la alianza Cambiemos. También, con su íntimo amigo Ernesto Sanz, uno de los que se negó a ocupar el lugar que aceptó Pichetto. La prédica de Horacio Rodríguez Larreta en el desayuno de hace justo un año en Pizza Cero dio resultado. Esa mañana, el jefe de Gobierno porteño le hizo ver al senador que, si Macri fracasaba, arrastraba también al peronismo colaboracionista. 

La prédica de Horacio Rodríguez Larreta en el desayuno de hace justo un año en Pizza Cero dio resultado. Esa mañana, el jefe de Gobierno porteño le hizo ver al senador que, si Macri fracasaba, arrastraba también al peronismo colaboracionista.

Después de anunciar su propia e inviable candidatura a presidente, el señor gobernabilidad gastó la mayor parte de su energía durante el último año en ir a sacar a Roberto Lavagna de su casa y en intentar conducirlo como líder de un consenso imposible. En ese lapso, hizo en privado los peores vaticinios sobre la suerte del Gobierno atado al Fondo y enemistado con el Circulo Rojo por la causa de los Cuadernos. Pero también en eso pifió, como acaba de admitirlo con su voltereta.

Aunque desconfiaba por completo de Sergio Massa y lo veía hace meses camino al kirchnerismo, el Frank Underwood de cabotaje estaba convencido de que, llegado el momento, Lavagna iba a aceptar ir a una PASO contra el resto del peronismo del medio. El portazo del economista, sus idas y venidas, y la partida del ex intendente de Tigre lo terminaron de convencer.

Si Jaime Durán Barba definió a la fórmula de los Fernández como una “bomba de tiempo” por la posibilidad del choque entre Cristina y Alberto, la fusión de Macri y Pichetto puede ser leída de maneras antagónicas: como un pasaporte a la gobernabilidad, tal como sueña el Presidente, o como parte de la saga de House of Cards con el senador en el papel de Kevin Spacey.

EL PERONISTA POSIBLE. Fracasado el operativo de Macri para sumar a Urtubey y Schiaretti, Pichetto comenzó a ofrecerse como vice en programas de televisión y apariciones públicas. La semana pasada, anunció que votaría por el ingeniero en una ballotage en una entrevista con María O’Donnell y el lunes último, consultado por la posibilidad de acompañar a Macri en la fórmula, le dijo a Carlos Pagni que no le habían ofrecido nada. El martes 11 a las 13, finalmente, recibió el llamado tan ansiado del Presidente y dijo “Sí quiero”.

 

 

El caso Pichetto es ilustrativo en varios sentidos. En primer lugar, para el oficialismo de Cambiemos se cierra una etapa. No sólo por la nueva marca que pueden diseñar las usinas del PRO, sino por el futuro esquema interno que puede alumbrar la llegada del senador que clausuró la posibilidad del desafuero para Cristina. Contra lo que pueda suponerse, los radicales que gobiernan ven en Pichetto a un aliado de peso capaz de hacer oir la necesidad de la política que el macripeñismo puso en segundo plano. Tal vez él pueda, en un eventual segundo mandato, lo que ellos no pudieron en cuatro años.

Los radicales que gobiernan ven en Pichetto a un aliado de peso capaz de hacer oir la necesidad de la política que el macripeñismo puso en segundo plano.

Se acaba la fórmula macrista de ganar elecciones contra el peronismo y gobernar con el peronismo. El sector que garantizó las leyes y la gobernabilidad amarilla acaba de desembarcar en el corazón del proyecto de Macri que ya no podía sostenerse con los mensajes de WhatsApp que trafica Peña como alegría genuina ciudadana.

Paradojas del destino, Pichetto decidió ser el candidato a vicepresidente el mismo día en que Cristina presentaba, aclamada, su libro en Santiago del Estero. Al lado del senador, estaba su mano derecha, Jorge Franco, el hijo de un ex gobernador de Río Negro que fue designado por Néstor Kirchner como interventor en el PJ de Santiago durante su gobierno. Franco es, con el ex AFIP Guillermo Mitchell y el ex kirchnerista Eric Calcagno -hoy, prosecretario administrativo del Senado-, parte del equipo íntimo de Pichetto. A ese grupo es probable que se sume el entusiasta Jorge Yoma.

Con Macri en la Casa Rosada, el poscristinismo no nació como elemento disruptivo y no hay margen para que el peronismo se corra tanto hacia la derecha. Después del menemismo que lo tuvo como protagonista y el kirchnerismo que lo puso en lo más alto, no terminó de germinar un PJ de centro tirado a la derecha. Lo que pareció un episodio pasajero, el cristinismo, no muere por la emergencia de un nuevo liderazgo, sino que, en todo caso, abre paso a una transición que puede ser más o menos negociada, en caso de vencer la fórmula de los Fernández.

Como muestra de una afinidad imperecedera, en mayo del año pasado, Pichetto presentó en el Senado la autobiografía libro de Carlos Menem y lo bautizó como “el inventor de todo”. Por si quedaban algunas dudas, para el senador -como para sus detractores más encarnizados-, hoy es Macri la continuidad de aquel Menem.