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Zamba para no morir

Zamba para no morir

10/12/2019 16:22

 

Sin renunciar a la gestualidad, pero alejado del registro épico, sobreactuado o refundacional, Alberto Fernández estrenó su presidencia ante la Asamblea Legislativa con un discurso que repasó objetivos centrales, propuso acciones inmediatas enfatizando que la prioridad son los más postergados y afectados por la “cultura del descarte”, convocó a espacios multipartidarios y multisectoriales a participar de la definición de “políticas de Estado” que trasciendan su mandato, listó indicadores del lastre económico y social que hereda, valoró factores de continuidad del régimen constitucional conquistado a partir de 1983, planteó un giro con el que aspira a suturar las heridas de la grieta que involucra una reforma judicial y un cambio de reglas en la relación económica entre el Estado y los medios e involucró a la sociedad en la tarea delicada que tiene en los próximos cuatro años preguntándoles a sus conciudadanos “¿seremos capaces?”.

Las palabras y los gestos de quien se estrena en la máxima conducción estatal en el contexto de una nueva crisis son un ritual de contención de millones de anhelos, problemas y expectativas. Fernández eligió nombrar esos problemas con sobriedad y hacer equilibrio entre la atribución de responsabilidades propia del balance catastrófico de un país donde “15 millones de personas sufren inseguridad alimentaria” y el llamado a superar rencores y odios: “Nadie sobra en nuestra Nación”, dijo.

La conducción de su auto particular hacia el Congreso, los abrazos con Mauricio Macri, sus lágrimas y abrazos finales y el acto en Plaza de Mayo son parte de una escenografía que dota a la institucionalidad de la jura del legado secular del peronismo. Pero, simultáneamente, los nombres personales citados por Fernández en su discurso marcan un acervo ideológico variopinto: Raúl Alfonsín (dos veces), Néstor Kirchner, Juan Domingo Perón, el papa Francisco, Arturo Frondizi, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento y Cristina Fernández de Kirchner (más tarde agradecería a sus padres, a Esteban Righi y, nuevamente, a Kirchner).

El programa neodesarrollista esbozado tuvo momentos de anclaje material nítidos en el discurso de Fernández. El plan contra el hambre, los créditos masivos “no bancarios”, la reactivación de las obras públicas con compromiso de transparencia en su gestión se combinaron con definiciones generales pero claras sobre la estrategia de negociación de la deuda externa tras el “virtual default” provocado por el circuito de ajuste, recesión y endeudamiento. Sin ser exhaustivo, el flamante presidente definió ejes de la política de salud, una de las áreas más resentidas por la gestión de Macri, relaciones internacionales, educación, ciencia, tecnología, defensa y seguridad.

 

 

Los dos consensos que, según Fernández, tuvieron cierta continuidad desde 1983 (el compromiso con la democracia y los derechos humanos y la voluntad de integrar regionalmente a la Argentina), más allá de la dispar vocación de algunos de los gobiernos en estos 36 años con la memoria, la verdad y la justicia, podrían conectarse con uno de los tramos finales de su discurso referido a la violencia contra las mujeres y a la discriminación de género.

Para que sus palabras no mueran en el intento de traducirse en hechos, como ha ocurrido con las alocuciones iniciales de tantos de sus antecesores, Fernández planteó dos transformaciones que tocan el nervio de la vida republicana y alteran las coordenadas de la agenda pública. No es casual que en estos campos anide el lawfare denunciado por el ahora oficialismo en los últimos años.

Por un lado, Fernández planteó la reestructuración del sistema de inteligencia y de información del Estado, que incluirá la derogación del decreto que consagra el secreto de los fondos reservados, junto con una reforma integral del Poder Judicial para restaurar las garantías constitucionales y los principios del estado de derecho violentados en los últimos años con prisiones sin condena judicial firme contra opositores políticos. “Nunca más a una justicia contaminada por servicios de inteligencia, por operadores judiciales, por procedimientos oscuros y por linchamientos mediáticos”, señaló el Presidente.

Por otro lado, como complemento que afectará su vínculo con los medios comerciales, Fernández anunció que convocará a entidades periodísticas, docentes y científicos para reformar el sistema discrecional de gasto de recursos públicos en publicidad oficial vigente y modificar su uso propagandístico por parte del gobierno de turno. Fernández afirmó que “necesitamos medios vibrantes” y, al tiempo que subrayó que “interpelar a los medios también es interpelar a la democracia”, contestando así la victimización de conductores o columnistas que se alarman cuando un periodista es criticado, propuso reinventar los criterios de empleo de los fondos de la pauta oficial, cuyos contenidos –prometió- serán educativos.

 

 

Consciente de que cortar de cuajo con la publicidad oficial condenaría a casi todos los medios de comunicación a una crisis terminal, Fernández se comprometió a que no habrá pauta del Estado para financiar programas individuales de conductores y opinadores, sino que los receptores serán medios de comunicación. El Presidente no detalló si tomarán en cuenta los criterios del Sistema Interamericano de Derechos Humanos para revisar integralmente la política ejecutada en la materia y ordenar el desmadre en publicidad oficial.

En ambos casos habrá “mano de obra desocupada”: la eliminación o moderación de los sobres con los que los gobiernos lubrican sus relaciones con jueces, fiscales, editores periodísticos, conductores y columnistas tendrá efectos y es de suponer que el nuevo gobierno tendrá estrategias no morir en el intento transgresor que enunció el primer mandatario.

El tiempo venidero mostrará capacidades para tramitar intereses diversos y, en varios de los puntos del programa de gobierno, contradictorios, y cuánto del temperamento conciliador que renuncia a situarse “en el pedestal del iluminado” (un mensaje que no distingue banderías partidarias) es cultivado por la acción del nuevo gobierno.

Al hilvanar un diagnóstico sin anestesia, objetivos de mejora, medidas concretas y proyecciones de mediano plazo, el presidente hoy fue consistente en la interpelación a las ciudadanas y ciudadanos como pares y como mandantes, a quienes les pidió diálogo, solidaridad y crítica. Por eso su pregunta final (“¿seremos capaces?”) quiso ser también comprometedora. Evitar que se sigan corroyendo las condiciones de vida, en el discurso de Fernández, es cosa plural. Sin tremendismo, la funcionalidad de las palabras vuelve a aventar la pulsión de muerte inherente a toda crisis.