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Síndrome de Estocolmo

Ajustó el gabinete y se aisló más. Alejó a la UCR, al peronismo y a sus mejores cuadros políticos. No le creen los mercados y se le escurre el consenso social. Le queda el FMI, que lo tiene de rehén.
Por 03/09/2018 19:42

Otra vez a escena, el Presidente se esmeró en teatralizar el drama que lo envuelve. Hizo un esfuerzo mayor por conmover a la platea, habló más y mejor, anunció los cambios forzados que lo obligan a reponer un “impuesto malo, malísimo” y contorneó una nueva etapa de urgencia por el ajuste, con reducción de su gabinete pero sin el aire que hubiera traído un recambio verdadero. Difícil que alcance, porque la crisis no se resuelve con palabras, ni con mensajes, ni con mejores actuaciones.

Macri salió con lo puesto a confesar que vive el peor momento de su vida, después de su secuestro. La comparación es un golpe bajo de lo más interesante. El hijo de Franco está otra vez como rehén. Ya no es víctima de una banda de comisarios extorsionadores, sino que se delata atrapado por el esquema que él mismo diseñó. En un momento de dramatismo y malas noticias, quebrado por su propio fracaso y sin ver la luz al final del túnel, Macri gobierna para convencer a los mercados y le pide a la sociedad que lo acompañe, pero está solo.

 

 

En lo económico, por una infinidad de razones. La trampa del gradualismo financiado con toneladas de deuda, la falta de controles a los capitales especulativos, las tasas voladoras que conspiran contra la actividad económica y por las sequías del campo y de las inversiones, jamás contempladas siquiera como posibilidad. Después de dos años de optimismo, entusiasmo y menosprecio por las críticas, el Presidente hizo un mensaje en el que aludió diez veces a las dudas que genera su gobierno y afecta a los que “nos prestaban plata” para llegar al otro lado del río. Es la desconfianza que provoca el rumbo que encara Macri sin apoyo, dispuesto a inmolarse. 

En lo político, el Presidente quedó rodeado apenas por un núcleo de acero cerrado que fumigó toda disidencia y se colmó de soberbia cuando las cosas salían bien. Ganaron contra todo lo viejo, pero no se prepararon para la adversidad que latía en la inestabilidad de la economía de Cambiemos.

 

 

Tan trascendente como la confesión de Macri o quizás más es su falta de sostén para la encrucijada del presente y el desierto de sacrificios que viene. Con diferencias entre sí, pero con aprecio por los acuerdos políticos, los peronistas y los radicales que permanecen dentro la coalición hace rato que están fuera de la mesa de decisiones. Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal no lo pueden decir, pero tienen más acuerdos con el peronismo colaboracionista y con el radicalismo que con Mauricio. Sin embargo, los dos tienen su destino atado al Presidente.

Con origen en las distintas facciones que se trenzaron en la residencia de Olivos durante el fin de semana, la filtración permanente se convirtió en un bleff que se llevó puesto al periodismo oficialista y a los medios que difundieron como hechos consumados lo que eran intentos desesperados por sumar figuras de relieve. Peor todavía: lograron el estatus de noticias las intenciones interesadas de los grupos intestinos en pugna dentro de la alianza gobernante.

Alfonso Prat Gay, Carlos Melconian, Ernesto Sanz, Martín Lousteau, antes Ramón Puerta; todos, por alguna razón, decidieron que no quieren sumarse -ni así, ni ahora- a la aventura que propone Macri. El radicalismo, tantas veces enterado de las noticias por los diarios en 33 meses, no está dispuesto a incendiarse otra vez, en un gabinete que avanza hacia lo desconocido, con pocas herramientas. Después de rechazar a la vieja política, creyéndose lo nuevo, Macri quiso relanzar su elenco de ministros con políticos y dirigentes de peso que le dijeron que no. No hay mejor muestra de su fragilidad. Sólo queda firme la alianza bomba con Elisa Carrió.

 

 

En la UCR ven un panorama de lo más oscuro. Se lo explicó a Letra P uno de los dirigentes más importantes del radicalismo, con una definición tan lacónica como contundente: “Macri no es mi jefe”. Ahora, que el discurso del management, el voluntariado y el diálogo está muerto y sepultado, el andamiaje del macrismo se revela de lo más precario. Llegado a la política desde el mundo empresario, el ingeniero no logró consolidar un liderazgo y su mensaje nunca logró trascender los márgenes de la autoayuda. Macri puede evangelizar, pero no conducir.

El Presidente avanza solo, atado al Fondo, sin volumen político necesario y con un peronismo expectante que no encuentra razones para atar su destino al del peor Macri. Los mercados no confían, los partidos políticos mayoritarios toman distancia, los exportadores acaban de recibir su primera mala noticia y la sociedad pierde las esperanzas y se inclina hacia las filas de la oposición. Le queda Christine Lagarde como su aliada principal de cara a un futuro de pura incertidumbre. Quizás Macri haya acertado en comparar el presente con su secuestro: el síndrome de Estocolmo lo ata a sus captores de hoy y lo aísla de la base social que lo creyó una esperanza.

Síndrome de Estocolmo

Ajustó el gabinete y se aisló más. Alejó a la UCR, al peronismo y a sus mejores cuadros políticos. No le creen los mercados y se le escurre el consenso social. Le queda el FMI, que lo tiene de rehén.

Otra vez a escena, el Presidente se esmeró en teatralizar el drama que lo envuelve. Hizo un esfuerzo mayor por conmover a la platea, habló más y mejor, anunció los cambios forzados que lo obligan a reponer un “impuesto malo, malísimo” y contorneó una nueva etapa de urgencia por el ajuste, con reducción de su gabinete pero sin el aire que hubiera traído un recambio verdadero. Difícil que alcance, porque la crisis no se resuelve con palabras, ni con mensajes, ni con mejores actuaciones.

Macri salió con lo puesto a confesar que vive el peor momento de su vida, después de su secuestro. La comparación es un golpe bajo de lo más interesante. El hijo de Franco está otra vez como rehén. Ya no es víctima de una banda de comisarios extorsionadores, sino que se delata atrapado por el esquema que él mismo diseñó. En un momento de dramatismo y malas noticias, quebrado por su propio fracaso y sin ver la luz al final del túnel, Macri gobierna para convencer a los mercados y le pide a la sociedad que lo acompañe, pero está solo.

 

 

En lo económico, por una infinidad de razones. La trampa del gradualismo financiado con toneladas de deuda, la falta de controles a los capitales especulativos, las tasas voladoras que conspiran contra la actividad económica y por las sequías del campo y de las inversiones, jamás contempladas siquiera como posibilidad. Después de dos años de optimismo, entusiasmo y menosprecio por las críticas, el Presidente hizo un mensaje en el que aludió diez veces a las dudas que genera su gobierno y afecta a los que “nos prestaban plata” para llegar al otro lado del río. Es la desconfianza que provoca el rumbo que encara Macri sin apoyo, dispuesto a inmolarse. 

En lo político, el Presidente quedó rodeado apenas por un núcleo de acero cerrado que fumigó toda disidencia y se colmó de soberbia cuando las cosas salían bien. Ganaron contra todo lo viejo, pero no se prepararon para la adversidad que latía en la inestabilidad de la economía de Cambiemos.

 

 

Tan trascendente como la confesión de Macri o quizás más es su falta de sostén para la encrucijada del presente y el desierto de sacrificios que viene. Con diferencias entre sí, pero con aprecio por los acuerdos políticos, los peronistas y los radicales que permanecen dentro la coalición hace rato que están fuera de la mesa de decisiones. Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal no lo pueden decir, pero tienen más acuerdos con el peronismo colaboracionista y con el radicalismo que con Mauricio. Sin embargo, los dos tienen su destino atado al Presidente.

Con origen en las distintas facciones que se trenzaron en la residencia de Olivos durante el fin de semana, la filtración permanente se convirtió en un bleff que se llevó puesto al periodismo oficialista y a los medios que difundieron como hechos consumados lo que eran intentos desesperados por sumar figuras de relieve. Peor todavía: lograron el estatus de noticias las intenciones interesadas de los grupos intestinos en pugna dentro de la alianza gobernante.

Alfonso Prat Gay, Carlos Melconian, Ernesto Sanz, Martín Lousteau, antes Ramón Puerta; todos, por alguna razón, decidieron que no quieren sumarse -ni así, ni ahora- a la aventura que propone Macri. El radicalismo, tantas veces enterado de las noticias por los diarios en 33 meses, no está dispuesto a incendiarse otra vez, en un gabinete que avanza hacia lo desconocido, con pocas herramientas. Después de rechazar a la vieja política, creyéndose lo nuevo, Macri quiso relanzar su elenco de ministros con políticos y dirigentes de peso que le dijeron que no. No hay mejor muestra de su fragilidad. Sólo queda firme la alianza bomba con Elisa Carrió.

 

 

En la UCR ven un panorama de lo más oscuro. Se lo explicó a Letra P uno de los dirigentes más importantes del radicalismo, con una definición tan lacónica como contundente: “Macri no es mi jefe”. Ahora, que el discurso del management, el voluntariado y el diálogo está muerto y sepultado, el andamiaje del macrismo se revela de lo más precario. Llegado a la política desde el mundo empresario, el ingeniero no logró consolidar un liderazgo y su mensaje nunca logró trascender los márgenes de la autoayuda. Macri puede evangelizar, pero no conducir.

El Presidente avanza solo, atado al Fondo, sin volumen político necesario y con un peronismo expectante que no encuentra razones para atar su destino al del peor Macri. Los mercados no confían, los partidos políticos mayoritarios toman distancia, los exportadores acaban de recibir su primera mala noticia y la sociedad pierde las esperanzas y se inclina hacia las filas de la oposición. Le queda Christine Lagarde como su aliada principal de cara a un futuro de pura incertidumbre. Quizás Macri haya acertado en comparar el presente con su secuestro: el síndrome de Estocolmo lo ata a sus captores de hoy y lo aísla de la base social que lo creyó una esperanza.