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Las vidas de Chicha

Volvió a vivir después de morir varias veces, dice el autor de este retrato de una de las abanderadas en la lucha de las abuelas. Y se niega a despedirla. Una historia de amor en el horror.
Por 21/08/2018 17:42
Lobo suelto

Ya murió otras veces y volvió a vivir. Se sintió fallecer el 24 de noviembre de 1976, cuando la casa de calle 30 entre 55 y 56, en La Plata, donde vivían su hijo, su nuera y su nieta, fue el blanco de un bombardeo intenso como pocos en el marco de la represión de las organizaciones políticas armadas durante la dictadura. Volvió a respirar cuando supo que Daniel estaba vivo, pero se sintió otra vez muerta cuando fue asesinado pocos meses después. Renació enseguida, al llegar a sus oídos que Clara Anahí había sido sacada con vida de entre los escombros. Vivió 40 años más, motivada por la búsqueda de aquella niña que tenía tres meses cuando ella la vio por última vez. Y convirtió ese dolor en lucha colectiva con otras abuelas que atravesaban el mismo calvario. En el camino, creó su propia Asociación, trajinó por el mundo y se desangró en la declaración en el juicio que terminó con la condena al máximo responsable de aquel ataque. Casi en el final del camino, en 2013, sobrevivió huyendo por la terraza de su casa a la inundación que estropeó casi todo su archivo y se llevó la vida de varios de sus vecinos. Empezó a morir por última vez en la Noche Buena de 2015, cuando la esperanza de ver cumplida la razón de su vida se estrelló contra la desilusión del dato falso. Nunca pudo recuperarse. Las noticias y la biología hablan, ahora sí, de la muerte de Chicha Mariani. Pero ella ya reencarnó en los jóvenes que se acercan a la Asociación Anahí para continuar con la búsqueda. “Va a aparecer, aunque yo no la vea”, había dicho no hace mucho, cuando asumió -tal vez antes que quienes la rodean- que el final estaba cerca.

 

 

Su nombre documentado es María Isabel Chorobik. Nació en San Rafael (Mendoza) el 19 de noviembre de 1923 y con su marido, el músico Enrique José “Pepe” Mariani, vivió en esa ciudad hasta que un concurso ganado por él en el Teatro Argentino los mudó a la capital bonaerense. Para entonces, enero de 1948, ya había nacido Poski, tal como sus padres llamaban a Daniel.

Estudiante de Bellas Artes y mujer de su casa, Chicha se reconocía como habitante de un mundo irreal en el que su vida se reducía a sobreproteger a su único niño. Fue así hasta que decidió concursar para entrar como docente al Liceo Víctor Mercante. El roce con la educación pública y la militancia peronista de Daniel le dieron un vuelco a una vida hasta entonces tamizada por una mirada algo “gorila”. Y convirtieron a La Plata en escenario de su despertar, pero también de sus luchas y sus tragedias.

Todavía trabajaba en el Liceo cuando el 12 de agosto de 1976 Clara Anahí nació en el Instituto Médico Platense. El día del ataque le tocaba cuidarla, como cada miércoles y cada sábado. Ya en su casa de 44 y 21, después de salir de la escuela, un oscuro presentimiento la atravesó cuando Diana Teruggi -su nuera- no llegaba con la niña y empezaban a escucharse fuertes detonaciones que más adelante serían recordadas por vecinos de distintos puntos de la ciudad. Era un operativo con armas de alto poder de fuego y cientos de efectivos comandados por Miguel Osvaldo Etchecolatz, el comisario que actuaba como mano derecha del jefe de la Policía, Ramón Camps. Al otro día, el diario El Día hablaría de los cinco extremistas abatidos. Además de Diana murieron Juan Carlos Peiris, Daniel Mendiburu Elicabe, Roberto Porfirio y Alberto Bossio.

 

 

Chicha no sabía del valor operativo que la casa de calle 30 tenía para Montoneros. Aunque era consciente de la militancia de su hijo y de su nuera, desconocía que allí funcionaba una imprenta clandestina o que otros integrantes de la organización estaban en el lugar. Pensó que Daniel había muerto hasta que recibió la noticia de que en el momento del ataque no estaba en la vivienda y había logrado refugiarse en una casilla de un barrio humilde. Se vieron varias veces de manera clandestina hasta que el joven fue asesinado, el 1º de agosto de 1977, en 35 y 132.

En uno de los últimos encuentros, Daniel les había “parado el carro” a ella y a Pepe, que insistían en sacarlo del país. Chicha aprendió que no era dueña de la vida de su hijo y tuvo que aceptar que siguiera su camino. Pero quiso dejarse morir cuando fue asesinado. La rescató Clara Anahí: una amiga de entonces le ofreció el contacto con un comisario que le aseguró que una beba había sobrevivido al ataque y que había sido sacada con vida. El uniformado también le dijo que nunca aceptaría en público haberle dado esa información. Y cumplió.


 

 

“Eso me hizo vivir”, recordaría ella sobre el momento en que comenzaría una nueva vida que la alejaría de viejas amistades y la llevaría a tomar contacto con Licha de la Cuadra -otra mujer que buscaba a su nieta- y, más tarde, con otras diez abuelas con las que el 21 de noviembre de 1977 fundaría la organización “Abuelas argentinas con nietitos desaparecidos”, antecesora de Abuelas de Plaza de Mayo, asociación de la que fue presidenta y en la que permaneció hasta 1989, cuando se alejó por diferencia con la titular desde entonces, Estela de Carlotto. En aquella etapa la organización logró la identificación de los primeros 60 nietos recuperados a partir de la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos, una herramienta que en las décadas siguientes permitió multiplicar por cuatro esos reencuentros familiares.

La búsqueda no cesó por aquella ruptura y cinco años después, con Elsa Pavón, otra abuela que logró el reencuentro con su nieta, fundó la Asociación Anahí. Antes, recuperó la casa de calle 30, que pasó por etapas de abandono y ocupaciones, para constituirla en un espacio de memoria que todavía conserva los rastros del violento ataque. Es el escenario en el que cada 12 de agosto se celebra el cumpleaños de Clara Anahí con la suelta de un globo por cada año de vida.

 

 

La búsqueda siguió por décadas y Chicha siempre encontró fuerzas para sobreponerse, para renacer. Lo demostró cuando dio un testimonio contundente durante el juicio en el que en 2006 fue condenado Etchecolatz, a quien le rogó que diera información sobre el destino de la niña. Su tenacidad la llevó a perseguir durante 30 años la pista sobre el origen de Marcela Noble, la hija adoptiva de Ernestina Herrera de Noble, de quien estaba convencida de que era hija de desaparecidos aunque los cruces con los datos del Banco Nacional de Datos Genéticos dieran negativos. Era el tiempo en que tantos años de búsqueda y coherencia la llevaron a recibir el Honoris Causa de la Universidad Nacional de La Plata.

Su ceguera progresiva no le impidió ver el camino que debía seguir. Y no es sólo una metáfora: ni siquiera cuando, durante la noche del 2 de abril de 2013, el agua entró en su casa de calle 47 y arrasó con buena parte de su frondoso archivo. Ella, sola, logró subir a la terraza y pasar a una casa vecina para salvar su vida.

 

 

Hace algunos años que Chicha no volvía a calle 30. “Si voy sé que no vuelvo”, dijo alguna vez. Su estado anímico y de salud no se lo permitían. El último golpe lo sufrió el 24 de diciembre de 2015, cuando, en vísperas de Navidad, apareció quien supuestamente era Clara Anahí portando el análisis de un laboratorio cordobés (CIGA -Centro Integral de Genética Aplicada-) que corroboraba un coincidencia genética del 99,9% pero ocultando que ya había tenido una negativa del Banco Nacional de Datos Genéticos. El entusiasmo le ganó a la cautela con la que ella y la Asociación siempre se habían manejado ante cada caso que había aparecido. Un error que nunca pudo perdonarse. Una desilusión que fue demasiado grande.

El 11 de agosto, Chicha sufrió un ACV y desde entonces estaba internada. El desenlace era inevitable. La vida y la muerte, y de nuevo la vida y otra vez la muerte, y al fin la vida, aunque las noticias y la biología hablen de su muerte.

Chicha Mariani tiene 94 años y su biografía dirá que dejó de respirar un 20 de agosto de 2018 cerca de las nueve de la noche. Ella se sintió muerta y renacida tantas veces que no será descabellado pensar que su alma de guerrera vuela junto a una de tantas mariposas, como las que solía colgar en la casa de calle 30, en la búsqueda eterna de su nieta.