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Los medios públicos, sin público

Víctimas del ajuste, durante la gestión Cambiemos se gestó una caída abrupta del rating de la radio y la TV pública, que no generó siquiera una reacción parlamentaria. Historia de un sistema olvidado.
Víctimas del ajuste, durante la gestión Cambiemos se gestó una caída abrupta del rating de la radio y la TV pública, que no generó siquiera una reacción parlamentaria. Historia de un sistema olvidado.

El 10 de octubre la prestigiosa y masiva Radio y TV Pública danesa echó a 382 trabajadores para ajustar el 20% de su presupuesto, medida exigida en el Parlamento por el Partido Popular danés, de extrema derecha. La decisión provocó la inmediata solidaridad del resto del sistema de medios y periodistas y de las audiencias que encuentran en los medios públicos de Dinamarca un espacio de producciones de calidad, de relevancia y de valor cultural. En comparación, los conflictos desatados con el ajuste presupuestario en los medios del Estado argentino por parte del gobierno de Mauricio Macri tienen mucha menos trascendencia social y política, lo cual conduce a pensar sobre su significación para los diversos públicos de radio y televisión en el país.

Ese contraste entre las repercusiones de lo que sucede con los medios gestionados por el Estado, que habla de la trascendencia de un sistema que suele contar con el aporte directo o indirecto de la mayoría de la población, se registra también en los debates parlamentarios en el Reino Unido sobre el presente y futuro de la BBC o en el viejo y emotivo discurso con el que Fred Rogers –educador y conductor de un programa infantil- defendió en 1969 a la PBS en el Senado de Estados Unidos frente a los recortes de la gestión Nixon. En cambio, el Congreso argentino muestra atención escasa frente a la deriva de Canal 7, Radio Nacional, Encuentro, Pakapaka y otras emisoras, tanto como a la crisis provocada en la agencia Télam.

En otras latitudes, la justificación de la existencia de los medios públicos fue durante mucho tiempo el sostenimiento de un contrato de convivencia cívica y de un umbral de información relevante, independientemente de quién gobernara. Además, se entendía que el mercado no podía proveer contenidos de interés público, por lo que los medios públicos tenían la misión de garantizar una programación que entretuviera, informara, educara. Pero la decadencia del modelo del Estado Benefactor obliga a repensarlos. Y no sólo eso: también la segmentación de públicos, con la masificación de la TV paga hace 30 años y la digitalización que fue fragmentando las audiencias y las demandas hacia el sistema de medios.

 

 

En ese marco, algunos medios públicos profundizaron su esfuerzo por marcar socialmente su carácter distintivo respecto de los medios privados. Este fue uno de los puntos clave en la última renovación en 2016 de la “Carta Real” (contrato) de la BBC, que no está exenta de presiones por parte de los gobiernos de turno –que ya le han cortado presupuesto- ni del mercado –el magnate Rupert Murdoch a menudo se queja de sus privilegios-.

Una de las cualidades de los medios auténticamente públicos en Europa o en América del Norte es su cobertura y producción federal: como no se rigen por criterios de mercado, las emisoras públicas tienen un mandato de prestar un servicio a toda la comunidad, dando cuenta de noticias y necesidades locales, no sólo donde los grandes anunciantes colocan su pauta. Esto, junto con el destino de una parte central de sus presupuestos a noticieros con alto rigor informativo y pluralismo político y cultural, son parte de las señas identitarias de lo que distinguen a los medios públicos. Pero no son instituciones estancas ni libres de conflictos: tanto su ímpetu federal como su “imparcialidad” son, a menudo, discutidos y desafiados desde los gobiernos, los medios privados y la sociedad civil más y menos organizada. El uso oficialista de los medios del Estado español durante los gobiernos de Mariano Rajoy, por ejemplo, fue permanente tema de crítica por parte del resto del arco político.

Canal 7 fue pionero de la TV argentina, pero su origen no estuvo asociado netamente al interés público y, a lo largo de su historia, no desarrolló de manera sostenida un tipo de dirección y administración orientadas a eso, más allá de declamaciones genéricas repetidas por funcionarios varios, más allá de que en varios momentos concibió ejemplos de productos desafiantes del status quo televisivo, como con Mesa de Noticias, El otro lado, Los siete locos o Capusotto y sus videos, por citar solo unos ejemplos. Tampoco tiene establecido un sistema de producción por fuera de la zona metropolitana de Buenos Aires.

 

 

Por su parte, Radio Nacional –que tiene sí una red de cincuenta emisoras en todo el país- nació como una suerte de obsequio de Editorial Haynes al gobierno en 1937 y su perfil sufrió los mismos espasmos que la conducción política del Estado a lo largo de su historia, sin poder cultivar una identidad clara.

La ausencia de un proyecto estable a lo largo de las gestiones, y el hecho de que cada gobierno le imprimiera su impronta más o menos desde cero, impidieron construir en Canal 7 una cultura de “lo público”, como sucede, por ejemplo, cuando hay una amenaza visible a la universidad pública. Por varios motivos que hacen a su historia y su organización, el canal está tal vez más asociado a una institución partidaria que a un bastión que comparte la ciudadanía. Y esta es, quizás, una de las razones por las cuales la baja en la audiencia, que hoy es escuálida tanto en Canal 7 como en Radio Nacional, no sólo no escandaliza sino que casi no interesa.
 
En general, las gestiones tuvieron ideas para el canal solo los primeros años de gobierno. Como excepción, el kirchnerismo dotó a Canal 7 de mayor continuidad asignándole un rol concreto en “la batalla cultural” contra el Grupo Clarín, subordinando la línea editorial e informativa y, simultáneamente, asignándole mayor jerarquía y presupuesto, que se volcó también en las ficciones y en programación de interés general (deportes, por ejemplo), además de actualizarlo técnicamente. Esos fueron unos pocos e intensos años en una historia de casi siete décadas. 
 
Sin proyecto que trascienda la coyuntura es difícil interpelar audiencias estables, que encuentren en un medio del Estado algún tipo de diferencial relacionado con la experiencia de lo público, más allá de algunos casos puntuales en la historia.
 
En otros países, los medios públicos buscan atraer sobre todo a audiencias más jóvenes (las que menos sintonizan los medios tradicionales) a través de estrategias que van desde la recuperación de la producción periodística en profundidad -que los medios privados suelen relegar, entre otros motivos por razones económicas- para ofrecer un servicio informativo fidedigno, en medio de la contaminación de las fake news, a la apuesta por ficciones no convencionales o series multiplataforma.

 

 

Los medios estatales en la Argentina han realizado ficciones de alta factura técnica en los últimos 20 años. Una de ellas, El Marginal –que tuvo una primera temporada contratada por la gestión kirchnerista y una segunda por la gestión macrista-, es un ejemplo de las capacidades productivas que podrían potenciarse con una propuesta de programación más atractiva. Pero el ajuste en curso le quita recursos a la producción periodística y minutos a los noticieros, a la vez que la actual gestión resignó la posibilidad de emitir contenidos de gran interés, como el fútbol local.

 

Rating TV Pública:
2015: 2.8
2016: 1.6
2017: 1.2
2018: septiembre: 0.9; mayo: 0.8; marzo: 0.9. 
 
 
Rating Radio Nacional
Octubre de 2015: 7
último trimestre de 2016: 1.3
último trimestre de 2017: 1
 
Fuentes KANTAR/IBOPE MEDIA

 

Es discutible que el rating sea un indicador apropiado para evaluar el desempeño de los medios estatales, pero una emisora de radio o TV generalista que no tenga rating descuida uno de los aspectos que justifican su existencia. 

Los casos de Encuentro, Pakapaka y DeporTV son distintos al de Canal 7: como canales temáticos nuevos, su pertenencia al Ministerio de Educación y la comunidad educativa les otorgaron un target objetivo, que les ha permitido en su historia otras formas de evaluar su desempeño más allá del rating. Pero cuando el gobierno cambió, se empezó a repetir la historia y el Estado volvió a desaprovechar la oportunidad de cultivar un proyecto estable: lo primero que hizo fue sacarlos de la órbita del Ministerio de Educación. Como dato reciente, el Estado tampoco defendió los movimientos que hizo Cablevisión al correr al fondo a Encuentro de la grilla o directamente sacar a Pakapaka del paquete básico, con efectos directos en el alcance y por tanto en la posibilidad de sumar audiencias de ambos.

Si no hay contenidos federales, si la programación de las emisoras carece de significación para los distintos públicos, si se desarman las capacidades productivas y se expulsan los cuadros técnicos en los que se invirtió durante décadas, si se premia con horarios centrales a conductores por amiguismo y militancia oficialista, el resultado es que la “TV Pública” o la “radio pública” quedan reducidas a una consigna vacía. Y mientras se recorta el presupuesto sin un proyecto claro, también se recorta la audiencia, dando como resultado que a los medios públicos los vacían de público.

(Los autores sin investigadores del Programa de Investigación en Industrias Culturales de la UNQ).

Los medios públicos, sin público

Víctimas del ajuste, durante la gestión Cambiemos se gestó una caída abrupta del rating de la radio y la TV pública, que no generó siquiera una reacción parlamentaria. Historia de un sistema olvidado.

El 10 de octubre la prestigiosa y masiva Radio y TV Pública danesa echó a 382 trabajadores para ajustar el 20% de su presupuesto, medida exigida en el Parlamento por el Partido Popular danés, de extrema derecha. La decisión provocó la inmediata solidaridad del resto del sistema de medios y periodistas y de las audiencias que encuentran en los medios públicos de Dinamarca un espacio de producciones de calidad, de relevancia y de valor cultural. En comparación, los conflictos desatados con el ajuste presupuestario en los medios del Estado argentino por parte del gobierno de Mauricio Macri tienen mucha menos trascendencia social y política, lo cual conduce a pensar sobre su significación para los diversos públicos de radio y televisión en el país.

Ese contraste entre las repercusiones de lo que sucede con los medios gestionados por el Estado, que habla de la trascendencia de un sistema que suele contar con el aporte directo o indirecto de la mayoría de la población, se registra también en los debates parlamentarios en el Reino Unido sobre el presente y futuro de la BBC o en el viejo y emotivo discurso con el que Fred Rogers –educador y conductor de un programa infantil- defendió en 1969 a la PBS en el Senado de Estados Unidos frente a los recortes de la gestión Nixon. En cambio, el Congreso argentino muestra atención escasa frente a la deriva de Canal 7, Radio Nacional, Encuentro, Pakapaka y otras emisoras, tanto como a la crisis provocada en la agencia Télam.

En otras latitudes, la justificación de la existencia de los medios públicos fue durante mucho tiempo el sostenimiento de un contrato de convivencia cívica y de un umbral de información relevante, independientemente de quién gobernara. Además, se entendía que el mercado no podía proveer contenidos de interés público, por lo que los medios públicos tenían la misión de garantizar una programación que entretuviera, informara, educara. Pero la decadencia del modelo del Estado Benefactor obliga a repensarlos. Y no sólo eso: también la segmentación de públicos, con la masificación de la TV paga hace 30 años y la digitalización que fue fragmentando las audiencias y las demandas hacia el sistema de medios.

 

 

En ese marco, algunos medios públicos profundizaron su esfuerzo por marcar socialmente su carácter distintivo respecto de los medios privados. Este fue uno de los puntos clave en la última renovación en 2016 de la “Carta Real” (contrato) de la BBC, que no está exenta de presiones por parte de los gobiernos de turno –que ya le han cortado presupuesto- ni del mercado –el magnate Rupert Murdoch a menudo se queja de sus privilegios-.

Una de las cualidades de los medios auténticamente públicos en Europa o en América del Norte es su cobertura y producción federal: como no se rigen por criterios de mercado, las emisoras públicas tienen un mandato de prestar un servicio a toda la comunidad, dando cuenta de noticias y necesidades locales, no sólo donde los grandes anunciantes colocan su pauta. Esto, junto con el destino de una parte central de sus presupuestos a noticieros con alto rigor informativo y pluralismo político y cultural, son parte de las señas identitarias de lo que distinguen a los medios públicos. Pero no son instituciones estancas ni libres de conflictos: tanto su ímpetu federal como su “imparcialidad” son, a menudo, discutidos y desafiados desde los gobiernos, los medios privados y la sociedad civil más y menos organizada. El uso oficialista de los medios del Estado español durante los gobiernos de Mariano Rajoy, por ejemplo, fue permanente tema de crítica por parte del resto del arco político.

Canal 7 fue pionero de la TV argentina, pero su origen no estuvo asociado netamente al interés público y, a lo largo de su historia, no desarrolló de manera sostenida un tipo de dirección y administración orientadas a eso, más allá de declamaciones genéricas repetidas por funcionarios varios, más allá de que en varios momentos concibió ejemplos de productos desafiantes del status quo televisivo, como con Mesa de Noticias, El otro lado, Los siete locos o Capusotto y sus videos, por citar solo unos ejemplos. Tampoco tiene establecido un sistema de producción por fuera de la zona metropolitana de Buenos Aires.

 

 

Por su parte, Radio Nacional –que tiene sí una red de cincuenta emisoras en todo el país- nació como una suerte de obsequio de Editorial Haynes al gobierno en 1937 y su perfil sufrió los mismos espasmos que la conducción política del Estado a lo largo de su historia, sin poder cultivar una identidad clara.

La ausencia de un proyecto estable a lo largo de las gestiones, y el hecho de que cada gobierno le imprimiera su impronta más o menos desde cero, impidieron construir en Canal 7 una cultura de “lo público”, como sucede, por ejemplo, cuando hay una amenaza visible a la universidad pública. Por varios motivos que hacen a su historia y su organización, el canal está tal vez más asociado a una institución partidaria que a un bastión que comparte la ciudadanía. Y esta es, quizás, una de las razones por las cuales la baja en la audiencia, que hoy es escuálida tanto en Canal 7 como en Radio Nacional, no sólo no escandaliza sino que casi no interesa.
 
En general, las gestiones tuvieron ideas para el canal solo los primeros años de gobierno. Como excepción, el kirchnerismo dotó a Canal 7 de mayor continuidad asignándole un rol concreto en “la batalla cultural” contra el Grupo Clarín, subordinando la línea editorial e informativa y, simultáneamente, asignándole mayor jerarquía y presupuesto, que se volcó también en las ficciones y en programación de interés general (deportes, por ejemplo), además de actualizarlo técnicamente. Esos fueron unos pocos e intensos años en una historia de casi siete décadas. 
 
Sin proyecto que trascienda la coyuntura es difícil interpelar audiencias estables, que encuentren en un medio del Estado algún tipo de diferencial relacionado con la experiencia de lo público, más allá de algunos casos puntuales en la historia.
 
En otros países, los medios públicos buscan atraer sobre todo a audiencias más jóvenes (las que menos sintonizan los medios tradicionales) a través de estrategias que van desde la recuperación de la producción periodística en profundidad -que los medios privados suelen relegar, entre otros motivos por razones económicas- para ofrecer un servicio informativo fidedigno, en medio de la contaminación de las fake news, a la apuesta por ficciones no convencionales o series multiplataforma.

 

 

Los medios estatales en la Argentina han realizado ficciones de alta factura técnica en los últimos 20 años. Una de ellas, El Marginal –que tuvo una primera temporada contratada por la gestión kirchnerista y una segunda por la gestión macrista-, es un ejemplo de las capacidades productivas que podrían potenciarse con una propuesta de programación más atractiva. Pero el ajuste en curso le quita recursos a la producción periodística y minutos a los noticieros, a la vez que la actual gestión resignó la posibilidad de emitir contenidos de gran interés, como el fútbol local.

 

Rating TV Pública:
2015: 2.8
2016: 1.6
2017: 1.2
2018: septiembre: 0.9; mayo: 0.8; marzo: 0.9. 
 
 
Rating Radio Nacional
Octubre de 2015: 7
último trimestre de 2016: 1.3
último trimestre de 2017: 1
 
Fuentes KANTAR/IBOPE MEDIA

 

Es discutible que el rating sea un indicador apropiado para evaluar el desempeño de los medios estatales, pero una emisora de radio o TV generalista que no tenga rating descuida uno de los aspectos que justifican su existencia. 

Los casos de Encuentro, Pakapaka y DeporTV son distintos al de Canal 7: como canales temáticos nuevos, su pertenencia al Ministerio de Educación y la comunidad educativa les otorgaron un target objetivo, que les ha permitido en su historia otras formas de evaluar su desempeño más allá del rating. Pero cuando el gobierno cambió, se empezó a repetir la historia y el Estado volvió a desaprovechar la oportunidad de cultivar un proyecto estable: lo primero que hizo fue sacarlos de la órbita del Ministerio de Educación. Como dato reciente, el Estado tampoco defendió los movimientos que hizo Cablevisión al correr al fondo a Encuentro de la grilla o directamente sacar a Pakapaka del paquete básico, con efectos directos en el alcance y por tanto en la posibilidad de sumar audiencias de ambos.

Si no hay contenidos federales, si la programación de las emisoras carece de significación para los distintos públicos, si se desarman las capacidades productivas y se expulsan los cuadros técnicos en los que se invirtió durante décadas, si se premia con horarios centrales a conductores por amiguismo y militancia oficialista, el resultado es que la “TV Pública” o la “radio pública” quedan reducidas a una consigna vacía. Y mientras se recorta el presupuesto sin un proyecto claro, también se recorta la audiencia, dando como resultado que a los medios públicos los vacían de público.

(Los autores sin investigadores del Programa de Investigación en Industrias Culturales de la UNQ).