ELIGE PRESIDENTE

Ecuador define su futuro y el del populismo latinoamericano

Sin Correa en la cancha, el oficialismo apuesta al perfil moderado de Lenin Moreno, mientras que el banquero Guillermo Lasso vuelve a ser la principal referencia opositora.

Más de 12 millones y medio de ecuatorianos tendrán en sus manos este domingo algo más que el destino inmediato de su propio país. En la elección presidencial del más pequeño de los países sudamericanos se juega también buena parte de su futuro el populismo centroizquierdista del siglo XXI que, tras la derrota en Argentina en 2014, no ha tenido más que malas noticias (destitución de Dilma Rouseff, tercer lugar en Perú, derrota en los plebiscitos de Bolivia y Colombia, derrota en las parlamentarias venezolanas, etc.).

 

En Ecuador, ese populismo lo expresó de manera imbatible en las urnas el actual presidente, Rafael Correa, desde 2006, pero ahora no se presenta (por una transitoria cláusula legal que le impide la re-reelección) y el oficialismo de Alianza País lleva como candidato a quienes fueron vicepresidentes en sus dos mandatos anteriores: Lenín Moreno y Jorge Glas (quien va a la reelección como vice).

 

Del otro lado, buscan forzar una segunda vuelta (todas las encuestas coinciden en que el oficialismo saldrá primero) una opción pro-mercado que lleva al banquero Guillermo Lasso (que ya enfrentó a Correa en 2013), una alianza que se sitúa a la “izquierda” del oficialismo con Paco Moncayo Gallegos y una centrista con Cinthya Viteri. Hay otros cuatro candidatos, pero sin ninguna chance cierta.

 

En Ecuador, la modalidad para pasar a segunda vuelta es similar a la de Argentina: más del 50% de los votos o más del 40% con al menos 10% de ventaja sobre el segundo. En ese punto están depositadas las esperanzas del oficialismo, que lidera todas las encuestas pero en ninguna supera el 40% aunque con gran cantidad de indecisos. La división opositora es la otra gran carta de la “Revolución Ciudadana” (lema del correísmo) para ganar en primera vuelta.

 

La oposición, por su parte, apuesta al desgaste del oficialismo apuntalado en dos vértices: las crecientes denuncias de corrupción y la caída de la actividad económica sobre todo a partir del derrumbe de los precios del petróleo, principal insumo de la economía ecuatoriana. La huida de un ex funcionario de Correa al exterior denunciando una trama de sobornos que involucran a Glas ha sido el condimento del tramo final de la campaña, al menos en el mundo de lo mediático.

 

Correa – que luego del próximo mandato quedaría habilitado no solo para volver a presentarse sino para ser reelecto indefinidamente – ha sido parte activa de la campaña de Moreno y ha defendido a capa y espada los logros de su gobierno y las propuestas de su delfín. En sintonía con lo sucedido en Argentina, empujado por los sondeos de opinión, optó por una figura más amigable para encabezar la fórmula oficialista y relegó al segundo lugar al combativo Glas para garantizarse el voto de su ala dura.

 

Moreno tiene una discapacidad – utiliza silla de ruedas para desplazarse tras haber quedado parapléjico en 1998 – y residió en el exterior en los últimos años, lo que lo mantuvo lejos de la confrontación y el desgaste que sufrió el gobierno en los últimos años. De reconocido sentido del humor, Moreno logró un gran reconocimiento en Ecuador y en el mundo por su tarea a favor de las personas con discapacidad. Ese perfil pone un matiz con las posturas más intransigentes del oficialismo y ha sido el valor diferencial de su postulación.

 

Pero, más allá de haber expresado alguna diferencia – rápidamente retractada, por cierto – con la dura ley de medios ecuatoriana y de su perfil “moderado”, lo cierto es que Moreno es el representante del modelo político, económico y cultural de Correa, que, al estilo de sus pares populistas de principios de siglo, gestionó un aumento en el consumo de los sectores medios y bajos a partir del crecimiento del precio de los commodities (petróleo básicamente).

 

Correa combinó ese boom consumista con planes sociales, con una inédita para Ecuador estabilidad política y con un gran crecimiento de la presencia del Estado en la economía. También a semejanza de sus pares “bolivarianos”, no modificó la matriz económica de su país, al punto tal de que el dólar sigue siendo la moneda oficial de Ecuador (consejo de Domingo Cavallo en 2000).

 

La diferencia principal de Correa con otros líderes similares de la región pasa tal vez por el aspecto cultural y valórico. Sus posiciones conservadoras en torno al aborto, el matrimonio igualitario, el consumo de drogas y otras le han costado fuertes críticas por “izquierda”, aunque también le garantizan apoyo popular en un país de fuerte impronta católica. Versiones no confirmadas señalan que fue él quien aconsejó rápidamente a Cristina Kirchner no pelearse con el flamante Papa Francisco en 2013 como parecía querer hacerlo la entonces presidenta, empujada por su núcleo duro.

 

Lasso, por su parte, se esperanzó con las últimas encuestas publicadas, que registraron que Moreno no rompe la barrera de los 35 puntos (y en todas él aunque estancado también, esta segundo) y confía en que una eventual segunda vuelta – el 2 de abril – unificaría a todo el voto opositor de izquierda a derecha y que abarca tanto a los acérrimos opositores a Correa como aquellos que, inevitablemente, lo acompañaron en algún tramo de su extenso gobierno y luego se alejaron.

 

La gran duda que circula subterránea en los círculos políticos es hasta dónde Correa quiere que gane su delfín o apuesta a conservar una base electoral propia que le permita volver tras un período de gobierno de “derecha” y ahí si con reelección indefenida. Moreno es “su” candidato pero la tradición latinoamericana de fuerte presidencialismo, a la que Ecuador no escapa, da sobrados ejemplos de que el que llega a la Presidencia, en este caso el Palacio Carondelet, se termina despegando del padrinazgo del anterior.

 

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