MEMORIA & BALANCE

La larga noche del ministro de Economía de Macri

Sturzenegger se sostiene con respaldo presidencial, pero sufre acecho de sus pares. Economistas le achacan haber cedido a la política. Visitas a la Rosada y guerra sucia con Dujovne.

Apoyó los cubiertos a los lados del plato y fue directo. “Mirá, Federico, el Banco Central perdió la independencia. Te devoró la política”. Miguel Ángel Broda, uno de los economistas más ultras que aún apoyan la gestión Cambiemos, almorzó hace unos días con el titular del BCRA, Federico Sturzenegger. No fue solo: hubo otros economistas de consulta, como Rodolfo Santángelo, ex socio de Carlos Melconian, y cuadros del estudio de Orlando Ferreres. Un grupo de técnicos que, por tradición, esquivan los eufemismos en público y en privado. Fue uno de los convites más duros en materia de contrapuntos. Tanto, que, por primera vez desde que los arma, el jefe del Central se fue con un sabor amargo.

 

Una de las estrellas más apreciadas por el presidente Mauricio Macri atraviesa meses oscuros, turbulentos. Sacudido como en un tsunami por sus propios pares dentro del Gobierno y por aquellos economistas y técnicos que lo elogiaron como a ningún otro cuadro estatal de la gestión Cambiemos, a Sturzenegger le reclaman falta de resultados en la política de metas de inflación; le achacan haber cedido ante el sector de poder que puja por movidas económicas graduales y hasta le avisan que hay colegas dentro del gabinete que le juegan por la espalda. En este escenario, quedó sostenido solo por la mano presidencial. Macri aún lo considera su ministro de Economía y, en la práctica, es uno de los pocos que toma decisiones por la propia. La banca del Presidente tiene que ver con que su funcionario predilecto en materia económica y el régimen de tasas altas que aplica son el plan A, B y C del Ejecutivo para contener la inflación.

 

Mentor, protector y respaldo de oro. Macri considera a Sturzenegger su ministro de Economía. 

 

 

Pero el panorama de uno de los fundadores del PRO es harto complejo. No son pocos los que lo ven peregrinar desde la sede del BCRA en Reconquista 266, plena city porteña, a la Casa Rosada. Hay semanas en las que asiste hasta dos veces, abonando la teoría de los que dudan del rol autónomo de la autoridad monetaria. Cuentan, además, que Macri le asegura que el Central debe ser independiente, pero que en la práctica eso se nota cada vez menos.

 

 

 

Paradójicamente, su principal antagonista silencioso es la cabeza del Ministerio de Hacienda. Cuentan en la cartera que Nicolás Dujovne y su secretario de Política Económica, Sebastián Galiani, lo respaldan en público a regañadientes. Días atrás esos dos funcionarios tomaron un café con interlocutores de Sturzenegger. En esos encuentros de llevar y traer mensajes hubo críticas al esquema de política monetaria para combatir la suba en los precios. Pero la posición anti modelo “S” es, en realidad, un archipiélago de rechazos. Con mayor o menor moderación, tiene además reparos el vice jefe de Gabinete, Mario Quintana, uno de los que tienen predicamento en Macri. Ninguno ha podido aún convencer al presidente de que hay darle un giro de timón a la tasamanía, sobre todo cuando el Gobierno ya fue interpelado públicamente por un actor central de la economía, los popes fabriles nucleados en la Unión Industrial Argentina (UIA). Los teléfonos de gabinete arden a diario con quejas empresarias que plantean, palabras más o menos, algo parecido al mensaje que el textil de TN Plátex, Teddy Karagozian, dejó en la última conferencia industrial en Parque Norte: que, en el futuro cercano, las tasas de interés altas terminarán igual que la tablita de José Luis Machinea y que el 1 a 1 de Domingo Cavallo. Con el mismo tenor y otras palabras, también lo cruzó el salteño José Urtubey, otro dirigente de peso en el sector que critica pero con un culto pleno a la diplomacia. Es que hay funcionarios de otras áreas del gabinete, como Producción, donde reina Francisco Cabrera, que tienen diálogo con empresarios y escuchan la misma queja una y otra vez.

 

 

 

Por estos días, los economistas ultra, habituados a correr por derecha al Gobierno, viven tiempos de revancha. Luego de las elecciones, empezaron a entrarle al Ejecutivo esas críticas que piden más ajuste y denuncian inconsistencias técnicas en la idea de un plan económico que no se ve a las claras. Con tanto efecto, que hasta los sectores del peronismo y el kirchnerismo tomaron para sí esos cuestionamientos para acertarle al oficialismo en su base de flotación. A Javier Milei, uno de los más radicalizados, lo empezaron a tomar un poco en serio cuando se dieron cuenta de que era el economista jefe de Eduardo Eurnekian. Saben, además, que él y su compañero de publicaciones, Diego Giacomini -titular de la consultora Economía y Regiones-, aunque con críticas duras en los últimos tiempos, tienen diálogo con los Sturze boys. Sin ir más lejos, en 2015, ambos economistas comieron con el presidente del Central. Le llevaron un proyecto diferente al de tasas. En 2016, volvieron a avisarle que el sistema no parecía funcionar y que había problemas vinculados a la intromisión política en la entidad, algo que terminó admitiendo a principios de este año el propio Sturzenegger. En la misma línea, se expresó en público y en privado, con líneas directas, el ex ministro de Finanzas Guillermo Nielsen, que propuso un inicio con controles de agregados monetarios, dado que entiende que no hay antecedentes de éxito en metas de inflación con países con alza de precios superior al 10% anual. 

 

 

 

Algunos apuntan a octubre como el germen de la cooptación gubernamental en el BCRA. Aseveran que ganó el ala gradualista, que las tasas quedaron descompaginadas y que no se logró ganarle a la inflación ni hacer reaccionar la actividad. Todo, matizado con un tipo de cambio que quedó virtualmente congelado, trastocando otros indicadores económicos. Un combo que, apuntan, termina perjudicando el rol y la consideración pública y de los inversores sobre el Central.

 

Un planteo accesorio de funcionarios y economistas tiene que ver con las “locuras” de Lucas Llach, el actual vice de la entidad, que alterna conductas de enfant terrible. Lo acusan de exponer cuestiones negativas para la credibilidad de la entidad en su cuenta de Twitter. En privado, él aduce que las redes sociales son a título personal.

 

 

La última conferencia de Sturzenegger en 2017, junto al cuestionado por su manía en Twitter Lucas Llach.

 

 

En un brindis que se celebró esta semana en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas, uno de los directores más nuevos del Central intentó defender la labor de Sturzenegger. “Puede ser que falte, pero con esto se logró hacer que la inflación sea del 25% y no del 40%. La gente tiene que entender eso, porque para algo nos avalaron con el voto”, le explicó a un grupo de economistas que apuntaron diferencias. Es parecido a lo que entiende Sturzenegger: que hay más de cien países que lograron reducir la inflación con el esquema de metas, tal el caso de Israel, casi una obsesión para el jefe del BCRA. Y que ya es tarde para abandonar el plan, que podría terminar si es intervenido como el caso brasileño, donde las metas se tocaron y los precios empezaron a acomodarse hacia arriba.

 

En este contexto, Sturzenegger quedó atrapado en medio de la grieta entre los ultras y las vertientes más “progresistas” de Cambiemos. Lo critica Melconian, que anunció una inflación de casi 3% para diciembre, y el ex ministro Alfonso Prat Gay, un “keynesiano” que pugna por el eterno regreso en un contexto donde parece difícil establecer una condición mínima para ordenar la política económica. Como si fuera poco, no le juega a favor la cruzada del ministro de Energía, Juan José Aranguren, para quitar subsidios en luz y gas, un factor que, con el alza de las naftas, trastocó los indicadores de inflación de diciembre. 

 

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