El propio término que usa, el macartista y estigmatizante "kuka", expone una de las dimensiones del daño que la extrema derecha gobernante se inflige a sí misma. Al mentarlo, el jefe del Palacio de Hacienda se acribilla los pies.
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Toto Caputo descarta el "riesgo kuka", pero admite que el mercado financiero no piensa lo mismo. ¿Semejante estigmatización del rival lo ayuda o lo complica para gestionar una economía que no termina de responderle?
Si la narrativa de la extrema derecha es duramente divisiva, si su forma de construcción política descansa exclusivamente en la presentación del rival como un enemigo y su estrategia electoral consiste en la polarización agónica, ¿por qué los factores de poder no habrían de tomarse a pecho esos temores?
Al fin y al cabo, es el propio Gobierno el que los evoca.
El Gobierno asusta: mercados alterados
Cuando de percepciones del mercado financiero se trata, la gran referencia es el índice de riesgo país que elabora el banco de inversión JP Morgan, que expresa la retasa que pagan por tomar deuda los diferentes países por encima del rendimiento de los Bonos del Tesoro estadounidense, considerados riesgo cero.
Esta semana, el Gobierno festejó que ese indicador llegó a perforar a la baja el nivel de los 500 puntos básicos, con la esperanza de que la continuidad de la tendencia le permitiera salir pronto al mercado para refinanciar vencimientos y aliviar algo el peso del ajuste que le impone a la sociedad y a sus propias perspectivas electorales.
Sin embargo, el encanto duró apenas unas horas: el riesgo argentino volvió pronto a picar al alza para seguir oscilando, como desde hace un semestre largo, entre los 500 y los 600 puntos básicos. Eso no es riesgo electoral, sino el que genera la política oficial.
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A pesar del hiperajuste oficial, el riesgo país permanece amesetado en un nivel que impide el regreso de la Argentina al mercado voluntario de deuda. (Fuente: Ámbito).
A futuro, es innegable que la posibilidad de un retorno del peronismo al poder es temida por esos actores. De hecho, los seguros contra default de la Argentina operan a menos de 300 puntos básicos de acá a un año y alrededor de 500 a dos.
Elecciones, deuda y dólar
Lo que media entre esas dos puntas es la campaña electoral que se avecina. Por ahora prima la percepción de que el Gobierno seguirá pagando los vencimientos de deuda, pero se presume, a tono con lo que cuentan los mismos dirigentes del peronismo, que esos compromisos serían renegociados si el 10 de diciembre de 2027 se produjera un cambio de administración, empezando por los contraídos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, se presume, continuando con los tomados con tenedores privados.
Por otro lado, la propia gestión genera peligros con su porfía en usar el tipo de cambio como ancla para los precios, lo que podría derivar en la campaña electoral que viene en otro proceso intenso de dolarización de carteras, añadiendo leña al fuego y generando nuevos interrogantes sobre la disposición que mostraría Donald Trump para volver a sacarle las papas del fuego.
Con todo, vale remarcar la obviedad de que las reacciones de los mercados no son sagradas: la percepción de los acreedores que deciden apostar a los elevados retornos que ofrece la deuda pública –un indicador suficiente de su condición riesgosa– o deshacerse de esos bonos de futuro dudoso no señala nada sobre lo que debería hacer o dejar de hacer la Argentina en materia económica.
La racionalidad que subyace, por ejemplo, al riesgo país no es la existencia de una economía próspera o decadente, sino simplemente la continuidad de políticas capaces de asegurar el ahorro fiscal necesario para el pago de los compromisos.
El ida y vuelta del Círculo Rojo
Las expectativas negativas o, cuanto menos, las preocupaciones del Círculo Rojo dibujan un ida y vuelta entre 2026 y 2027, entre el "riesgo cascada" –o "riesgo Adorni"– y el mentado "riesgo K".
Mirando el corto plazo, la calificadora de riesgo Fitch mejoró hace poco la nota de la deuda soberana argentina, lo que derivó en el breve rally comprador que llevó el riesgo argentino, fugazmente, por debajo de los 500 puntos básicos. En tanto, más cautelosa, Moody’s se prepara para hacer un anuncio similar antes de julio.
En un informe para sus clientes, el banco de inversión Morgan Stanley mostró un optimismo relativo sobre la trayectoria de la inflación, que ve rompiendo a la baja la maldita meseta del 2% hacia mediados de año.
No obstante, advirtió también sobre las acechanzas que persisten para la consolidación de la desinflación y sobre una actividad económica interna con pocas perspectivas de acompañar el crecimiento de sectores primarios y vinculados a la exportación como el campo, los hidrocarburos y la minería.
El aumento del rechazo social al Gobierno que revelan las encuestas y las tensiones que genera el ajuste son otros motivos de inquietud.
En otras palabras, se trata de las limitaciones del modelo. Del "riesgo Milei" y el "riesgo Caputo".
Estas dimensiones se superponen al ruido político que el Gobierno se mete a sí mismo.
Es que el mileísmo es formidable en la generación de desorden. Lo es en base a su interna permanente, la que enfrenta a Karina Milei con el devaluado Santiago Caputo, pero también con una más nueva: la de la parte del gabinete que ya no responde a Adorni, el jefe que el Presidente le impone contra su voluntad.
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La interna feroz entre Karina Milei y Santiago Caputo encontró una pausa por la necesidad de cerrar filas ante un problema mayor: el que suponen las revelaciones cotidianas sobre el inexplicable crecimiento patrimonial de Manuel Adorni.
El viaje que el portavoz sin voz realizó esta semana a Mendoza para inaugurar un parque de paneles solares, del que –contra lo anunciado– se ausentó el ministro de Economía, resultó expresivo de la mancha venenosa que generan los escándalos de Adorni Propiedades y Adorni Travel, una verdadera "cascada" de sorpresas. A eso se sumó el propio nombre del paraje de marras: El Quemado. La realidad disfruta del sarcasmo.
Patricia Bullrich, mujer de andar siempre enigmático y un mal necesario para el Gobierno en este momento, emerge como punta de lanza de una incomodidad que no se limita a ella y que Milei conoce. Esa tensión se expresó en la última reunión de gabinete, en la que el Presidente se negó a escuchar a la senadora y se mostró llamativamente irascible, del mismo modo en que sembró dudas sobre su estado emocional en el reciente raid por streamings oficialistas.
En esa tónica, que marca una peligrosa frontera entre la agresividad y la violencia, el Presidente añade al supuesto peligro del kirchnerismo sus diatribas contra "el 95% de los periodistas", acusa a profesionales partidarias del aborto libre de "asesinas" y "genocidas", y hasta se declara víctima de imaginarios intentos de "golpe de Estado".
¿Pretende por ese camino el "retorno de la normalidad" a la Argentina y la captación de inversiones sin las cuales su modelo hará agua antes de tiempo?
Lo dicho: la Argentina de Milei es una mamushka de riesgos políticos, todos generados o amplificados por el propio Gobierno: los actuales, esto es los de Milei, Toto Caputo y Adorni, y los de mañana, vinculados a las chances electorales de un peronismo que sigue existiendo a pesar de sí mismo y que el Presidente estigmatiza.
Dice mucho sobre una gestión –tanto respecto de sus resultados como de su propia naturaleza– que la democracia le resulte un dolor de cabeza tan grande.