Este viernes, durante la celebración del Día de la Lealtad, habrá ciento de militantes y simpatizantes del peronismo desperdigados en diferentes actos, algunos muy cercanos, otros, lejanos. ¿Es eso lealtad? Si lo es, ¿lealtad a qué o a quién?
El autor traza un puente con la fecha inaugural del movimiento justicialista, interpela la efeméride y se pregunta por el futuro de la fuerza que fundó Perón.
Este viernes, durante la celebración del Día de la Lealtad, habrá ciento de militantes y simpatizantes del peronismo desperdigados en diferentes actos, algunos muy cercanos, otros, lejanos. ¿Es eso lealtad? Si lo es, ¿lealtad a qué o a quién?
La respuesta a este paradójico interrogante puede determinar el futuro de un movimiento político que afianza sus convicciones en acciones concretas o toma un rumbo sin retorno, tal como ya ha sucedido con otras fuerzas históricas.
La cuestión es definir no ya qué significa la Lealtad, sino quiénes están dispuestos a ponerla en práctica. Es que la Lealtad constituye una estrategia cotidiana y no solamente un gentío vivando consignas que suenan a leyendas.
En 1945, Argentina era otro país, su composición humana era diferente y, por ende, otros los intereses y deberes de sus ciudadanos. Era una ciudadanía que, entonces, supo contener al peronismo como cuerpo emergente de una injusticia social que clamaba por otro orden de cosas que, al menos, reconociera e hiciera visible los derechos de la población trabajadora.
“El subsuelo de la Patria sublevado” que llegó desde las fábricas a la Plaza de Mayo y que mojó sus “patas” en la fuente constituyó, hasta aquel 17 de octubre de 1945, una anatomía desconocida para los sectores medios. La sorpresa de ver movilizada a esa masa de gente de manos agrietadas y de ceños fruncidos fue tan real como magnífica e irrepetible.
Sin embargo, se trata de una fecha inaugural, de un origen que, sin su consecución, se hubiese acabado más temprano que tarde. Ahí sí hubo Lealtad. La hubo cuando aquellos nóveles peronistas entendieron su rol y supieron que el movimiento colectivo es más fuerte que cualquier poder omnímodo. Perón encendió la vela en un camino de frecuencias singulares, que todavía hoy clama por no apagarse.
Es que la Lealtad en el peronismo funciona como el imprescindible recuerdo de un líder y, asimismo, como una práctica de convivencia solidaria, comprometida, esforzada por los demás. Ahí está la verdadera liturgia de la Lealtad.
Se trata de ver al otro, de dejar ingresar en el alma la cotidianeidad ajena, de tratar de resolver, sin resistencias de ocasión, los problemas vecinos. Esta acción es sencilla: solo es necesario decir sí, antes que no. No hay que irse lejos, alcanza con mirar el barrio.
Queda el resabio del peronismo y de su lealtad en la mano de la persona que recibe una demanda en la ventanilla de la burocracia; de quien encabeza el pedido de muchos por un derecho que no puede esperar; del que funda una Unidad Básica para alimentar a los vecinos; del que se llega hasta los lugares más olvidados a enseñar a leer. Cuando el Estado acompaña a estos héroes, las cosas salen mejor.
Lo que es seguro es que la Lealtad no se realiza de espaldas a la sociedad, en la implantación de jerarquías dudosas o hereditarias, en la acumulación de capital para mejorar la campaña. No, eso es otra cosa. Eso corresponde a la clase política.
La Lealtad peronista -alguien ya lo dijo- es celebrar en acto la posibilidad de que todos los habitantes del suelo argentino puedan “comer el domingo los ravioles con su vieja”. Tampoco es tanto lo que se pide y menos lo que exige un pueblo en la impostergable búsqueda de su felicidad.